LA TRIBU

La peste

Si el sevillano tuviera que soportar hoy la «higiene» de hace cincuenta años, o se iba de aquí o se moría de asco

Antonio García Barbeito
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En una entrevista, decía aquí el otro día el catedrático Juan Ignacio Carmona que un sevillano del siglo XXI no podría soportar los olores —la peste— de la Sevilla del siglo XVI. Largo tira, el brillante catedrático. Yo voy mucho más cerca, yo no salgo de la segunda mitad del siglo XX. Si el sevillano, sobre todo de pueblo, tuviera que soportar hoy la «higiene» de hace cincuenta años, o se iba de aquí o se moría de asco. Me ciño a mis dos pueblos más cercanos, Aznalcázar y Gines. Si hablo de las condiciones «higiénicas» del primero, desde finales de los cincuenta a finales de los setenta podía saberse en qué casa había vacas, qué corral albergaba cabras, ovejas o zahúrdas con cochinos embarrados y malolientes, como cocodrilos al acecho en el Serengeti. Ah, y lo que digo de estos pueblos, lo digo de la Sevilla arrabalera, la Sevilla que abraza al casco histórico. Los olores, y las calles, de algunos barrios daban asco.

He dicho casas. Y ahora digo calles: en la que no había un montón de estiércol, había, si llovía, un barrial espantoso, y si era verano, polvo que levantaba el viento o cualquier vehículo o animal que pasara. No sabía uno qué era lo peor, si la lluvia o el verano. Bestias en la calle, amarradas a una reja; carros que habían servido para acarrear yerba o estiércol; y en todas las calles, incluyendo la vía principal, la carretera, un reguero de cagajones y de excrementos de vacas, cagarrutas y, en fin, las sobras animales. Y en las calles, las cunetas, ríos de aguas residuales y aun de orinas. Y dejamos la calle y entramos en los casinos: olor a café, sí, pero defendiéndose de veinte olores pestilentes, tabaco, aire viciado, cercanía del urinario, escasa higiene del personal… Y casi así, Gines. En Gines conocí una calle muy frecuentada por mí que, cuando llovía, había que pasarla con habilidad de funambulista por sus estrechísimas aceras. La cuesta del Tronío, terriza y con vacas pasando por la tarde; la Plaza de la Iglesia, terriza en su parte alta, y de cuando en cuando, un corral de cabras, una vaquería, un medio almacén de aceitunas… Vivíamos dentro de aquellos olores, estábamos hechos a ellos y no los considerábamos peste. Había muchachas que vivían en calles terrizas que en los festivos iban a vestirse a la casa de un familiar o de una amiga, y esas mismas muchachas, hoy mujer mayor, no soportaría aquella vida de retrete —si lo había— en el corral, baño —de higos a brevas— en una caldera y de manopla que, como podía, aseaba axilas, cuello, muslos, verijas… Para un chaval de hoy, y aun para los que lo vivimos, volver a aquellos años sería vivir La Peste.

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