FIESTA

El último tintineo de la Velá de la Fuensanta

La «salmorejá» y el tobogán acuático fueron los principales atractivos de la última jornada de feria

Varios vecinos hacen cola para probar un plato de la «salmorejá»
Varios vecinos hacen cola para probar un plato de la «salmorejá» - ROLDÁN SERRANO

En la puerta del Santuario de la Fuensanta se cruzan los que salen de misa con los que entran a ver el caimán. Junto a la barra, los que han madrugado se toman ya las primeras cervezas mientras los más rezagados apuran los churros antes de se les pase la hora del desayuno. Es domingo y la Velá da sus últimos coletazos. Se venden las últimas campanitas y a los «cacharritos» todavía les queda cuerda hasta la noche.

La Velá de la Fuensanta ya ha levantado su campamento anual de la Plaza del Pocito. Junto a la zona preparada para el reparto de fruta fresca, los organizadores comentaban ayer el éxito de una edición en la que han notado el calor de la gente y por la que la polémica, dicen, ha pasado de puntillas. Ni siquiera los feligreses están por marear el asunto y ayer se mezclaban alegremente con sus vecinos, que hacían cola para la «salmorejá», la cita central del día.

El caimán, en el muro del Santuario de la Fuensanta
El caimán, en el muro del Santuario de la Fuensanta- ROLDÁN SERRANO

Al parecer, el malestar generado al principio por la decisión del Ayuntamiento de omitir ciertas referencias religiosas en la promoción de la fiesta se ha ido disipando. «A ver si toman nota para el año que viene, pero a nuestra Virgen no le van a quitar importancia por no ponerla en un cartel», decía ayer María de los Ángeles, vecina de la Fuensanta «de toda la vida» que opta por disfrutar de la fiesta al margen de discusiones. Con más enfado se expresaba su amiga Gloria, que afeó al Ayuntamiento haberle «dado la espalda» a gran parte de los vecinos del barrio. «Ya hay que tener ganas de estar a malas con la gente», lamentaba.

Al margen de su significado religioso, durante muchos años el vetusto caimán ha sido el símbolo de la Velá y contar su leyenda a los más pequeños, una tradición de cada septiembre. Tras la homilía, ayer, la pequeña Cristina, de tres años, escuchaba atentamente cómo su abuelo le narraba, como quien cuenta un cuento, una historia de escaso rigor científico pero gran arraigo cultural sobre un «cocodrilo» que aterrorizó al pueblo.

Un niño se desliza por el tobogán acuático de la Velá
Un niño se desliza por el tobogán acuático de la Velá- ROLDÁN SERRANO

La gran novedad de la edición ha sido el montaje de un tobogán acuático que ayer daba tantas escenas de diversión como de desesperación por la larguísima cola que había que esperar para usarlo. Niños y no tan niños acudieron a la Velá ataviados con bañador y un flotador bajo el brazo para disfrutar de ese improvisado Aquasierra en miniatura.

Y mientras unos esperaban para deslizarse por el tobogán, otros respetaban la fila para degustar una tapa de salmorejo. «No os gusta 'ná' un gratis», bromeaba uno de los vecinos mientras despachaba platos tras la barra. Nunca ha vivido en la Fuensanta, pero desde que tiene memoria tampoco se ha perdido ninguna Velá. «Es verdad que ya no es lo que era», lamentaba, «pero sigue siendo la segunda feria de Córdoba. Y aquí cabemos todos los barrios, todas las edades y de todos los gustos». El año que viene, más.

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