Emilio Gutiérrez Caba pertenece a una de nuestras grandes sagas escénicas
Emilio Gutiérrez Caba pertenece a una de nuestras grandes sagas escénicas - ÓSCAR DEL POZO
TEATRO

Emilio Gutiérrez Caba: «Al dirigir se pasan menos nervios que al actuar»

Uno de nuestros actores más populares, queridos y respetados ultima un libro sobre la historia de su familia en el teatro y se prepara para afrontar su segunda cita como director de escena

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Si hubiera que remontarse al principio de todo, el viaje a la semilla de la vocación artística de Emilio Gutiérrez Caba (Valladolid, 1942) nos llevaría a mediados del siglo XIX cuando Pascual Alba Loring, un linotipista de Castellón, se decidió a hacer teatro con especial dedicación al género chico. Y no le fue mal, pues, caso curioso, intervino junto a sus dos hijas, Leocadia e Irene Alba, en el estreno de La verbena de la Paloma en 1894. La saga continuó y sus ramas se entrecruzaron con las de otras familias teatrales. El caso es que don Pascual fue abuelo de las actrices Julia e Irene Caba Alba, bisabuelo de los actores Irene, Julia y Emilio Gutiérrez Caba, tatarabuelo del productor cinematográfico José Luis Escolar y trastatarabuelo –creo que se dice así– de la actriz Irene Escolar. Suma y sigue.

Pocos días después de esta conversación, Emilio Gutiérrez Caba, uno de nuestros actores más populares, queridos y respetados, se sometía a una intervención en la cadera izquierda para que le insertaran una prótesis. Un paréntesis que le habrá servido para avanzar en el proyecto de escribir la historia de su familia. Más de cuarenta años lleva en él, andándose por esas frondosas ramas, escrutando rastros en bibliotecas y hemerotecas para ordenarlo todo en un libro que ya lleva muy avanzado. «Empecé –cuenta– allá por 1975, cuando rodaba en Barcelona la serie televisiva La saga de los Rius. Tenía una vaga de lo que había hecho mi familia y me pregunté de dónde venía la historia; así comencé a investigar, al principio muy desordenadamente, y luego de manera metódica hasta nutrir una base de datos por años, con obras, autores, repartos y fechas de estreno de las obras en las que trabajó algún miembro de la familia… Llevo tiempo aprovechando las giras para acudir a las bibliotecas y hemerotecas de las localidades en la que he ido actuando. El primer dato comprobado se remonta a 1869, cuando mi bisabuelo actuó en el Teatro San Fernando de Sevilla con la compañía Mata-Lirón. Llevo el libro por los años 30, ya he ‘matado’ a mis abuelos».

Con estos antecedentes no le debió quedar otra que ser actor.

No crea, porque llegué a estudiar dos años de Historia y a trabajar como técnico de revelado a color en un laboratorio de cine. Y fíjese, revelé películas en las que trabajaban actores que luego han sido mis compañeros.

¿De verdad no se planteó de entrada la interpretación como forma de ganarse la vida?

La realidad del teatro que yo vivía en casa no me resultaba muy estimulante. Mi madre, Irene Caba Alba, era quien más dinero ingresaba. Mi padre, mi madre y mi hermana Julia estaban en la compañía del Infanta Isabel, cuyo empresario, Arturo Serrano, era un lince para lo escénico pero muy mezquino en el trato humano. Cuando mi madre murió en 1957, al dolor se unió un gran problema económico familiar. Mi padre me dio dos opciones: estudiar el bachillerato de Ciencias, porque al de Letras no le veía muchas salidas, o ponerme a trabajar. Elegí trabajar, y así entré en el laboratorio. Un año y medio después, Julia empezó a ganar más dinero como actriz y me dijo que volviera a estudiar que ella me lo pagaba. Y regresé al instituto donde, curiosamente, me encontré con el teatro y entendí que era lo que quería hacer.

¿Cómo ocurrió?

Iba al Instituto de San Isidro, que en los años 60 era muy peculiar. Puede decirse que, de alguna manera y a través de profesores maravillosos, mantuvo vivo el rigor y el entusiasmo pedagógico de la época de la República. Allí estaba un hombre admirable, Antonio Ayora, que había trabajado en el teatro del Arte con Cipriano Rivas Cherif y luego en la denominada Guerrilla de Teatro del Ejército del Centro. Tras unos años en el penal de Burgos, estudió Magisterio y se hizo profesor de Literatura. En el San Isidro montó un Aula Teatral en la que se hacían tres o cuatro obras al año, algunas de aquel repertorio republicano, como la Numancia de Cervantes, pero también El caballero de Olmedo, Arsénico y encaje antiguo, entremeses cervantinos y alguna pieza de los Quintero. Allí coincidimos Manuel Galiana, José Carabias, el luego empresario teatral Manuel Collado, Esperanza Alonso… Ayora fue un referente para todos nosotros, que además de actuar teníamos que hacer de tramoyistas.

¿Y decidió dedicarse al teatro?

La verdad es que pude haberme abierto camino en la profesión por otros caminos, pero fue Ayora quien me enseñó que había otro tipo de teatro del que se hacía en el Infanta Isabel, que era más frívolo, por decirlo de alguna forma. Ayora cambió mi perspectiva del teatro. En cualquier caso, antes de tomar una decisión definitiva, hice el servicio militar, que entonces marcaba un antes y un después en la vida de los jóvenes. Estaba haciendo la mili, cuando Ángel Fernández Montesinos me llamó para hacer Peter Pan y así empezó formalmente mi carrera.

Así que pasó del fusil del servicio militar a los vuelos de Peter Pan.

Sí, me divirtió hacer ese personaje. En aquella función estaban también Pepe Morales, el hermano de Gracita, Tina Sainz, Paco Valladares, María José Alfonso…

Menudo reparto

Sí, es que aquello formaba parte de algo muy interesante, el Teatro Nacional de Juventudes Los títeres, una iniciativa dependiente de la Sección Femenina y con sede en el María Guerrero; la llevaba una señora llamada Lula de Lara. Se hacía un teatro familiar los domingos, con obras del relieve de La cabeza del dragón de Valle-Inclán, La feria del come y calla de Alfredo Mañas, El principito de Saint-Exupéry... Yo estaba a caballo entre eso y el servicio militar.

¿Y luego?

Pues fui haciendo también cine y televisión. En cine, Tengo 17 años (1964), La caza (1965), La llamada (1965), Nueve cartas a Berta (1966), Los guardiamarinas (1966)... Y en 1968 formé compañía de teatro con María José Goyanes; nuestra primera obra fue Un matrimonio muy... muy… muy feliz, de Alfonso Paso.

El actor, durante la entrevista
El actor, durante la entrevista- ÓSCAR DEL POZO

¿Qué tal les fue?

Nuestro primer gran éxito fue en 1970 con Olvida los tambores, la primera obra de Ana Diosdado. La hacíamos Maria José Alfonso, Pastor Serrador, Juan Diego, Jaime Blanch, Mercedes Sampietro y yo, y dirigía Ramón Ballesteros. Tuvimos unos inicios regulares, la estrenamos en Zamora y al principio fue mal, porque no nos conocía nadie aparte de haber salido algo por televisión. Pero los siguientes días iba mejorando la cosa. Si en Valladolid, por poner un ejemplo, hacíamos el primer día 25.000 pesetas de taquilla, que era muy poco, el segundo llegamos a 50.000 y el tercero a 75.000, veíamos que el boca a boca funcionaba. Y eso nos animaba. Pero llegamos a Bilbao, en plena Semana Grande, y como hacía un tiempo estupendo, todo el mundo estaba en la playa con pocas ganas de ir al teatro: A eso se sumó una catástrofe ferroviaria por la que se decretaron tres día de luto en Vizcaya. Así que nadie fue a vernos. Llegamos a Madrid pelados. Trabajábamos en cooperativa, Juan Diego llevaba la parte de disciplina interna de la compañía y yo la parte económica. Estábamos en números rojos.

Pero en Madrid tuvieron un éxito tremendo.

Lo recuerdo con mucho cariño. Enrique Diosdado, o sea, el padre de Ana, la autora, era el empresario del antiguo Valle Inclán, un teatro de cuatrocientas butacas que estaba en la Torre de Madrid. Nos recibió en su despacho a Juan Diego y a mí: «Bueno, machos, esta obra la vais a tener que empezar dando ya vales del 50 por 100. Porque en provincias no os ha ido muy bien». «Lo que ha pasado en provincias –le dije– es que la comedia ha gustado, pero por las circunstancias de Bilbao allí no ha funcionado; en todos los demás sitios, al segundo día ha ido muchísimo mejor que el primero. Y eso es una prueba de que funciona». «Bueno, vales al cincuenta o nada», nos conminó. Nos miramos Juan y yo un momento y dijimos los dos: «De eso nada, que la gente pague el cien por cien desde el primer día o si no no hay acuerdo». Y estuvimos toda la temporada desde septiembre hasta mayo del año siguiente al cien por cien. Coincidieron una serie de factores: un clima generacional, un reparto de gente que ya apuntaba maneras, una obra estupenda de una autora que empezaba… En aquel momento se nos apoyó mucho desde los medios, sobre todo por parte de ABC, que publicó una muy buena crítica y un artículo de José María Pemán alabando la obra. Todo sirvió para que aquello interesara al público, hasta el punto de que en el mes de marzo nos contratan para ir a Buenos Aires. Y entre unas cosas y otras, estuvimos dos años con la obra.

Después de tanto tiempo sobre los escenarios, algún papel recordará con especial cariño.

Hay varios, el Tristán de La verdad sospechosa, de Ruiz de Alarcón, es un personaje que me divirtió mucho. Nos dirigió Pilar Miró, que con ese trabajo se afianzó como directora teatral. También recuerdo con agrado el don Diego de El sí de las niñas, de Moratín, porque lo pasé muy bien con esa obra, en la que trabajé con Lola Cardona, que era una compañera extraordinaria, maravillosa. Y un tercer papel: el Arthur Kipps de La mujer de negro, de Susan Hill y Stephen Mallatratt, que hice dos veces con Jorge de Juan y luego con Iván Massagué.

¿Cuáles le hubiera gustado hacer y no ha hecho?

En su momento, Lorenzaccio de Musset y Coriolano de Shakespeare.

¿Algún compañero le ha dejado con la boca abierta?

Muchos, porque he trabajado con actores buenísimos, con los más grandes, no creo que me haya faltado ninguno, afortunadamente para mí. José Bódalo, por ejemplo, era formidable actuando, tenía un control magistral de la situación, tanto en teatro como en televisión, y lo hacía tan bien, tan sincero y tan espontáneo a la vez... era fantástico. Sigo: Fernando Fernán Gómez era una personalidad extraordinaria. Y estaban Alberto Closas, imbatible en la comedia, devastador con las señoras, y Rodero, otro maravilloso actor. Y Luis Prendes, Carlos Lemos, Guillermo Marín, al que conocí ya bastante mayor, pero con una categoría tremenda. He tenido la suerte de trabajar con actores muy fascinantes.

¿Qué me dice del director de escena que interpreta en Después del ensayo, de Ingmar Bergman?

A finales de este mes, volvemos con el montaje en Torrent (Valencia) y luego proseguimos una gira ahora en suspenso por mi operación de cadera. Mi personaje es complejo y muy interesante. Estoy totalmente de acuerdo con Bergman cuando se refiere al teatro y habla de cosas que vivimos quienes nos dedicamos a este oficio, pero luego creo que exagera al poner en boca de mi personaje que cuando ensaya es como si estuviera en un quirófano, concentradísimo. Es un texto muy hermoso, pero no solo en esa parte teatral, también en lo que se refiere a las relaciones humanas. Me gusta mucho que sostenga que hay que ser infantil para hacer teatro, que es bueno tener la ilusión de los niños.

Una curiosidad, usted es un personaje popular, pero de cuya vida privada se sabe poco. Yo no sé si tiene pareja o no, y no digo que me importe.

(Risas) Sí, tengo pareja, pero ni tengo un celo especial por preservar mi vida privada a capa y espada ni me afano por exhibirla. La verdad es que no me preocupa demasiado. Como ya soy mayor, ese asunto no debe interesar. En 1974, me casé en Londres y entonces me hicieron un reportaje en «Diez minutos». Y punto. Pero desde luego no soy como Ada Colau, que fue a contar su vida en «Sálvame de Luxe» (más risas).

Creo que tiene entre manos un proyecto de dirección.

Si, he hecho la dramaturgia y voy a dirigir La cueva de Salamanca de Ruiz de Alarcón, que se estrenará en abril en el Teatro Juan del Enzina de Salamanca. La Universidad de la ciudad cumple ochocientos años y el proyecto está vinculado a las celebraciones del octavo centenario. Luego estará diez días en Madrid, en el Teatro de la Comedia y después irá a los festivales de Cáceres y Almagro.

¿Cómo se ven las cosas desde el sillón de director?

Se ve que todo es más complejo, aunque se pasan muchos menos nervios que sobre el escenario. El año pasado también hice la dramaturgia y dirigí Escrito en las estrellas, un espectáculo basado en El amante liberal de Cervantes, y me di cuenta que como director se está más solo que como intérprete. Hay que tomar decisiones, a veces duras, y si algo no funciona es necesario saber decir a la gente que se ponga las pilas.

Hablando del trabajo del director, ¿a quiénes destacaría de los que le han dirigido a usted?

He tenido muy buenos directores y le voy a dar tres nombres: José Carlos Plaza, José Luis Gómez y Lluís Pasqual.