Fernando Rodríguez Lafuente

Lopetegui ejerce Fernando Rodríguez Lafuente

En lugar de hacer equipo, ha hecho selección. Aquí no hay consagrados o intocables

No es fácil llegar a un lugar en donde la estela de los tiempos pasados es tan fuerte que todo respira aún el aire de la grandeza perdida. No fue fácil para la entrañable y tímida Joan Fontaine hacerse cargo del fabuloso palacio de Manderley tras el paso por sus salones de la enigmática y reverenciada Rebeca. Desde la película de Hitchcock es habitual citar el «síndrome Rebeca» para cualquier situación semejante. Nada es ajeno al fútbol, ni el «síndrome Rebeca» que se formula de la siguiente manera: «Rebeca lo hacía así», «Rebeca no hacía esto, no hacía aquello», «el horario de Rebeca era…». Sí, insoportable para el recién llegado y el reciénvenido (Macedonio Fernández).

Lopetegui se ha encontrado con un panorama parecido al del filme del inolvidable director inglés. Pero a diferencia de la protagonista se ha ido «en corto y por derecho» a plantarse y ejercer plenamente de seleccionador. Primera diferencia, sustancial. Antes de ese artilugio metafísico y vaporoso que llaman «hacer equipo» ha hecho selección. Es decir, aquí no hay «consagrados» o «intocables», aquí son llamados los que en mejor estado de forma se encuentran. Ya escribió alguien tan inmensamente extraño como Joanne Finkelstein que: «El cuerpo nunca miente». Esto del fútbol trata de cuerpos y estados de ánimo. El cuerpo no miente porque o está en forma o no lo está. Es decir, ahora se hace equipo al sopesar y calibrar el ánimo, la disposición y la voluntad de entregarse los noventa minutos. Y la ilusión. Ahora, nadie tiene un puesto vitalicio, por muy simpático o carismático que sea. Cada uno vale tanto como valen sus últimos partidos podría ser el lema de esta selección.

Lopetegui ejerce porque ante el agotamiento de una manera de jugar ha tomado las riendas de crear, sobre lo creado antes –el fútbol es como la literatura, fútbol sobre fútbol- un estilo que defina el tipo de jugadores de que dispone. Y nada más. Bueno sería atender la recomendación del sabio y socarrón Nicolás Gómez Dávila: «Vivimos porque no nos miramos con los ojos que los demás nos miran». Esto aplicado al fútbol es pan bendito. O sea, el canon.

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