JAVIER TAFUR - EL ESTILITA

El vino que se va JAVIER TAFUR

Políticos y responsables del marco Montilla-Moriles reconocen ahora que la vid no es rentable

«Por desgracia, en Córdoba se piden más vinos de fuera que de la propia tierra». Lo decía en estas mismas páginas, hace apenas unos meses, Antonio Jiménez, de la acreditada taberna La Montillana. También lo dicen otros, muchos, si no todos los taberneros cordobeses. Vino de Córdoba se bebe solo durante los cinco días de la Cata, apresuradamente, sin respiro, procurando más el anonadamiento y la resaca que la estima perdurable en el paladar. Alguna razón de fondo habrá más allá de la precariedad del negocio en sí.

Y supongo que estará relacionada con las características de nuestros vinos y de nuestra idiosincrasia, tan poco dada a hacernos de merecer. Recuerdo al respecto, años atrás, a la Junta de Andalucía ejecutando una promoción de la fiesta de los Patios cordobeses en torno a una botella de Jerez. En tanto que no puedo olvidar a un ilustre escritor, invitado a Cosmopoética, celebrando la ocasión con una copa del mismo vino, mientras se ponía el bombín y abría el paraguas, que tan naturales son en Córdoba.

Desde que tengo discernimiento he oído lamentarse a la administración y a los productores por el mal fario de nuestros vinos, atribuyéndolo en los últimos tiempos al inadecuado sistema de cultivo de la vid que manteníamos, contrario al practicado por otras denominaciones de origen más prósperas. No obstante, «la campiña cordobesa ha dado un salto gigantesco en la modernización de su viñedo». Lo afirmaba hace un par de años el delegado de Agricultura, comentando con orgullo que la mitad de nuestras vides se habían replantado ya en espaldera, lo que permitía mecanizar las labores y preservar mejor la uva. Pese a lo cual, poner a Montilla-Moriles de tal guisa parece no haber servido más que para darle por detrás a su honra viticultora.

Tal es la sensación que nos causa la extraordinariamente pesimista reunión mantenida en estos días por los prohombres de la administración autonómica y del Consejo Regulador. «La viña no es sostenible» proclama ahora el discreto Zurera, con talante astringente. Mientras el reposado Marín, con cara de palo cortado, manifiesta la posibilidad de que «desaparezca la cultura del vino tal y como la entendemos actualmente». Reconozco que se me ha repuntado la sangre en las venas. A tal fin sobraban espalderas y subvenciones millonarias. Y sobre todo la diversificación a variedades que son ajenas y que no pueden alcanzar en esta tierra un nivel competitivo.

¡Ochocientas hectáreas para hacer tintos malos! ¿Y por qué no intentamos hacer blancos jóvenes y finos buenos, y olorosos y amontillados excepcionales, y, lo que es más importante, conseguimos servirlos en perfecto estado en las tabernas cordobesas, para luego subirles el precio razonablemente? La Cata no puede reducirse a la explanada de la Diputación unos días al año. La Cata tiene que verificarse en toda la ciudad durante todo el año. Y los responsables aúlicos del vino deben incentivar a bodegueros y a taberneros de la única manera que es posible hacerlo: con premios singulares. Sean estrictos con la calidad de cada día y verán como paisanos y foráneos vuelven a beber sin extrañarse vino de Córdoba.

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