Dándole vueltas al molinillo de oraciones, una peregrina tibetana reza alrededor del Palacio de Potala, en Lhasa
Dándole vueltas al molinillo de oraciones, una peregrina tibetana reza alrededor del Palacio de Potala, en Lhasa - Pablo M. Díez

Tíbet, una región entre la colonización y el progreso

Frente a las denuncias por la represión de la religión y cultura tibetanas, el autoritario régimen de Pekín esgrime su desarrollo económico

Enviado especial a LhasaActualizado:

Una jungla de grúas sobresale entre los tejados de la vieja ciudad sagrada de Lhasa, la capital del Tíbet. Su casco urbano, un laberinto de casitas de ladrillo blanco con portones y ventanas de madera, se ha extendido hasta los modernos edificios de varias plantas que se construyen a las afueras. De los tres millones de habitantes que tiene esta vasta región, donde el 92 por ciento son tibetanos y de otras minorías muy pequeñas y el resto de la etnia Han mayoritaria en China, un tercio vive ya en Lhasa. De ese millón largo de habitantes, solo la mitad (580.000) son residentes permanentes. El resto, en su mayoría chinos Han venidos de otras provincias, se queda únicamente en la ciudad por motivos de trabajo durante los benignos meses de la primavera y el verano.

Para el futuro, las autoridades esperan que la población permanente supere el millón de habitantes en Lhasa. Pero no todos los que vengan serán chinos Han. Como ocurre cada vez con más frecuencia, también habrá jóvenes tibetanos que abandonan sus labores tradicionales en el campo para instalarse en la ciudad.

«Dedicarse a la ganadería o la agricultura es muy duro. Es mejor vivir en Lhasa para ganar más dinero», explica a ABC Suolang Quzhen, una muchacha de 16 años de Danxiung, cerca del Lago Namtso, que estudia en la Escuela de Formación Profesional de la capital tibetana. Hija menor de una familia de ganaderos, que tiene 108 yaks y 90 ovejas, ha seguido el mismo ejemplo que tres de sus cinco hermanos y prefiere estudiar a trabajar en el campo. «Mi hermano mayor dejó el colegio y volvió con mis padres, pero yo quiero buscar empleo en un centro logístico en Lhasa», señala la joven, que está en el primero de los tres años que dura el curso de Transportes y Empaquetado.

Como ella, en este centro estudian gratis 1.800 jóvenes tibetanos que representan a una nueva generación: la beneficiada por el crecimiento económico chino. «No suelo rezar porque estoy muy ocupada trabajando», dice rompiendo con la imagen habitual de los tibetanos, uno de los pueblos más devotos del mundo. Así lo demuestran los miles y miles de fieles que, agitando sus molinillos de oraciones, dan vueltas rezando alrededor del Palacio de Potala, antigua residencia del Dalái Lama, y del Templo de Jokhang.

Empleo

Frente a ellos, la mayoría de avanzada edad, los jóvenes tibetanos se muestran más interesados en lo humano que en lo divino. «Gracias al desarrollo de la ciudad, es fácil encontrar trabajo en Lhasa tras pasar por la Escuela de Formación Profesional», asegura Norbu Tashi, director de Empleo. De los 720 alumnos que se graduarán el próximo año, 500 hacen ya prácticas remuneradas y cobran entre 1.000 y 2.000 yuanes (entre 140 y 280 euros), dependiendo del trabajo. Según detalla Norbu Tashi, los estudios más demandados son contabilidad, enfermería y electricidad, mientras que los sectores con mejor futuro son el turismo, la hostelería y la restauración.

Antes, el Tíbet recibía un millón de visitantes. El año pasado, alcanzó los 15 millones. Muchos de ellos llegaron en el tren que comunica Pekín con Lhasa desde 2006, la línea ferroviaria más alta del mundo al cruzar montañas que superan los 5.000 metros. La mayoría de dichos turistas fueron nacionales por las restricciones a los extranjeros. Debido a los suicidios a lo bonzo de monjes budistas para protestar contra China, que se han cobrado 138 vidas desde 2009, el autoritario régimen de Pekín cierra con frecuencia el Tíbet a los viajeros extranjeros, que necesitan un permiso especial además de su visado y no pueden visitar numerosas zonas «sensibles». Aunque los periodistas y diplomáticos tienen prohibido entrar en el Tíbet, este corresponsal ha podido visitarlo en un viaje organizado por el Ministerio de Exteriores chino para un reducido grupo de medios internacionales.

«No estamos cerrados al mundo y esperamos que venga más gente», invita el vicepresidente ejecutivo del Tíbet, Deng Xiaogang, quien insiste en que «la tarea del Gobierno chino es mejorar la vida del pueblo». Para ello, esgrime que «hemos sacado a 400.000 personas de la pobreza y otras 300.000 saldrán de ella en el próximo Plan Quinquenal».

Las reservas de agua más ricas de China

Según los datos oficiales, el Producto Interior Bruto (PIB) del Tíbet ha pasado de 174 millones de yuanes (24,5 millones de euros) en 1951, cuando era una teocracia feudal dirigida por el Dalái Lama, a los 92.083 millones de yuanes (12.974 millones de euros) del año pasado. Por su parte, el PIB per cápita ha saltado de 142 a 29.252 yuanes (de 20 a 4.122 euros). Hasta el tercer trimestre, el Tíbet es la provincia china que más ha crecido este año (9,3 por ciento).

Con las reservas de agua más ricas de China y 102 minerales, esta vasta región del Himalaya se extiende por 1,2 millones de kilómetros cuadrados y ocupa una octava parte del territorio nacional. Además de por sus recursos naturales, es de vital importancia geoestratégica para Pekín por sus fronteras con la India y Birmania.

A pesar del progreso que ha traído la modernización china, muchos tibetanos lo ven como una colonización por la represión del régimen sobre su religión y cultura, que tiene su máximo exponente en el Dalái Lama. Exiliado en la India desde la fallida revuelta de 1959, ha sido demonizado como un terrorista separatista por Pekín hasta el punto de prohibir su retrato. «Hay tibetanos que se benefician del crecimiento chino, pero yo quiero la independencia porque el Gobierno utiliza la religión con fines políticos», denuncia un joven que oculta su nombre por miedo. Con pros y contras, el Tíbet se debate entre la colonización y el progreso.