POESÍA

Un grito, una llamada: Alejandra Pizarnik

Pizarnik es toda una leyenda y, a la vez, alta poesía. Tan moderna como trágica, tan clásica como moderna

Alejandra Pizarnik
Alejandra Pizarnik
JAIME SILES - Actualizado: Guardado en: Cultural

En su ensayo «The Music of Poetry» (1942), Eliot sostiene que la revolución en poesía ha sido «a return to common Speech». Lo mismo viene a decir Octavio Paz, cuando afirma que «la fuente de la poesía es el habla», algo en lo que coincide con Juan Ramón y que sabían ya muy bien los trágicos griegos: sobre todo, Sófocles, que basó su léxis en la lengua conversacional. Alejandra Pizarnik (1936-1972) -que es tan moderna como trágica, y tan clásica como moderna- lo sabía también. Por eso convierte en escritura el perfecto fraseo de su lengua como los trágicos áticos hicieron y como lo ha hecho la mejor poesía de la modernidad. Lo dice ya en uno de sus primeros poemas: «No querer traer sin caos / portátiles vocablos» y, aunque al principio utiliza la enumeración caótica y la sinestesia rimbaudiana y se mueve por los difusos dominios de lo surreal, pronto encuentra su cauce tanto en el poema en verso como en el poema en prosa, por los que, con igual soltura, a lo largo y ancho de su obra discurrirá.

En su libro La última adolescencia (1956) asume lo que ella llama «la máscara del infinito» y comienza a situarse «del otro lado de la noche». En Las aventuras perdidas (1958) «el cielo tiene el color de la infancia muerta», «con su perfume / a pájaro acariciado». Y, ante la noche, un tema de Novalis que ella retoma a través de Trakl, piensa que «Tal vez las palabras son lo único que existe», y las palabras ocupan en su obra un lugar de excepción, pero no como léxico sino como frase: «alguna frase solamente mía / que yo abrace cada noche, / en la que me reconozca, / en la que exista». Empieza así una poesía del llamar «hacia nunca».

Alguna vez tal vez

En Árbol de Diana (1962) -que lleva prólogo de Octavio Paz- se aleja «de los nombres / que hilan el silencio de las cosas» y pulsa los espejos «hasta que las palabras olvidadas suenan mágicamente». Algunas de estas composiciones son tan intensas como su concisa claridad: «alguna vez tal vez / me iré sin quedarme / me iré como quien se va». Poesía metafísica y a la vez existencial, esta fase intermedia contiene ya, en muy logrado esbozo, lo que toda su obra va a ser: «un espejo para nuestra triste transparencia».

Otros poemas (1959) recoge retales sueltos de lo mismo: «Yo canto. / No es invocación. / Son nombres que regresan». Y en Los trabajos y las noches (1965) busca «decir la palabra inocente». El fragmentarismo se ha hecho ahora unitario, y no quiebra: compone. De ahí que alguno de los poemas consistan en una sola frase sin interpunción, y que atesore palabras sólo «para crear nuevos silencios». Sus voces son «para que no canten ellos, / los amordazados grismente en el alba, / los vestidos de pájaro desolado de lluvia» y «aún no es ahora / ahora es nunca / aún no es ahora / ahora y siempre / es nunca». Enlaza así con aquel «hacia nunca» de Las aventuras perdidas y sus temas y motivos se responden, se corresponden, se entrelazan.

Algunos de estos poemas son magníficos en su compacta reducción, como «Silencios»: «La muerte siempre al lado. / Escucho su decir. / Sólo me oigo». Otros tienen en sus aliteraciones reminiscencias postistas. Y los hay que -como «Moradas»- adelantan temas y formas del siguiente libro, La extracción de la piedra de locura (1968), en el que predominan los poemas en prosa y en el que hay cambios muy significativos: se ha producido un giro radical en la relación del yo con el lenguaje, y ahora su poética es «No nombrar las cosas por sus nombres»: desnombrar, desnombrarse, desyoerse «como si no pasara nada, lo cual es cierto». La nueva persona poemática lo indica: «Hablo como en mí se habla», y lo que busca es «un cuerpo poético»: «un grito, una llamada, una llamarada, un llamamiento». Ha cambiado la voz -o las voces- de la hablante. De ahí que en El infierno musical (1971) vaya a ocultarse en el lenguaje, porque ya no puede hablar con su voz sino con sus voces. Se asiste así a un envolvente vértigo, a una puesta en abismo, a una luz negra, que apunta ya a un posible suicidio.

El último otro lado

En los poemas no recogidos en libro, destacan los hechos de dísticos («temo dejar de ser / la que nunca fui») y se aproxima a una «poesía que se hace sin lenguaje»: lo que ahora busca es «la noche del poema» mientras se esfuerza en «aprender / las imágenes / del último otro lado». Ahora «el centro / de un poema / es otro poema» y su única posesión es «un ir hacia donde no hay dónde».

Alejandra Pizarnik es -como Emily Dickinson, como Sylvia Plath y como Anne Sexton- una leyenda, pero eso no debe hacernos olvidar la altura y el espesor de su poderosa e impactante textualidad.

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