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Crítica de «Suspiria»: Guadagnino, menos chillón que Argento

Encuentra inspiración en un clásico setentero y lo reescribe en una versión provista de otras cualidades diferentes a las que hicieron de ella una obra de culto entre cierto tipo de audiencias

Dakota Johnson en Suspiria
Dakota Johnson en Suspiria
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Luca Guadagnino, el director de «Call me by your name», encuentra inspiración en un clásico del terror setentero, «Suspiria», de Dario Argento, y lo reescribe en una versión provista de otras cualidades diferentes a las que hicieron de ella una obra de culto entre cierto tipo de audiencias.

Se mantienen las coordenadas argumentales: joven inocente, escuela de danza, un aquelarre de brujas y de fuerzas sobrenaturales, un ambiente teutón y alegórico…, pero algunos detalles han sido pulidos por el gusto de Guadagnino o de nuestro siglo, tanto técnicos (sin esos colores chillones y pensados para daltónicos) como genéricos (se suaviza el terror hasta dar solo miedito) o musicales y estéticos, más elegancia, menos estridencia…

Y aunque para verla aún se precisa un cierto ponerse en modo de Quincey, ese peculiar comedor de opio, se tiene la impresión de que el director quiere lanzarnos ideas, más que sobre brujas y vírgenes, sobre la nueva Europa y los contrapesos de género y matriarcado. Ni es difícil quedarse a cuatro millas de esta «Suspiria» (mi caso), ni tampoco entrar en su espectáculo diabólico y claustrofóbico.

La trama está organizada para que una actriz como Tilda Swinton despliegue su habitual catálogo de rectas en un par de personajes, el de la maligna Madame Blanc y el del anciano doctor Klemperer (una decisión que podría titularse los caprichos del director o qué modernos somos). Pero, más que Swinton, la que luce y le permite respirar y suspirar a esta película es Dakota Johnson, que se entrega con la precisión, vistosidad y voluptuosidad de una cesta navideña de las de antes.