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Las franquicias toman la Campana

La plaza ya no es el centro del costumbrismo sevillano sino una sucesión de franquicias, como nuevo signo de la sempiterna dualidad de la ciudad

Viandantes y autobuses en la Campana
Viandantes y autobuses en la Campana - Raúl Doblado

Ni los cantes de Tomás Pavón o de Pastora, en las tablas Niña de los Peines, marcados con los nudillos en el mostrador de la taberna de Pepe Pinto, cuñado del primero y marido de la segunda. Ni los cafés en el Riviera o las cervezas en el Tropical. Ni las tertulias en el Gran Café París, ese refugio modernista para intelectuales y poetas que doblaba la esquina de O’Donnell y se abría a la mejor arquitectura del regionalismo sevillano. Ni los ecos flamencos del Novedades, el café cantante al que iba Juan Ramón Jiménez mientas aprendía a pintar y a escribir sus primeros poemas, y que cerraba la plaza antes del ensanche que la abrió hacia la Encarnación a través de Martín Villa y Laraña. La Campana ya no es el centro del costumbrismo sevillano, el lugar donde se daban cita los olores, los sabores y los sonidos más propios de una ciudad que debería revisar su catálogo costumbrista para adecuarlo a la realidad. Porque la taberna del Pinto, el Novedades o el Gran Café París no forman parte del costumbrismo, sino del pasado, de la arqueología o simplemente de la historia.

Esto se puede comprobar una mañana cualquiera, cuando los relojes dan esa hora que los sevillanos anclados a la tradición del desayuno convierten en un rito. Los bares del entorno se llenan de tostadas con aceite, de medias con jamón, de cafés con nombres barrocos, casi imposibles: descafeinado de máquina en taza pequeña con leche desnatada fría y sacarina, por favor, y media pasadita de la parte de abajo, de mollete, con poco aceite, tomate en rodajas y jamón york cortado muy fino. A esa hora, un grupo de jóvenes hace cola en la Campana. No acuden al café que diseñara Aníbal González y que forma parte de la memoria en sepia que habita en los recuadros añejos de las fotos antiguas. Esperan pacientemente que abra una de las dos hamburgueserías que remarcan, sin que nadie se lo haya propuesto de forma racional, una de las señas de identidad hispalenses: la eterna dualidad.

Incienso y ketchup

Habría que resucitar a Núñez de Herrera para que actualizara el magnífico capítulo de su Teoría y realidad de la Semana Santa. Ahora ya no se mezcla el incienso con el olor a vino y pescao frito en las tabernas. Ahora, cuando pasan las cofradías por el punto inicial de la carrera oficial, los acólitos turiferarios llenan el aire de un olor nostálgico y dulzón que se enhebra con el que sale de las freidoras y las planchas de esas dos hamburgueserías. Huele a incienso trufado con aromas de ketchup o de pollo frito. A café al americano modo, servido en enormes vasos de plástico. A montaditos que llegan al centenar en su variedad. Es la modernidad del momento pasada al terciopelo antiguo de los ritos barrocos, románticos y regionalistas. Y ahí, precisamente ahí, está la clave que define a la Sevilla del siglo XXI que se escapa a los más rancios y a sus teóricos contrincantes, los «modelnitos» que son el término complementario para que pueda existir la ecuación dual.

La Campana actual es una sucesión de franquicias que nos permiten comprar ropa de otoño en pleno verano, abrigarnos los pies con calcetines vanguardistas, tomar un helado que es exactamente igual que el que pueda tomarse un turista en cualquier ciudad europea, o arreglarnos la dentadura para morder las hamburguesas que se extienden por medio mundo. Podemos tentar a la suerte comprando lotería o cupones, algo que incide nuevamente en la dualidad cernudiana: la realidad de la tiesura y el deseo de ser millonario. Mientras sucede eso, si es que el pelotazo llega a pasar algún día, lo que pasa por la Campana es la vida cotidiana de los sevillanos que van o que vienen, de los turistas que aprovechan los veladores que se han instalado su zona peatonal para que no quede ni un metro cuadrado del casco antiguo sin mesas donde poder comerse el menú con papas fritas o donde saborear un café con el dulce que marca la regla del almanaque.

Lo que pasa por la Campana es la vida cotidiana de los sevillanos y turistas que van y vienen

Esto último queda reservado al único establecimiento que conserva el esplendor decimonónico de la plaza o ensanche, a elegir: la confitería que lleva el nombre del lugar y que marca la frontera con la universal calle de las Sierpes. En el escaparate de esa confitería está el reflejo de lo que fue la Campana... y de la Sevilla que se fue. Enfrente, el escaparate vacío de una zapatería cuyo nombre engaña: no hay nada más sevillano que ese apellido. Los zapatos que perdimos. Zapatos que se despistan cuando pisan unas calles que recorren los ojos de la memoria buscando lugares que ya no existen, aunque el sevillano anclado al costumbrismo entendido como supervivencia de un pasado que se marchó crea que la Campana sigue siendo lo que fue.

Esos zapatos que nos traen desde la Puerta Jerez por la Avenida de los mimos y las flamencas que bailan sobre una tabla desembocan, tras cruzar la sierpe sinuosa de la calle más literaria de Sevilla, en el kiosco de prensa que marca la rosa de los vientos que pintaron a sus pies. Allí si bifurca el paseo. A la derecha, las setas que nos colaron como metáfora de la posmodernidad y como símbolo del derroche. A la izquierda, la calle Alfonso XII por la que entra el último sol del poniente, o la diagonal que va marcando la línea de las plazas escalonadas que se abren desde el lugar donde se sitúa el palquillo: la del Duque de la Victoria, dedicada a Espartero y presidida por el bronce que Susillo le sacó a Velázquez; la plaza de la Concordia, mal llamada de la Gavidia, con la comisaría y el antiguo templo de San Hermenegildo en estado de sevillanísima espera; y la Gavidia propiamente dicha, con la estatua —otra vez Susillo— de un sevillano valiente y cabal: Daoíz en los manuales y Daoiz en el habla popular. Si al llegar desde Sierpes seguimos hacia delante nos toparemos con el otro icono de esta Sevilla que quiere encontrarse a sí misma después de haberse perdido por culpa de la piqueta: la Alameda de Hércules, ese delicioso bulevar que cayó en manos de la ruina antes de convertirse en un paseo marítimo de segunda B.

Examen arquitectónico

A pesar de encontrarse en ese cruce de caminos que son como los borgesianos senderos que se bifurcan, la Campana no pasaría el examen arquitectónico que debería superar, con sobresaliente, un lugar tan emblemático de una ciudad monumental como Sevilla. Algunas pinceladas regionalistas naufragan en una marea de edificios que no son antiguos ni modernos, sino simplemente infumables. ¿Qué fue de la clásica Farmacia Central, con ese encanto que rebosaba la fachada y que se contenía en los botes de porcelana con nombres exóticos de botica antigua? Se marchitó como el cercano bar Flor. En el solar que sucedió al derribo creció un mamotreto que podría estar en cualquier ciudad. Y ése es el rasgo definitivo que define la Campana.

Algunos nos empeñamos, contra viento y marea, en definir a Sevilla como una mezcla de ensoñación y de realidad que puede ser de todo... menos una ciudad cualquiera. Es triste reconocer, ante los veladores y las franquicias, ante los edificios desleídos que perfilan las múltiples salidas de sus bocacalles, que nos encontramos ante un paisaje repetido y provinciano, gris y mediocre. Hay excepciones lustrosas e ilustres, pero uno se pregunta en voz baja si son capaces de salvar la Campana

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