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Crítica de Borg McEnroe. La película: «Lección deportiva y cinematográfica»

«Hielo y fuego, escrutados por la cámara, nos dejan una gran película deportiva, género en el que escasean las obras maestras»

Crítica de Borg McEnroe. La película
Crítica de Borg McEnroe. La película
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La gran lección de esta película es que descarta el odio como combustible para poner en marcha la admiración. No hace falta ser «anti», sentimiento cada vez más presente en los medios, en las redes (aún no hablamos de tenis) y en la calle. Ya no es posible escribir a favor de Nadal sin recibir respuestas airadas de los fans de Federer. No digamos en deportes menos nobles. Björn Borg y John McEnroe eran dos ídolos aún más opuestos, pero supieron pasar del respeto a la admiración y convertirla después en amistad.

A un nivel más superficial, pero quizá más difícil, resulta sobresaliente la elección y el trabajo posterior de los actores. Han tenido que pasar cientos de horas imitando gestos, miradas y posturas, incluso en el caso de Borg, cuyo catálogo era más limitado. Sverrir Gudnason contaba con la ventaja de su gran parecido físico, pero Shia LaBeouf, que luchaba contra su propia fama y la del personaje, escapa de la caricatura para lograr un trabajo preciso hasta en la forma de retorcer el cuerpo para sacar. No menos llamativa es la reconstrucción de los puntos, cuando parecía una locura intentarlo siquiera. Alguna vez se percibe que están cuarteados y que la pelota no fluye con perfecta naturalidad, pero el resultado es brillante y a menudo sorprendente.

La gran duda que plantea la cinta, que también hace un uso ejemplar de la música, es hasta qué punto enganchará a los no aficionados al tenis, porque a los adeptos se les hará corta. Algunos nos habríamos tragado con gusto la final entera de Wimbledon de 1980, eje de la trama y para muchos el mejor partido de la historia. Otros, claro, acabarán más hartos de la hierba que Guillermo Vilas. La sobredosis de tenis, no obstante, apenas repara en la mitología de la época, salvo para mostrar la fiesta perpetua en que vivía Gerulaitis. Lo bueno de la historia es que su alcance supera los límites de la pista. Los personajes, sobre todo la del sueco, están moldeadas con pericia y materiales nuevos.

Hay, en resumen, varias formas de llegar a la cima y muchas más de contarlo. La que eligen Janus Metz y su guionista, Ronnie Sandahl, es elegante e instructiva porque no se quedan en la superficie. «Big Mac» era mucho más que un histérico protestón y bajo el hielo sueco de Borg ardía un fuego similar, domado por un entrenador (Stellan Skarsgard) que parece el tío Toni Nadal. Hielo y fuego, escrutados por la cámara, nos dejan una gran película deportiva, género en el que escasean las obras maestras.