Juan José Aguirre, obispo de Bangassou, durante una estancia en Córdoba
Juan José Aguirre, obispo de Bangassou, durante una estancia en Córdoba - VALERIO MERINO
MISIÓN

Aguirre: «El ISIS es la prueba de que el mayor problema de la humanidad es la pobreza»

El obispo cordobés de Bangassou habla sobre la crueldad de la guerra en Centroáfrica

CÓRDOBAActualizado:

Hace tres meses, el misionero cordobés Juan José Aguirre, obispo de Bangassou, tuvo que hacer de escudo humano para proteger a los más de 2.100 musulmanes que estaban frente a su mezquita y que iban a ser asesinados por el grupo de criminales «Anti-balaka», los «liberadores» de yihadistas. Aún hoy, los dos millares de musulmanes siguen refugiados en la misión católica, en Centroáfrica, y tienen ocupadas todas las dependencias del seminario, ya que salir a la calles es buscar la muerte. Un conflicto que «no tiene interés para Europa ya que no cuenta con poder mediático», se lamenta Aguirre.

El misionero cordobés ha podido salir ahora de allí para «poder ver a la familia» y hacer «los chequeos médicos», explica en una entrevista. Arrastra problemas cardiacos desde años, pero el «estrés vivido en los últimos meses no ha hecho mella», sonríe aliviado. «Vivir un conflicto en medio de la boca del lobo es un chute de adrenalina que te va a salir todos los días. Te desgasta mucho», confiesa Aguirre, quien, sin embargo, se encuentra «bien y con fuerzas» y con ganas de que «el conflicto se pueda solucionar».

Las asociaciones humanitarias «no han aguantado la presión» y la única ayudas son las fuerzas de Naciones Unidas presentes para proteger a la población civil, pero «lo hacen a su manera», ya que en los últimos tres meses «hay más de 100 muertos producidos por soldados de la ONU, las llamadas víctimas colaterales». Aguirre denuncia que el grupo de la ONU está formado por «marroquíes, que son musulmanes» y, por tanto, muchas veces son «cómplices de la comunidad musulmana y tiran antes de preguntar tiene el gatillo muy fácil y esto ha producido muchas víctimas por balas perdidas».

Una masacre

Lleva unos pocos días en Córdoba pero el contacto con la misión es constante: «Me acaban de mandar un correo electrónico diciendo que ahora las fuerzas gabonesas de la ONU se han puesto delante de las marroquíes para defender la misión católica de los grupos criminales». Una buena noticia que no oculta el horror y el drama que vive Centroáfrica. «El otro día vivimos un episodio horrible. Los Selekas estaban abandonando un pueblo llamado Gambo por que estaban llegando los Antibalakas y encontraron un grupo de 60 civiles que estaban escondidos en el hospital. Les cortaron a todos la cabeza. Fue una masacre impresionante de 60 personas, entre ellos mujeres y niños. Los degollaron allí y hoy seguían sin enterrar», relata.

«No tengo miedo porque Dios me protege. Estará conmigo y esa es mi fe»

Una situación que para Aguirre es producto de la pobreza. «No me inquieta especialmente el presidente norcoreano o el americano. El problema más gordo que tiene la humanidad es el empobrecimiento de las personas, del que se aprovechan grupos criminales como el Estado Islámico», afirma. «Son millones los empobrecidos que están por el mundo y puede haber un loco que les va cambiar el chip y van a venir a hacer barbaridades. El ISIS es la prueba fehaciente. Son una mayoría de personas jóvenes sin educación que están perdidos de la vida y les dan la posibilidad de una metralleta y se vuelven criminales. Además, para ellos la religión es una pantalla para ocultar sus crímenes», argumenta Aguirre.

Aguirre no teme por su vida ya que Dios lo «protege». «Cuando estaba delante de los francotiradores en la mezquita estaban tirando a derecha e izquierda sin apuntar, pero yo sabía que no me tocarían. El Señor me va a proteger y estará conmigo en cualquier tribulación. Ésta es la fe con la que me muevo», dice después de 37 años allí. Y entre tanto horror no falta el agradecimiento. «El otro día una mujer musulmana que estaba refugiada en la misión dio a luz y le puso al bebé de nombre Aguirre. Yo le dije que no era un nombre, sino un apellido, pero dio igual. Hay muchos niños en Centroáfrica que se llaman Aguirre y eso es un orgullo para un pobre hombre como yo».