EDITORIAL

Argentina, víctima de sí misma

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La violencia registrada en las horas previas al partido de vuelta de la final de la Copa Libertadores, que ayer tuvo que ser aplazada, no puede ser circunscrita al ámbito de las pasiones que genera el fútbol, a menudo desbordadas, dentro y fuera de los estadios y no solo en Argentina. El ataque sufrido el sábado por los jugadores del Boca Juniors -apedreados primero y luego víctimas del gas pimienta al que tuvo que recurrir la Policía para disolver a los vándalos del River Plate- y la indeterminación de organizadores y autoridades a la hora de cancelar el encuentro, lo que durante horas prolongó la incertidumbre y multiplicó la indignación y el riesgo del público, ponen de manifiesto el grado de inseguridad que Argentina ha alcanzado en los últimos años. Si el fútbol es uno de los espectáculos más cotizados del mundo deportivo -escaparate que cualquier país trata de incorporar a sus campañas de imagen para proyectar lo mejor de sí al exterior, a través de campeonatos del mundo, copas continentales o finales como las disputadas por Boca y River-, los sucesos de este fin de semana en Buenos Aires solo han servido para trasladar a la opinión pública internacional la quiebra cívica de un país cuyos arrebatos futbolísticos no pueden ser la excusa de estos episodios de barbarie.

En vísperas de la reunión del G-20 en Buenos Aires, prevista para este viernes, Argentina ha de reflexionar sobre los límites de la sentimentalidad y las virtudes de la contención, tarea conjunta que han de acometer autoridades y sociedad. Sometidos durante décadas a un populismo que ha legitimado la algarada callejera como forma política, los argentinos han de asumir su responsabilidad en la construcción de una nación que exporte todo lo bueno que tiene, que es mucho, a un mundo globalizado, pendiente de finales como la de la Copa Libertadores.