Roures, el resentimiento como móvil

Roures no es de izquierdas, ni catalanista, ni nada: sólo es un ser dolorido que busca calmarse causando el mismo dolor en los demás

Salvador Sostres
BarcelonaActualizado:

Roures entró en Gresca hace un mes porque había quedado para almorzar con diez personas. Cinco mesas de dos. Su ingreso me llamó la atención y enseguida vi que había un malentendido. Roures estaba convencido de que había reservado para comer y la casa tenía anotada la reserva para cenar. Los mails revelaron que Roures tenía razón y que Gresca se había equivocado, ante lo cual los propietarios inmediatamente reaccionaron: mis amigos y yo nos fuimos a Yashima por dejar libre nuestro espacio y las mesas contiguas igualmente se levantaron, por deferencia al restaurante, y cedieron en poco más de cinco minutos el espacio para que Roures y los suyos se pudieran sentar. Roures esperó muy pacientemente y cuando todo estuvo dispuesto, con su arrogancia resentida, con su mirada de desprecio, con su complejo de inferioridad supurándole por cada palabra, le dijo a la camarera: «Pues ahora me voy, porque yo os había reservado y no me lo teníais preparado». Es una anécdota, sí. Pero también una metáfora.

Hay en él un resentimiento, o más bien todas las categorías del resentimiento. Todo lo que hace y dice este hombre es para culparnos de su sórdida infancia. No es contra los ricos, porque a mí me odia, pero la camarera de Gresca no tenía ninguna culpa. Es contra el mundo. Contra el mundo que todos los desgraciados creen que les debe algo.

Y así se resuelve el misterio -que nunca fue un misterio para los que le hemos conocido desde el principio- del troskista millonario o del independentista que se ha forrado a costa de España. Sólo es resentimiento, sólo es detectar dónde está el gran dolor del mundo para hacerlo explotar. Roures no es de izquierdas, ni catalanista, ni nada: sólo es un ser dolorido que busca calmarse causando el mismo dolor en los demás. Tiene dinero, mucho dinero, pero no le importa un carajo si no es para disimular el complejo, para construir sobre la herida, para hacerse la ilusión de que es un intelectual, con su obsesión por Cruyff, Pep (Guardiola) o Woody Allen, cuando en realidad son puntos de fuga que él cree que puede comprar y sólo le hacen la parodia de la servitud para que pague lo que se debe y sacárselo de encima cuanto antes. ¿A cuánta gente quieres, realmente, Jaume? Ésta es la gente que realmente te querrá.

Para Roures España es el cliente, y el 1 de octubre el último intento de redimir a su madre. Y no digo nada que él mismo en sus películas no haya contado.

La diferencia entre un hombre libre y Roures es que el hombre libre se levanta si su restaurante tiene un percance y el hombre acomplejado se marcha, para hacerse el importante, cuando ya todo se lo tenían preparado. Todo en Roures redunda en su soledad, en su orfandad, en su drama que convirtió en odio en lugar de transmutarlo en generosidad, como hacemos los que creemos que la muerte no es lo contrario de la vida y que sufrir enseña a amar.

Si a Puigdemont el independentismo le sirve de escapismo para no aterrizar, a Roures le sirve para calmar el dolor que cae con las noches de invierno cuando recuerda lo que le faltó. Es un mal enemigo porque tiene demasiado dinero como para rendirse y mucho tiempo libre como para dejarlo estar. Pero si alguien en su inocencia cree que es «de lo suyos» -independentismo y Podemos incluidos- vale más que se apresure a exprmirle el provecho antes de que le abandone por otra herida que pueda sangrar más.

Salvador SostresSalvador SostresArticulista de OpiniónSalvador Sostres