«Tip y Coll» durante su actuación en el nuevo programa de TVE «Todo es posible en domingo» en 1974
«Tip y Coll» durante su actuación en el nuevo programa de TVE «Todo es posible en domingo» en 1974 - EFE
Tribuna abierta de Mario Coll

Tip y Coll, 25 años de humor

«Fueron un símbolo de convivencia en plena y difícil Transición política española, por la sencilla razón de que usaron las palabras, retorcieron las palabras, provocando así la mejor comunicación posible entre los seres humanos:la que les hace reír»

ESCRITOR Y PSICOANALISTAActualizado:

Siempre es agradable ver que se acuerdan del padre de uno sin tirar de la cadena después. Así que, sinceramente, es de agradecer que en distintos medios, entre ellos ABC, se hayan acordado del 50 aniversario del debut profesional de Tip y Coll. Por casualidades de la vida, José Luis era mi padre; nunca los dos, quiero decir, Tip y Coll, como a veces me han llegado a preguntar en algún medio y que, como es bien sabido, es algo práctica y genéticamente imposible.

Allá por el otoño de 1967, en el hotel Aránzazu de Bilbao, se estrenaron como dúo humorístico dos amigos de tapas y chateos por los bares de soportales en el Madrid de los Austrias. Eran tiempos difíciles. Ambos aguardaban agazapados en Radio Nacional a saltar sobre la pieza de caza que saliese y les permitiera comer. Mi padre escribía o representaba guiones para dicha Radio y Tip ya era conocido en el mundo radiofónico por haber hecho pareja con Top (humorística, se entiende). Eran los años en que se había transitado de la cartilla de racionamiento a la escasez de todo que venía a ser poco más o menos lo mismo; de las radios de galena que se conectaban al oído con un pequeño auricular –como ahora con los móviles– pero más rústico. Recuerdo que mi padre solía contar cómo mucho antes de conocer a Tip pegaba la oreja a la radio a la hora exacta para escuchar a Tip y Top en las frías noches conquenses.

Después vendrían los años compartidos en pensiones con escalones crujientes en las calles de Montera y Arenal, impregnadas con olor a repollo y cocido todos los días. Decía que era una época en que compartía todo, todo, con Tip menos el momento de hacer hijos, y que Tip en eso nunca colaboró con él. Y yo le creo.

Era un mundo en blanco y negro para muchos; por eso había una razón más para reír o reírse de todo comenzando por uno mismo. Así que se emparejaron y funcionó. De las salas de fiesta pasaron a la televisión y entraron en todos los hogares españoles a las horas de mayor audiencia, convirtiéndose en parte incuestionable del crecimiento de varias generaciones.

Tip, alto y esperpéntico, con salidas siempre imprevisibles, pero que arrastraban inevitablemente a la carcajada. Coll, llevando el contrapunto serio y aparentemente sensato, pero dando siempre una réplica en realidad tan absurda como la de su compañero-cómplice y ambos capaces de provocar las risas de los auditorios más difíciles.

Algunos intelectuales franceses, con André Breton a la cabeza, reflexionaron sobre la gracia surrealista. Como castellano-manchego que soy, pienso que algo tiene gracia o no la tiene, y no hay más, y Tip y Coll la tenían a raudales, usando el lenguaje como un gran tobogán en un parque acuático en el que en vez de agua había palabras.

Tampoco la grosería, la ironía ofensiva, la vulgaridad, la simpleza imitativa o la burla cruel eran parte de su ADN para ejercer su humor.

A veces me han preguntado cuál era el secreto de su química, el aceite con el que engrasaban la maquinaria siempre tan prolíficamente productiva. Creo que si había alguno se debía a cuatro factores fundamentales: uno era el hambre que habían compartido –que había sido mucha– y a la que lógicamente no querían volver, y eso une bastante; el segundo era el evidente talento natural que se realimentaba mutuamente y que es inútil tratar de comprender, y al que no hay que darle más vueltas; el tercer factor y no menos fundamental, el país que les tocó vivir y que, por lo que parece en ciertos aspectos absurdos, tampoco ha cambiado tanto, y el cuarto, no cabe duda, fue el apoyo incondicional –en el caso de Coll– de su mujer, que a la sazón y casualmente resultó ser mi madre. Difícilmente se sostienen ciertas trayectorias asediadas constantemente por múltiples peligros y trampas si no hay alguien que está a tu lado pase lo que pase.

Tip era un señor de derechas, pero de derechas derechas; tan de derechas que una vez le oí decir que con tal de no ladearse a la izquierda se mantenía siempre erguido no fuera a estropearse. Mi padre en cambio, es cosa sabida, tenía su simpatía por la izquierda moderada. Sin embargo aguantaron juntos profesionalmente más de 25 largos años, que se dice pronto; queriéndose e irritándose mutuamente, que es lo que pasa cuando se quiere la gente mucho, pero siempre haciendo las paces sinceramente.

Tip y Coll fueron un símbolo de convivencia en plena y difícil transición política española, por la sencilla razón de que usaron las palabras, retorcieron las palabras, estrujaron las palabras, jugaron hasta la extenuación con las palabras, provocando así la mejor comunicación posible entre los seres humanos: la que les hace reír.