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«La caza del carualo», viaje al corazón del disparate

Lewis Carroll no sólo creó a Alicia; también inventó las sorprendentes criaturas de «La caza del carualo»

Lewis Carroll, autor de «La caza del carualo»
Lewis Carroll, autor de «La caza del carualo»

Un pueblo tan cultivado y de etiqueta tan rígida como el británico ha sido capaz de alternar las técnicas más depuradas de la esclerosis protocolaria con el ejercicio, al menos en literatura, del disparate más audaz y libertario: ahí están los «nonsense poems» de autores como Edward Lear, Mervyn Peake o Edward Gorey para corroborarlo. La «nonsense poetry» hunde sus raíces en las «nursery rhymes» de toda la vida, esas canciones absurdas de rima fácil y contenido delirante que han hecho las delicias de los niños y niñas de todas las épocas y que tienen un altar en la devoción anglosajona, aunque existan, en mayor o menor medida, en todos los países de Europa.

El reverendo Charles Lutwidge Dodgson (1832-1898), más conocido por su pseudónimo de Lewis Carroll, repartió su existencia entre las matemáticas, la escritura infantil y juvenil y la fotografía. Como narrador, nos dejó esos monumentos de la imaginación que son «Alicia en el país de las maravillas» y «Alicia a través del espejo», al borde siempre de la estética del «nonsense».

Jordi Doce logra que el «carualo» y el «boblo» tomen carta de naturaleza en nuestro idioma

La primera pieza en la que abordó de forma premeditada esa estética fue el poema «Jabberwocki» -inserto en «A través del espejo»- y en «The Hunting of the Snark», «una agonía en ocho prontos» escrita en 1874 y publicada por vez primera en 1876 (Macmillan Publishers), con preciosas ilustraciones de Henry Holiday (1839-1927), el pintor de ese celebérrimo cuadro de corte prerrafaelista en el que vemos a Dante saliendo al paso de Beatrice en las proximidades del Ponte Vecchio florentino.

Las ilustraciones de Holiday se han reproducido hasta la saciedad, razón por la cual nos parece muy oportuno que Nórdica haya acudido a una ilustradora finlandesa, Tove Jansson, para acompañar el texto de «The Hunting of the Snark» en esta nueva y brillantísima traducción española. Los dibujos de Jansson aparecieron en la edición sueca del poema carrolliano que vio la luz en Estocolmo en 1959. Son una auténtica maravilla que nos permite poner cara, de forma divertida y grotesca, a las disparatadas criaturas que pueblan los «quatrains» de Carroll, ejemplarmente trasladados al castellano por Jordi Doce.

Caracol y escualo

La edición seguida por Doce es la llevada a cabo por Martin Gardner, el gran divulgador científico y experto máximo en la obra de Carroll. Se trata de «The Annotated Hunting of the Snark», preparado por Gardner en los años 60 del siglo pasado y reimpreso con una introducción de Adam Gopnik (Nueva York, Norton, 2006). Con ese libro en las manos, el tremendo galimatías lingüístico que es «La caza del snark» se hace menos abstruso y más transitable. Pero hay que tener mucho ingenio y mucha capacidad lúdica para hacer lo que ha hecho Jordi Doce en su versión española: convertir, por ejemplo, al «snark» (compuesto de «snail», «caracol», y «shark», «tiburón») en «carualo» (mezcla de «caracol» y «escualo»), o llamar «boblo» al «boojum», uniendo la primera sílaba de «bobada» con la última de «diablo». A partir de ahora, el carualo y el boblo toman carta de naturaleza en nuestro idioma, y no me extrañaría que figurasen pronto en el diccionario de la RAE: se lo merecen.

El «nonsense» de Carroll tendría numerosa descendencia en la literatura inglesa posterior, hasta cristalizarse en todo un subgénero lírico. Las raíces del mismo se encuentran en esta absurda y memorable «Caza del carualo», cuya lectura constituye un viaje delicioso al mismo corazón del disparate.

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