MÚSICA

Fin de fiesta

El cuarenta aniversario del lanzamiento del primer «single» de los Damned y del debut discográfico de los Sex Pistols reabre la caja de los truenos del punk, el último movimiento que sacudió la historia del rock

Los Sex Pistols fueron uno de los grupos que marcaron el rumbo –caótico– del punk
Los Sex Pistols fueron uno de los grupos que marcaron el rumbo –caótico– del punk - Bob Gruen

Antes de que el Primer Programa de RTVE (ahora La 1, más competitiva) ofreciese en su «Dossier» un reportaje dedicado al punk londinense, inspirador documental de batalla al que Cabrera Infante aportaba el corpus teórico y que Jordi Valls (Vagina Dentata Organ) y Paloma Romero (entonces batería de las Slits, «Las Rajitas» para el gran y perplejo público de la emisora) animaban con desvergüenza, reflejos callejeros e incorrección, ABC ya había dado cuenta de un fenómeno cuyos primeros análisis y croquis reflejan el desconcierto, sobre todo extramusical, que fue capaz de generar el movimiento que iba a cerrar la historia del rock. Cuarenta años después de su vagido, aquí no ha vuelto a pasar nada. Ni siquiera parecido.

Además de visionaria, la letra de «Europa ha muerto» de los Ilegales –«No hay muro en Berlín, / no hay bancos en Suiza, / no hay valses en Viena, / no hay punkis en Londres, / Europa ha muerto»– ponía de manifiesto la inmediata institucionalización y postalización de un episodio de rebeldía cuyos palaciegos fastos conmemorativos («Punk. London, 40 Years Of Subversive Culture», estreno inminente en el Reino Unido, con la aprobación de Isabel II) provocaron hace seis meses la fallera respuesta del hijo de Malcolm McLaren.

Invitar al devaneo

O la Administración británica sacaba sus zarpas de la efemérides –amenazó Joseph Corré– o le metía fuego a su colección de quincalla histórica, a la que no tardó en ponerle precio. Muy punk, como su padre. Muy hábil, como su madre.

La comercialización del punk, como antes la del movimiento «hippie» o más tarde el «acid house», no resta valor histórico al fenómeno con el que paradójicamente el rock alcanzó su madurez y completó su etapa de crecimiento, terminando de un escupitajo con la sucesión de ismos ordenados y abriendo –«Do It Yourself», aplicación práctica del «No Future», más grupal– el compás para que en adelante cada músico fuera por libre, como en el resto de bellas artes. Fin del cuento y de la historia. Rompan filas. Después de aquello no hubo más generaciones creativas, sino superdotados y escuelas temporales de imitadores. Subgéneros, menudeo, remezcla y «megamix», a toda mecha.

Con el punk, el rock alcanzó su madurez y completó su etapa de crecimiento

El creciente desinterés de los medios generalistas por lo que sucede –o dicen que sucede– en el mundo del pop contrasta con el debate que en muy pocos meses y de Londres a Madrid provocó el punk. Aquello prometía y desde primera hora invitaba al devaneo. Ensayos como el que servía de prólogo a «Punk» (Producciones Editoriales, 1977), de Salvador Costa, pionero y cotizado libro de fotografías realizado durante una fugaz visita de tres días a la casa londinense de su primo hermano –que no era otro que el «punk catalán» del «Dossier» de TVE, Jordi Valls– coinciden con los reportajes, más serenos, que por entonces publican ABC y «Blanco y Negro».

El marxismo de barra de bar que impregna la desahogada introducción del álbum de Salvador Costa está en los antípodas del desapasionamiento con que Manuel Adrio, corresponsal de ABC en Londres, retrata a la jóvenes punks. Aficionado al tenis y abonado al torneo de Wimbledon, que para eso estaba en la capital británica, Adrio concluye que la nueva generación no pretende «modificar viejas estructuras, ni siquiera abandonarlas». «Al contrario, si protestan es por verse arrojados de ellas. Son, en potencia, como todos cuantos combaten la burquesía, unos tremendos burgueses».

En crudo

En «Blanco y Negro» (agosto de 1977), aparecen las claves musicales del punk. «Todo es crudo. Se destroza el concepto de rock en una atmósfera caótica y agobiante. Es como una salida de emergencia dentro del panorama moribundo de la “rock-music”, sin energía suficiente, ni convicción ni sinceridad». Para más pistas, y en hondura, una Tercera de Juan Rof Carballo (octubre de ese mismo año) alerta sobre una «retórica de la desesperanza» que tiene su mejor reflejo en los punks de Londres.

En febrero de 1978, «Blanco y Negro» da por hecho que con Ramoncín «el punk entra en sociedad», conclusión extraída de la «calculada agresividad de su concierto en Madrid». No contaban los cronistas de nuestra revista con la respuesta de un público que aún estaba por civilizar: dos meses más tarde, y entre sueltos dedicados a Rocío Jurado, Xavier Cugat y el II Congreso Nacional de Tunas, aparece en ABC una nota dedicada al «llamado primer cantante punk de España», un Ramoncín que tuvo que cortar una actuación en Bilbao –un minuto duró en el escenario, por el «continuo lanzamiento de frutas y otros objetos»– tras recibir «una pedrada en el riñón».

La atención y el seguimiento que hace cuatro décadas mereció el estallido del punk, sarpullido musical y textil que terminó por enquistarse y diversificarse en la cultura de masas, contrasta con el desdén con que los medios generalistas despachan la ausencia de movimiento y movimientos en un pop que, introspectivo, metido para dentro, ya no avanza a oleadas, ni hace ruido. Debe de ser consecuencia de su madurez. Celebrar el cumpleaños del punk es también asistir, sin que medien esquelas, al funeral del cuarenta aniversario del rock, entendido como aquel organismo vivo cuya actividad marcó una época. Lo de ahora es distanasia, con música de fondo.

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