Cultura - Toros

«Era imposible salvar la vida de Fandiño: la cornada le había reventado el hígado»

«Presentaba tres litros y medio de sangre negra en el abdomen», dice el doctor que lo atendió en Francia

El torero se palpa el boquete de la herida con ostensible gesto de dolor
ANDRÉS AMORÓS Madrid - Actualizado: Guardado en: Toros

Veinticuatro horas después de la noticia del fallecimiento del diestro Iván Fandiño, herido mortalmente en la plaza francesa de Aire-sur- L’Adour, se suceden las informaciones sobre el trágico suceso, que ha conmocionado enormemente a todos los profesionales y aficionados.

Aire-sur-L’Adour es una localidad del Sudoeste francés, de unos 6.000 habitantes, situada en el Camino de Santiago; pertenece a la región de Nueva Aquitania, distrito de Mont-deMarsan. Su Feria culminó el sábado, en las Arenes Maurice Lauche, con Fandiño, Thomas Dufau y Juan del Álamo.

En la arena, estaban marcadas las iniciales de la ganadería, BI (Baltasar Ibán), y, como es habitual en Francia, la zona donde debe tener lugar la suerte de varas. Iván Fandiño, de rosa y oro, brindó al público el primero, encastado, un poco suelto: faena completa y reposada, con derechazos y naturales, rematados con un afarolado y pases de pecho. Llamó al toro dos veces con la voz y logró una de sus grandes estocadas, perdiendo la muleta: petición unánime y oreja, que le entregaron dos gentiles alguacilillas. Se le veía feliz en la vuelta al ruedo, mientras el público coreaba, con palmadas, una marcha.

Salta al ruedo el toro número 53, «Provechito», negro, nacido en octubre de 2011, que corresponde a Juan del Álamo. En su quite, Iván lo fija con un lance y da una suave chicuelina; en la segunda, el toro le tropieza, lo empuja y derriba: en el suelo, lo hiere y lo levanta en el aire, con un nuevo derrote, por la espalda. Lo llevan a la enfermería, inerte, tapándose la cara.

Muerte instantánea

No ha habido parte médico oficial. El doctor Poirier, que lo atendió, ha declarado al periódico francés «Sud-Oest»: «Cuando entró en la enfermería, ya lo hizo prácticamente sin pulso. Era imposible tomarle la tensión arterial, de lo débil que la tenía. La muerte era instantánea. Era imposible salvar la vida de Iván Fandiño, los daños que presentaba en hígado, riñón y pulmones eran irreversibles. Ni en la enfermería de la plaza ni en el hospital hubiera habido forma de salvarlo. Presentaba, en el abdomen, tres litros y medio de sangre negra, proveniente de las glándulas hepáticas, señal de que el hígado había reventado, a causa de la cornada, que también rompió la vena cava, lo que le produjo un severo derrame interno».

Una ambulancia trasladó a Fandiño al Hospital Layne de Mont-de-Marsan. El mismo doctor certificó su fallecimiento, al no poder reanimarle de un segundo paro cardíaco.

Velando al infortunado diestro estuvieron su apoderado y compañero de toda su carrera, Néstor García, y los miembros de su cuadrilla. De madrugada, llegaron sus padres, Paco y Charo, y su viuda, Cayetana García Barona, madre de una niña de dos años. Ayer se trasladaron los restos mortales al tanatorio de Amurrio (Álava). El funeral tendrá lugar hoy, por la tarde, en Orduña (Vizcaya), su localidad natal.

Consternación

La muerte de Fandiño ha consternado a todo el mundo taurino. Especial eco ha tenido en Francia, donde había logrado resonantes éxitos y era un verdadero ídolo. Jean-René Echegaray, alcalde de Bayona y presidente de la Union de Ciudades Taurinas de Francia, lo ha comparado con «una hoja de acero» y ha subrayado que «era un torero vasco, que nos recordaba la gran importancia de los matadores de esta región, en los comienzos de la Tauromaquia moderna».

Todos los que conocimos a Fandiño advertimos su fuerte personalidad, su radical entrega a la Fiesta. Recuerdo algo que me dijo: «Llevo una vida espartana. Me levanto a las 6 de la mañana, para entrenar. No llevo móvil, me acuesto temprano. Me paso el día pensando en el toro: es una forma de vivir. Soy un enfermo de la Tauromaquia». Y su creencia básica: «Yo soy el único dueño de mi carrera, de mi libertad. Quiero gobernar mi vida». Así lo ha hecho, hasta esa fatídica tarde. Descanse en paz.

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