Catálogo de repelucos

¿Y esas dos hermanas de la Cruz que a prima hora de la mañana vuelven al convento tras pasar la noche cuidando a un enfermo?

Antonio Burgos
SEVILLAActualizado:

GRACIAS a Dios, que vive en San Lorenzo, tengo lectores muy madrugadores. A las 7 de la mañana deben de estar ya leyendo el ABC, porque antes de las 8 algunos me suelen poner mensajes que me confortan, al saber que de algo han servido las cuatro pamplinas del día. Los que escribimos en los periódicos tenemos siempre el complejo del náufrago que envía cartas en una botella que arroja a la mar con la esperanza de que alguien pueda leerlas. Uno de los habituales agradables lectores madrugadores que me conceden el honor del comentario sobre la marcha es don Juan Manuel Albendea Pabón, antiguo diputado por Sevilla del PP, antiguo director regional del Banco de Bilbao y actual magnífico aficionado y crítico taurino con el pseudónimo de «Gonzalo Argote». Leyendo mi pamplina de ayer, me dice muy temprano, a una hora casi militar de diana: «Lo que sí está declarado Patrimonio Inmaterial es la Tauromaquia por una ley de 13 de noviembre de 2013, de la que tuve el honor de ser ponente en el Congreso de los Diputados». Y con guasa marca de la casa, pero echando las manos abajo de sevillanía, le respondo a mi muy querido Albendea: «Y por los sevillanos está declarada Patrimonio Emocional la Banda de Tejera».

Dejaba ayer una relación de bienes materiales o inmateriales que forman parte del Patrimonio Emocional de los Sevillanos. Son como pozo sin fondo. Hablando de la Banda Tejera, forma parte del Catálogo de Repelucos de nuestro Patrimonio Emocional, evidentemente, ese platillazo que suena al mismo tiempo que el cerrojo de la puerta de cuadrillas cuando empieza una tarde de toros en El Arenal. ¿Pero dónde me dejan «Suspiros de España»? Aún sentimos el repeluco de ver el palio de la Esperanza Macarena saliendo de la Plaza de España a los sones de «Suspiros de España» en la procesión extraordinaria del aniversario de su coronación. En la que evocamos aquella saeta-riña que entonces le echó Marta Serrano, letra que forma también parte del catálogo de emociones. Como, bajando de lo sublime a lo más humano, es patrimonio emocional puro, vamos, de lagrimones, ese olor a adobo cuando se pasa por la esquina de Blanco Cerrillo en la calle Velázquez. Y más si se va de nazareno. Un amigo que sale en la Quinta Angustia, compañero de concursos de aceite de oliva para la tostada mañanera, me confesó:

-No veas el hambre que te entra cuando vas de nazareno, la cofradía tiene un parón antes de entrar en La Campana y a tu tramo le toca quedarse precisamente en la esquina del adobo de Blanco Cerrillo...

¿Y ese aceite de oliva? ¿Habrá algo más del patrimonio emocional del sevillano que encontrar su favorita tostá con aceite en el desayuno en la calle que tanto nos gusta? ¿Y la ensaladilla rusa? Doctores tiene su Observatorio ODER, pero forma parte del patrimonio emocional de Sevilla. Con decir que hay sobre ella hasta fías y porfías, como las que decía Montoto que nunca se deben entablar con las cofradías.

¿Y un entierro en La Caridad, no es parte consustancial de nuestro patrimonio emocional? ¿Y escuchar el repique de la Giralda, o su diario toque mañanero llamando a la misa capitular? ¿Y esas dos hermanas de la Cruz que a prima hora de la mañana vuelven al convento tras pasar la noche cuidando a un enfermo? ¿Y el «Ave María Purísima» del torno del convento de San Leandro cuando vas a comprar yemas? ¿Y las primeras banderas que le ponen al puente cuando empiezan a preparar la Velá? ¿Y las plumas de ese primer armao que te encuentras por la Plaza de los Carros el Jueves Santo a las 5 de la tarde, que va a casa de su abuela, impedida, para que lo vea vestido con el penitencial atuendo de romano de la Centuria, como fue su abuelo? ¿Y ese niño que por vez primera va con su padre a sacar la papeleta de sitio en la hermandad? ¿Y esa niña a la que su abuela le está pagando las clases para que aprenda a bailar sevillanas? Ay, cuánta Sevilla queda en Sevilla, sin que valoremos que en este catálogo de emociones y repelucos está la verdadera grandeza de la ciudad...

Antonio BurgosAntonio BurgosArticulista de OpiniónAntonio Burgos