Vicente Aleixandre en la biblioteca de su casa al conocer la concesión del Premio Nobel de Literatura
Vicente Aleixandre en la biblioteca de su casa al conocer la concesión del Premio Nobel de Literatura

Vicente Aleixandre: 40 años del Nobel de Literatura que cayó en el olvido

El premio no solo reconoció el valor del poeta y de su generación (la del 27), sino que también volvió a poner a España en el mapa de la cultura occidental después de décadas de oscuridad

MadridActualizado:

Un reguero de periodistas se acerca a Metropolitano, a un chalé con nombre propio: Velintonia. Lugar de peregrinaje para las nuevas plumas del país, zona de reunión para los grandes poetas del siglo XX (Lorca, Cernuda, Gerardo Diego, Jorge Guillén, José Hierro, Pablo Neruda y compañía), el refugio madrileño de Vicente Aleixandre se había convertido en el foco de la noticia: el sevillano acababa de ganar el premio Nobel de Literatura. Era 6 de octubre de 1977.

Horas antes, el corresponsal de ABC en Estocolmo enviaba la siguiente crónica: «La sangre de la Guerra Civil española se ha secado en Suecia. Después de casi cuarenta años de profundo divorcio mental, mucho más extenso, triste y desalentador que la distancia física que separa a Suecia de España, el Instituto Nobel se suma a las esperanzas sin límites de millones y millones de españoles, de millones y millones de de europeos, por el futuro de nuestro país, rindiendo tributo y dando eco universal a uno de los mejores poetas que ha formado España: Vicente Aleixandre».

Hoy, cuarenta años después de aquel hito, Javier Lostalé, poeta y amigo de Aleixandre, recuerda el sentido de aquel galardón: «Efectivamente, significaba unir la democracia a la verdadera libertad, que está siempre fundada en la cultura». «Detrás de su elección estaba eso: volver a poner a España en el mapa de la cultura occidental después de décadas de oscuridad. Había un claro sentido político en ese premio», añade el escritor y crítico literario Diego Doncel. Al respecto, el propio Aleixandre siempre se mantuvo cauto. «Yo no puedo tener opinión; correspondería contestar, en todo caso, a la Academia Sueca. No me esperaba el Nobel, porque son muchos los merecedores. Pero ahora seguiré escribiendo. No hay motivos para no hacerlo», explicó el poeta aquel 6 de octubre de 1977.

Más allá del momento concreto, de los tintes políticos o las motivaciones extraliterarias, el Nobel premiaba a «uno de los grandes poetas amorosos y solidarios del siglo XX », en palabras de Lostalé, al mismo tiempo que homenajeaba a toda una etapa de la literatura española. En su momento, Dámaso Alonso afirmó que Aleixandre no era solo Aleixandre, sino toda una generación. «Desde el punto de vista literario era el reconocimiento a toda la Generación del 27, un grupo con un esplendor que no se ha vuelto a ver, a pesar de que todo el siglo xx español es de una gran brillantez poética», precisa Lostalé.

Reunión en el Ateneo de Sevilla, origen de la generación del 27. En la imagen, Rafael Alberti, Federico Garcia Lorca, Juan Chabás, Mauricio Bacarisse, José María Romero Martínez, Manuel Blasco Garzón, Jorge Guillén, José Bergamín, Dámaso Alonso y Gerardo Diego.
Reunión en el Ateneo de Sevilla, origen de la generación del 27. En la imagen, Rafael Alberti, Federico Garcia Lorca, Juan Chabás, Mauricio Bacarisse, José María Romero Martínez, Manuel Blasco Garzón, Jorge Guillén, José Bergamín, Dámaso Alonso y Gerardo Diego.- ABC

Además, se trataba de una serie de artistas que habían conectado con Europa, por lo que el sentido del galardón se potenciaba. «Desde Ortega y Gasset, y durante los años 30, hay algo que recorre toda la literatura en España: el deseo de relacionarse con la cultura europea. De hecho, ese era el objetivo de la Residencia de Estudiantes», apunta Doncel.

Aunque Aleixandre rechazaba con modestia esta carga («no me atrevo a arrogarme la representación del 27»), fue inevitable que el símbolo perdurase en el tiempo. El Nobel, sin duda, supuso una gran alegría, pero también trastocó su existencia, su tranquila cotidianidad. «Le trastornó su vida ordenada, de bastante descanso, de escritura en la cama, de reposo después de comer. Llevaba una vida muy ordenada porque era un poco hipocondriaco, pensaba que siempre estaba mal», evoca Lostalé. «Era una persona que dialogaba mucho, pero siempre con una o dos personas al mismo tiempo como mucho. El tumulto que se creó en su casa entonces le produjo bastante estrés».

El olvido de los clásicos

El Nobel lo puso sobre el mapa y rescató su figura, eclipsada por Lorca, que era el rostro visible del 27. En este sentido, también ayudó la labor de Carlos Bousoño, su gran estudioso y divulgador. Sin embargo, pese a los espaldarazos, Aleixandre permanece hoy en un lugar apartado, lejano a las vibraciones de los versos actuales. «Ha caído en un cierto olvido, el olvido de los clásicos: leído como figura indiscutible de la literatura española, pero sin tener una verdadera influencia en el grueso de los jóvenes poetas», lamenta Doncel.

La metáfora evidente de este sentir es Velintonia, la casa del escritor, esa que visitaron los grandes literatos del siglo XX y en la que los periodistas hacían cola para conseguir unas declaraciones, esa que vio pasar a todas las generaciones de poetas de la posguerra, esa misma que hoy permanece en estado ruinoso. «Madrid no tiene un sitio dedicado a la poesía, a pesar de que fue la ciudad donde se desarrolló la generación del 27. Ese lugar debería ser la casa de Vicente Aleixandre. La familia y el ministerio tienen que llegar a un acuerdo», conluye Doncel.