Richard Rogers junto a la maqueta de una de sus obras en España: la Plaza de las Arenas de Barcelona
Richard Rogers junto a la maqueta de una de sus obras en España: la Plaza de las Arenas de Barcelona - EFE
ENTREVISTA

Richard Rogers: «Soy pesimista sobre el Brexit. El nacionalismo no es bueno»

El prestigioso y veterano arquitecto británico tiene en su haber el Centro Pompidou, de París, y la Terminal T4 del aeropuerto de Madrid. En esta ciudad trabaja ahora en el Plan del Distrito Castellana Norte

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Richard Rogers nació en Florencia en 1933 (primer dato curioso en su larga trayectoria), pero es un auténtico gentleman, porque Londres es su ciudad desde que echó a andar como arquitecto. En Londres estaba esta semana, y la que viene vendrá a Madrid para participar (el viernes 22) en el Hay Festival Segovia. Richard Rogers, todo un caballero inglés e italiano. Simpatía y elegancia.

-¿Qué significa la arquitectura para Richard Rogers?

-En primer lugar, significa diseñar edificios viables, una protección para la gente en un espacio público. Pero si quiere que profundice... Diría que es un arte: técnico, social y político.

-¿Y qué ha significado Richard Rogers para la arquitectura?

-Usted debería responder a esa pregunta, no yo [reímos ambos]. Estoy especializado... Digamos que hago más arquitectura que diseño, y eso significa que la profesión es más pluralista. Creo que eso es lo que he aportado a la profesión, entre otros, porque no soy el primero que lo hace. Si habla de edificios... El más famoso es el Centro Pompidou, un lugar maravilloso. Al concurso para el Pompidou se presentaron 700 propuestas. Creo que era un lugar para todas las edades y todas las creencias.

-El Pompidou se inauguró en enero de 1977. ¿Cómo ha evolucionado la arquitectura desde entonces?

-La arquitectura siempre evoluciona con el progreso de la tecnología. Los primeros refugios eran cuevas y los siguientes eran chozas de madera. Fue un gran progreso. Las cuevas eran más seguras, pero en una choza móvil podías trasladarte y podías cazar para conseguir comida y parejas, por lo que tenía flexibilidad. Por tanto, hoy en día tenemos la información global y ha cambiado la profesión en todo el mundo.

-¿Y qué piensa de las nuevas generaciones?

-Obviamente, han cambiado. Cuando yo estudiaba arquitectura, los arquitectos trabajaban para locales, colegios, hospitales, servicios sociales... Eran parte del Estado de bienestar. Hoy en día trabajamos principalmente para el sector privado. En cierta manera es negativo, pero es lo que hacemos.

«Hay mucho arte en la arquitectura italiana, pero en España la gente está mejor formada»

-¿Cree que ha vivido la época dorada de la arquitectura en primera persona?

-No. Creo que no. El jurado del premio Pritzker ve ahora muchos más edificios buenos que cuando yo era más joven.

-Antes ha mencionado el Pompidou como una de sus obras más significativas. Pero, ¿por cuál de los numerosos edificios que ha diseñado le gustaría ser recordado?

-Como le he dicho, el más importante es el Centro Pompidou, con su gran plaza, porque siete millones de personas lo visitan al año. Aunque, ahora que lo pienso, la casa de mis padres también [ríe]...

-A estas alturas, ¿qué le atrae de un nuevo proyecto?

-Hoy en día, casi todos los proyectos llegan al estudio a través de los concursos. La manera habitual de iniciar un proyecto es ganar un concurso, aunque para que un trabajo me atraiga siempre tiene que tener un componente social.

-Me pregunto si alguna vez se ha sentido como un arquitecto estrella.

-No. Solo soy un arquitecto, aunque me gusta pensar que he logrado hacer, en cierta manera, edificios interesantes. Espero que bonitos. Espero [ríe]...

-Por tanto, no cree en la fama...

-No me gusta la palabra estrella. Soy un arquitecto. Nada más.

-Me gusta esa definición. ¿Cree que la arquitectura se puede entender sin el urbanismo?

-No. Creo que la arquitectura tiene que tener vínculos con las ciudades donde habita.

-En ese sentido, me interesa mucho la relación entre la arquitectura y la filosofía. ¿Qué piensa usted?

-Son muy cercanas. No creo en las ideas repentinas, sin más, que nos salvan la vida. Creo que tienes que trabajar... Hay que resolver problemas en el diseño del edificio, y la resolución de problemas es una profesión compleja.

-¿Qué importancia tiene su equipo?

-Es muy, muy importante. No solo los arquitectos: los ingenieros, los sociólogos, los filósofos, los urbanistas... Todas esas profesiones con las que disfruto trabajando. Siempre tienes que elegir un equipo también, un equipo que te guste.

«Para que un trabajo me atraiga tiene que tener un componente social. La tecnología cambia el mundo»

-La semana pasada, John Le Carré publicó nueva novela, en la que recupera al espía George Smiley.

-Es un escritor maravilloso. Le conozco, pero aún no he leído su nuevo libro.

-Lo menciono porque, con motivo del libro, concedió una entrevista a la BBC en la que aseguraba que fue «terriblemente duro escribir durante el Brexit y el auge de Trump».

-Vivimos un periodo político muy malo: el peor desde la Segunda Guerra Mundial.

-Para un artista como usted, ¿qué ha significado el Brexit?

-Todavía me siento deprimido, aunque creo que no se materializará. Significa aislamiento, falta de confianza. Creo que estamos en un mundo complicado. Cuando era joven solía pensar que cuando fuese mayor no habría un nacionalismo extremo y no habría extremismo religioso. Y tenemos las dos cosas.

-Volviendo a la arquitectura, en su opinión, ¿qué ciudad es más respetuosa con su profesión, con esos valores de los que me hablaba antes?

-Hay muchas ciudades buenas para la gente, como en Holanda o en Dinamarca. Hay una arquitectura interesante en muchos países, como Japón. Japón es increíble, con una arquitectura de alto nivel. Encuentras ejemplos diferentes en todo el mundo. La arquitectura británica también es fabulosa.

-Y si le planteo la pregunta al revés: ¿cuál es la ciudad peor resuelta?

-No sé. Obviamente, los países más pobres tienen problemas. Si visitas algunas ciudades en Oriente Próximo, si vas a algunas ciudades en África.... Tristemente, hay que tener suficiente dinero para desarrollar una buena educación y universidades... Está ese vínculo. No hay una sola ciudad mala, sino muchas. Pero hay algunas ciudades buenas.

-Hablando de urbanismo, de gente y de filosofía, ¿cuál es la mejor ciudad para vivir?

-Depende. Esta cambia, ¿sabe? Hace 20 o 30 años, llamaban a Londres el «hombre enfermo de Europa». Londres es muy buena para vivir ahora. Veremos qué pasa si el Brexit tiene lugar. Soy extremadamente pesimista en cuanto al Brexit.

-Sí, ya veremos...

-Eso es, ya veremos. El nacionalismo no es bueno. España es maravillosa. Por cierto, quizás la mejor ciudad sea Barcelona. Su planificación urbana es una de las mejores que he visto.

-Sí, pero, ¿ha oído hablar de los problemas que tiene ahora Barcelona?

-Sí, los que se avecinan. Creo que Barcelona sigue siendo, a pesar de todo, debido a la planificación del siglo XIX, una de las mejores ciudades del mundo. Hablo de la arquitectura. Creo que es una ciudad muy sofisticada.

-Estoy de acuerdo con usted.

-¿De dónde es usted?

-Soy de Madrid.

-¡Ah! Es una ciudad bastante buena para vivir. Como España. Me gusta su ciudad. He hecho muchos trabajos sobre urbanismo. Es mi principal ámbito de trabajo hoy en día, la ciudad.

-La última: ¿cómo ha sido para usted trabajar en España?

-La Terminal T4 tuvo mucho éxito. España es uno de los mejores países. En el estudio, después de los británicos, los siguientes son los españoles. Están bien formados, utilizan la tecnología. Soy italiano de nacimiento y hay mucho más arte en la arquitectura italiana que en la española. No obstante, en su país la gente está mejor formada y es muy sofisticada. Procede de un país sofisticado.