Vic y Javier Tafur, con su «Tabenario sentimental»
Vic y Javier Tafur, con su «Tabenario sentimental» - VALERIO MERINO
PASAR EL RATO

Vino, sentimiento y poesía

Uno podría volverse abstemio, no lo permita Dios, y siempre le quedará el «Tabernario sentimental» como refugio

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Pueblo somos y en pueblo nos convertiremos. «Vino, sentimiento, guitarra y poesía» es el comienzo de «Cantares», el hondo poema andaluz de Manuel Machado. Si quitamos la guitarra, que no es su momento, queda «Tabernario sentimental», el gran libro de Javier Tafur y Vicente Torres Esquivias, Vic, para la historia del arte. Este libro no se lee como los demás; en este libro se entra, como en una taberna, y se acomoda uno en cualquier página y espera su medio sin corona, por el que va a pasar la vida vestida de amarillo pálido. Es un libro para releer y remirar. A este libro se vuelve, como a una taberna. Cuando uno lo termina, queda en la boca un sabor remoto a vino bueno, una vaga nostalgia de dejarlo. Por eso se sabe que es un libro superior. Nos llena del recuerdo de palabras y personas, elegidas no al azar, sino sabiamente, debidamente. Uno podría volverse abstemio, no lo permita Dios, y siempre le quedará el «Tabernario sentimental» como refugio. En él hay olor, color y sabor. Leerlo es lo más parecido a volver a la taberna aquella donde se nos fue poniendo de oro la garganta. Cuentan los autores que, en sus visitas literarias a las tabernas, bebían primero y preguntaban después. El periodismo de taberna no es agresivo. Uno, que viene de las tabernas del norte, más ruidosas y menos reflexivas que las cordobesas, vive atenido a la conclusión heterodoxa de que las copas se conversan, tienen su trato. Acostumbrarse a beber solo y en silencio, que no dice uno que no tenga nivel, puede acabar oxidando los sentidos. O inspirando «Las flores del mal», aunque eso no depende sólo de la bebida. El vino, en compañía; la lectura, en soledad, con una copa de menos.

Lo del gran Vic tiene mucho mérito, amarrado a la viñeta todos los días de la semana, sin un solo fallo de ingenio y gracia. Lo primero que uno mira y lee del ABC es la viñeta de Vic, para empezar el día con el alma llena de color y de piedad por el género humano. Este hombre tiene un sentido medicinal del color y del dibujo. Relaja y reconforta. Su humor es compasivo, tan distinto del mal vino de la crítica pretenciosa. Pinta gente con rasgos redondeados, sin aristas hirientes, como sus comentarios, gente con tendencia a la sonrisa, con aspecto de haber hecho bien la digestión, la buena gente de la vida diaria. Incluso a los poderosos los suaviza con el pincel, los humaniza, como si vinieran de presentar la dimisión. Los personajes mejoran cuando los pinta él. Mejoran por dentro.

Javier Tafur tiene el don de la palabra escrita, que los dioses conceden únicamente a los elegidos, aunque no sean creyentes. Y Tafur es un creyente que parece escéptico, por eso escribe tan bien. Tiene mirada de articulista de raza para las cosas grandes y las pequeñas. Y para las personas grandes y las personas pequeñas, de tal manera que achica a las primeras y agranda a las segundas. Ese olfato para la justicia poética y el resumen le viene del vino sabio de las tabernas, que iguala más que la Constitución. Su aguda descripción de la taberna clásica y su habitante más característico, el flamenco, es de una calidad de página muy poco frecuente. En Javier Tafur, el artículo de periódico y la taberna son dos géneros literarios.

Le parece a uno que «Tabernario sentimental» no está llamado a convertirse en un clásico, porque ya es un clásico. Si por clásico entendemos lo que no se puede hacer mejor.