Rafael González - LA CERA QUE ARDE

Trasplantes en zona azul Rafael González

La repentina muerte de Fidel Castro me ha dejado un tanto mohíno. No porque yo sea comunista, que a todas luces y taquígrafos no lo soy, como Castro, sino porque veo que el siglo XX ha bajado definitivamente el telón. No sé si nos queda algún icono más del siglo que nos vio nacer pero esto está echando el cierre. Algunas teorías apuntan a que dicho siglo comenzó con Jack El Destripador y yo quiero pensar que sí, porque ha sido una larga centuria donde la criminología, la criminalística y los criminales doctorados proliferaron mogollón y nos dejaron dignos herederos que ahora andamos esquivando en el siglo XXI, en el que los criminales nuevos llevan i-Pad y corbata y te matan siete sirios en menos que pasan un dedo por la pantalla táctil. Quiero decir que este es el siglo de lo refinado y elegante y te pueden aventar o robar con toda pulcritud y casi sin que te des cuenta.

Las revoluciones como la castrista murieron justo en el momento de producirse como todas las revoluciones, salvo la industrial, que ha mutado en un capitalismo que nada tiene que ver con el mundo por el que trabajamos los liberales, que solemos tener peor fama que un dictador o un poeta asesino. A los dictadores y a los poetas asesinos les perdonan y justifican sus faltas y a los liberales nos cobran el parking socialdemocráticamente, además de llamarnos neoliberales, cosa que me toca bastante el cogote. Prefiero que me llamen facha como hace algunos años me decían los del pepé dando muestras de su giro hacia la progresía de género y génera y el cambio climático y la movida sostenible. Esta confusión que aumenta tras la desaparición de los referentes icónicos como Castro son los que nos han traído un siglo rarito, donde todo se mezcla, se mixtura para acabar sobre las espaldas del contribuyente, auténtico protagonista del devenir de la Historia Contemporánea. Financiamos guerras, dietas parlamentarias y a los espías del CNI casi sin darnos cuenta. Movemos el mundo más que siete revoluciones y además llegamos a fin de mes. No sé cómo, pero lo hacemos. Y no nos cuelgan ninguna foto de 30 metros en un edificio ni se hacen camisetas con nuestros caretos. Como mucho ponemos un selfie en el perfil del whatsapp y tan panchos, cosa que es no recomendable porque para qué le vamos a dar más pistas a don Cristóbal Montoro. O a Susana.

Susana ahora nos va a cobrar el parking en el Reina Sofía. Bueno, ella exactamente no, que está metida en el AVE Madrid para arriba Sevilla para abajo. Pero sí el aparato de progreso que nuestra Susana personaliza y que quedará en forma de ticket mientras la Andalucía imparable te hace un trasplante de pene o de esclerótica. La medicina ha avanzado una barbaridad pero hay que pagarla, claro. No como en Cuba, que era todo gratis y maravilloso. Aquí que te pongan un riñón nuevo es un logro del sistema universal de la sanidad pública. Después cuando salgas del quirófano lo dejas en la máquina de tickets antes de retirar el Toyota del párking, que es la metáfora perfecta de en qué quedan las revoluciones y la socialdemocracia.

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