Foto cedida por Juan F. Oliver
Mundial de Alemania

Las «guerreras» que derribaron el muro

En 1967 se jugó el primer partido oficial de la selección española femenina. Hoy luchan en Alemania por el título mundial

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Para entender la proeza, es necesario entender el contexto: en España, hasta 1960, las mujeres tenían prohibido practicar atletismo. El deporte era una actividad inusual, ajena a la mayoría de españoles, y sobre todo, a las mujeres. Y aunque sí participaban de otras actividades que no perturbaran su cuerpo ni su estética ni su feminidad ni su capacidad reproductora, estas quedaban relegadas casi por completo a los patios de los colegios y a las instituciones bajo la supervisión de la Sección Femenina. Pero en la vida siempre hay personas dispuestas a ir más allá, a empujar las barreras para que el mundo sea más grande y avance. Entre ellas, Domingo Bárcenas, Juan de Dios Román y unas supermujeres que supieron canalizar su pasión por el deporte y mostrarlo al gran público. Bilbao y Pamplona vieron el bautismo internacional de la selección femenina de balonmano siete en un doble partido amistoso contra Gracia. Era noviembre de 1967.

Es posible que incluso para ellas el resultado fuera lo de menos, aunque plantaran cara a las más experimentadas francesas en la ida, donde cayeron por 8-9, y sufrieran una dolorosa lección en la vuelta. Lo de más fue la reivindicación de su propia vida en el deporte. Y que, sin saberlo, estaban marcando las huellas de un camino que hoy continúa más vivo que nunca. «Y llegamos a ganar a Francia, ¿eh? En 1972, en Vigo», cuenta Mamen Celarain, una de aquellas apasionadas por el deporte que vistió la camiseta de España en sus primeros pasos, de 1970 a 1981.

Su historia es la de muchas de su generación: le gustaba hacer deporte y jugar, pero nunca pensó que estaba haciendo algo tan grande como abrir un camino para el futuro. «La suerte incide mucho en todo. En aquella época los equipos Medinas de la Sección Femenina eran los que organizaban las gimnasias en el colegio. En el Montpellier en Donosti, tuve varias profesoras, pero una de ellas me dijo que había unos campeonatos por colegios. Yo era muy movida, y hacía diferentes deportes. Empecé con el atletismo. Me dijeron: salta aquí, corre allá. Y debí de quedar bien. Me llevaron a Madrid, y tampoco se me debió de dar mal. Con estos torneos colegiales me llevaron a Lovaina y estando ahí, mi profesora Manoli Fuentes me dijo: en otro colegio necesitaban una portera de balonmano. Yo no tenía ni idea de cómo era un balón. Así empecé yo, sin tener ni idea. Pero me gustó y algo de talento debía de tener, no lo sé», recuerda con pocos datos escritos pero un puñado de buenos recuerdos en la memoria. Mantiene el contacto con todas sus compañeras, fueran del equipo que fueran.

«Una profesora me dijo que necesitaban una portera de balonmano en otro colegio. Yo no sabía ni cómo era al balón. Así empecé, sin tener ni idea»

Celarain es un nombre de los muchos que pueblan la todavía muy desconocida historia del deporte femenino español. «Pero si yo estaba allí es porque hubo otras antes. Yo pionera nada, me gustaba mucho y la familia y el trabajo me apoyaban. Y tuve muy buenos entrenadores, como Juanjo Igea», señala como quitando importancia a una época en la que reconoce haber sido muy feliz. Aunque trabajara de lunes a viernes y cuando desapareció el Medina tuviera que entrenarse los fines de semana en La Coruña o en Barcelona. «Con el equipo femenino del Rancho o con un grupo de chicos de 18 años a los que le sacaba diez años. Sin las carreteras de ahora, claro. Te tocaba jugar en Málaga y podía costarte 16 horas volver a Donosti. Si llegabas a las seis de la mañana, daba igual, a las siete y media, al trabajo».

Sin infrestructuras ni polideportivos. «A la intemperie, con lluvia, nieve, que casi no podías ni coger el balón, sobre el asfalto. Yo reivindico también cosas para las de ahora, pero antes es que no había nada para nadie. Te comprabas tú la ropa para competir. En las fiestas vendíamos boletos para recaudar dinero, o poníamos una cantina a ver si podíamos sacar algo para pagar las pistas, los arbitrajes… Te preparabas de otra manera. Es lo que teníamos y ya está. ¿Hubiéramos sido mejores con más medios? Pues no lo sé. Coincide esto y coincide».

Solo podían disputar un partido internacional al año. Al final de su carrera en la selección llegaron a jugar dos, y a participar en concentraciones fuera de España, incluso. Una pequeña evolución. «Las vacaciones del trabajo eran para el balonmano. Ahora no sé si lo haría, pero era feliz. La primera vez que me llamaron para la selección en la carta me decían que me presentara en un hotel en Madrid y me especificaban que viajara en ferrocarril de segunda. Después ya nos pagaban el billete más caro. La primera vez que salimos a preparar un Mundial fue a Franckfort. También llegamos a ir a Viena, a Noruega; y otra vez a Suecia. Después llegaron las dietas, porque si te querías tomar una cerveza después del partido te lo tenías que pagar de tu bolsillo».

Era un momento en el que todo estaba por inventar, por descubrir. «Hacer deporte ya era raro, incluso en chicos. Pero es apasionante construir algo y la gente estaba muy comprometida. Se empiezan a consolidar los torneos y la estructura del balonmano femenino a principios de los 80. Las mujeres estaban muy comprometidas, cualquier cosa que les dijeras lo hacían no solo por el entrenar y ser mujeres sino por ese feminismo de trabajo: no me cuentes historias, vamos a hacer cosas y luego iremos viendo. Querían hacerlo todo», explica Juan F. Oliver, seleccionador femenino de 1980 a 1982 y de 1993 a 1997. También fue director técnico de la Federación de 2009 a 2012, y seleccionador de Brasil en Pekín 2008.

«Estaban muy comprometidas. Querían hacerlo todo, demostrarlo todo»

Un impulsor del deporte femenino, como Bárcenas y Román, cuando entrenar a mujeres era bajar siete categorías en estatus y sueldo. «No había medios, ni repercusión, ni les hacían caso, ni visibilidad ni nada. Eran los primeros controles de sexo. Las mujeres se desvestían delante de un tribunal, pero las nórdicas se negaron a participar esas prácticas y se acabó. Poco a poco se fue consiguiendo que si los hombres no pasaran ese examen, por qué lo tenían que hacer las mujeres. Todo era una lucha», continúa.

Hoy la sigue siendo. De aquellos primeros pasos, estas zancadas. Aunque ha tenido sus altibajos debidos a la crisis, hoy cuenta con un partido televisado cada viernes y con un apoyo mediático que se han ganado con medallas, como el bronce en los Juegos Olímpicos de Londres 2012, el bronce en el Mundial de 2011 o las platas europeas de 2008 y 2014, y con un espíritu de solidaridad y entrega colectiva que bebe de aquellas primeras mujeres. «Hay que darles las gracias por brindarnos este deporte que tanto nos apasiona a todas», agradece Carmen Martín, actual capitana. Hoy pelean por codearse con la élite en el Mundial de Alemania, donde han ya ganado a Angola (28-24), hoy toca Paraguay y el jueves será el turno de Francia, la todopoderosa selección que dejó sin semifinales a España en Río 2016 por solo un gol. Pero las mujeres que dirige hoy Carlos Viver tienen un recuerdo construido por sus antecesoras de que sí se puede batir a la selección francesa. La primera vez fue en 1972, gracias a mujeres como Celarain, y a todas las anteriores. La historia como lección.