Enric Mas
Enric Mas - EFE
Vuelta a España

El proceso de aprendizaje de Enric

Mas reconoce su error en la Rabassa, cede a Kruisjwijk su plaza en el podio y toma nota para su prometedor futuro

AndorraActualizado:

«Me he confiado». Enric Mas repetía esa frase, en español y en catalán. «Yo subía tranquilo. Cuando ha arrancado Yates, he esperado a que salieran a por él el Movistar o el Astana. Me he confiado demasiado», relató. No quiso lamentarse. «Queda un día tremendo. Es una etapa de montaña, pero es tan corta que me la tomaré como una contrarreloj», definió. «Ceder la tercera plaza y ser ahora cuarto no me va a quitar el sueño. Queda un día para atacar». Con 23 años y en su segunda vuelta grande, está en pleno proceso de aprendizaje. Pagó su exceso de confianza. Es un alumno adelantado. Ya ha tomado nota. Le quedan muchas vueltas para aplicar sus enseñanzas. Y un fallo así no tapa, ni de lejos, el brillo de sus muchos fogonazos. El dorsal que deslumbra.

Antes de que esta Vuelta hablara de las cualidades de Enric Mas ya lo hicieron Miguel Induráin y Alberto Contador, dos ganadores del Tour. Al mito navarro siempre le preguntaban por su hijo Miguel, que intentó ser ciclista. El campeón navarro solía desviar el foco en su respuesta para apuntar a otro joven, un mallorquín. Mas. También Contador, que tuvo al ciclista de Artá en la cantera de su Fundación, le eligió como el mejor de su camada. Incluso le puso una etiqueta tan preciada como pesada, la de ser su heredero. Pero no hace falta ser un vencedor del Tour para notar el talento emergente de Enric Mas. Desde que entró, de crío, en el Centro de Tecnificación de Mallorca, tuvo luz propia.

Nació en 1995, con el último Tour de Induráin. Su época, por tanto, fue la de Contador, la que le pilló como aspirante a ciclista. Se fijó en el madrileño. La isla balear no le bastaba, no había la suficiente competencia. Así que empezó a dar los saltos que todavía hoy continúan dando. Primero, como cadete, se fue con unos colegas a correr en el AEL valenciano. De juvenil, al Castillo de Onda, en Castellón. En esa categoría le detectaron los técnicos de la Fundación Contador, con la que conoció la categoría sub’23. En su debut fue el mejor joven en la Vuelta al Bidasoa. Buen espejo. Un año después casi ganó esa carrera: le faltó un segundo para batir al colombiano Steven Calderón. La figura de Mas, tan parecida a la de Contador, se hacía hueco.

El Klein Constantia, filial del Quick Step, le ofreció el mejor calendario sub’23 del mundo. Cogió ese camino en 2016. Y logró su primera victoria profesional en su segunda carrera en la categoría, el Tour del Alentejo. En la etapa inicial acabó incrustado en la luna trasera de un coche. En la última subió al podio como vencedor. También se impuso en el Tour de Savoya, por delante de Tao Geoghegen, promesa hoy del Sky. Estaba claro. La lámpara de Mas brillaba cada vez con mayor intensidad. Dentro pedaleaba un genio. El Quick Step, que entonces se llamaba Etixx, le hizo hueco e la primera plantilla en 2017, junto a Boonen, Alaphilippe, Terpstra, Gilbert...

Ya estaba en el gran escaparate del World Tour. Se dejó ver en la Vuelta al País Vasco. Destello en el Vivero. Y ya en agosto le peleó la Vuelta a Burgos a Mikel Landa, que venía de rozar el podio del Tour. Mas acabó segundo tras el alavés. Unas semanas después debutó en la Vuelta. Se fugó en la sexta etapa y, en la penúltima, buscó un hueco en la historia del Angliru. Cuando esa tarde le atrapó el madrileño, Mas se puso a su servicio. Tiró de él, en una especie de homenaje al maestro, a su inspiración. Contador ganó allí, en el coloso asturiano, su última carrera. Un día más tarde se jubiló. Esa etapa es testigo del relevo. De Contador a Mas,cuarto en esta Vuelta y con una etapa más por delante para mostrar lo rápido que aprende de los errores juveniles.