Isabel San SebastiánSeguir

La España que soñamos hace 41 años Isabel San Sebastián

Hubo un espejismo de proyecto común y compartido, conocido como Transición, pero se quebró enseguida

El 20 de noviembre de 1975 yo tenía 16 años; una edad suficiente, por aquel entonces, para diferenciar con claridad una dictadura de una democracia. Residía en Milán, ciudad asiduamente golpeada por terroristas de extremos opuestos, y me costaba comprender que los italianos, bendecidos con un régimen de libertades que a nosotros se nos negaba, dedicaran tanto tiempo y tanto esfuerzo a convocar huelgas, manifestarse por las calles e incluso asesinar por causa de la política. Mi mente adolescente, idealista, consideraba esos comportamientos propios de gentes ingratas, inconscientes de su gran fortuna. Sin conocer en primera persona el significado del término «represión», vivía con vergüenza la que se sufría en mi país, objeto de crítica frecuente por parte de profesores y compañeros de clase. Para mí la palabra «libertad» evocaba un universo casi mágico, que reconciliaría, al fin, la patria que me habían enseñado a querer con una Nación de la cual poder sentirme orgullosa. Un sueño hecho realidad.

El día que murió Francisco Franco creí con todas mis fuerzas que España, esa España amada siempre desde la distancia y la nostalgia, evitaría caer en los errores de Italia y sabría apreciar el valor de ese regalo llamado pluralismo. Acertaría a cuidarlo, protegerlo, disfrutarlo y utilizarlo para construir un país mejor, ajeno a la violencia, libre de terrorismo, donde las discrepancias se resolvieran hablando y no a gritos.

Me equivocaba.

Han pasado cuarenta y un años desde ese 20-N-1975 y el sueño ha quedado hecho añicos. Hubo un espejismo de unidad, de proyecto común y compartido, conocido como Transición, pero se quebró enseguida. Antes de que nos diéramos cuenta de lo que estaba pasando, la nueva España, la España libre y democrática aceptada finalmente en el selecto club de la Europa libre, estaba resquebrajándose, veía renacer el odio cainita entre compatriotas y era socavada en sus cimientos institucionales por el infecto gusano de la corrupción, transmisor de rabia y desencanto, abono para la peor demagogia.

A medida que se limpiaban fachadas y construían autopistas con dinero procedente en gran medida de nuestros generosos socios, una parte considerable de la recién estrenada riqueza iba a parar al bolsillo de gestores carentes de escrúpulos, precursores del latrocinio sistémico que acabaría asemejándonos a la célebre «Tangentópoli» sufrida por los italianos. Un caldo de cultivo ideal para la aparición de partidos enemigos del sistema, enemigos de la libertad y enemigos de la democracia. O sea, émulos del franquismo adaptados a los nuevos tiempos. Están en auge. El Congreso de los Diputados, sede de la soberanía nacional usurpada por el dictador, alberga hoy un número creciente de soberanicidas de diverso pelaje empeñados en robar al pueblo lo que es suyo y parcelar esa propiedad indivisible en minúsculos reinos de taifas. Y suma y sigue.

El terrorismo, esa lacra de la que erróneamente creí poder escapar aquí, no solo ha dejado ríos de sangre impune, sino que ha logrado arrodillar al Estado de Derecho hasta arrancarle cesiones que pensamos imposibles y que jamás imaginaron, sospecho, quienes cayeron para evitarlas. Nada menos que la legalización de su tentáculo político sin mediar arrepentimiento, ni reparación ni justicia, hasta el extremo de ver a un alcalde de Pamplona representante de Bildu encabezar una manifestación convocada contra el fascismo. ¿Cabe mayor paradoja?

Esta no es la España que soñamos. No es la España que soñé yo. Tuvimos una oportunidad de oro y la desaprovechamos. Podríamos estar peor, desde luego, y lo estuvimos, pero pudimos y debimos luchar por estar mejor.

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