Historia

Puerto Cabello: la batalla en la que España humilló al héroe de la independencia de Venezuela Simón Bolívar

El 30 de junio de 1812 las tropas realistas del Castillo de San Felipe se sublevaron contra sus captores partidarios de la revolución. Tras seis días de batalla lograron tomar la posición y bombardear desde allí las ciudades y buques enemigos

Puerto Cabello: la batalla en la que España humilló al héroe de la independencia de Venezuela Simón Bolívar

Un patriota, un héroe nacional y un genio militar. Así es como recuerda la historia a Simón Bolívar, el artífice (tras el espía y líder revolucionario Francisco de Miranda) de la independencia de Venezuela a mediados del siglo XIX. Sin embargo, lo que la leyenda se olvida de recordar es que hubo más de una ocasión la el que el llamado «Libertador» se vio obligado a hincar la rodilla ante la bandera española que tanto odiaba. Una de ellas, precisamente, se sucedió entre junio y julio de 1812, cuando -siendo coronel y estando al mando del fuerte de San Felipe, en Puerto Cabello- tuvo que rendir la fortaleza y prision después de que unos reos partidarios de Fernando VII se escapasen y la tomaran desde su interior.

Aquella fue la gran humillación de Bolívar, quien se vio obligado a enviar posteriormente una carta a su superior (Miranda) en la que admitía su culpa y su estupidez y decía sentirse sumamente avergonzado por lo sucedido. No era para menos, pues San Felipe era la fortificación más destacada del norte del país. Y había caído bajo las manos de unos meros prisioneros. Este año, en pleno bicentenario de la muerte de Francisco Miranda, hemos querido recordar la contienda con la que su subalterno, el mismo que le traicionaría años después, le pidió clemencia tras ser derrotado. «Después de haber perdido la mejor plaza del Estado, ¿cómo no he de estar alocado, mi general? ¡De gracia, no me obligue usted a verle la cara! Yo no soy culpable, pero soy desgraciado, y basta», le dijo en su informe.

La ansiada independencia

Rememorar la epopeya de Puerto Cabello requiere remontarse hasta julio de 1811, mes en el que se proclamó la Primera República de Venezuela mediante el «Acta de la Independencia». ¿Y de quién se separaron? De España, metrópoli en su momento al otro lado del Atlántico. Rápidamente, el sentimiento nacional se expandió por medio país. Sin embargo, otros tantos ciudadanos se mantuvieron fieles a la bandera rojigualda e iniciaron levantamiento en masa contra los rebeldes. Estos combatientes se autodenominaron el bando realista y, lo cierto, es que dieron más de un quebradero de cabeza al nuevo ejército sublevado.

En julio de 1811 se proclamó la Primera República de Venezuela mediante el «Acta de la Independencia»

De hecho, ese mismo año los representantes de la Primera República se vieron tan superados a nivel militar que hicieron al general Francisco de Miranda (antiguo valedor de la corona española y viejo defensor de la monarquía hispana antes de comenzar sus derroteros revolucionarios) comandante de sus ejércitos. ¿El objetivo? Que aplastara a los realistas en base a sus muchos años de experiencia dando mandobles en la vieja Europa (no en vano contaba 61 primaveras a sus espaldas).

Mientras Miranda andaba espadazo va, espadazo viene, para acabar con las poblaciones que combatían por Fernando VII, los realistas discurrieron un plan a sus espaldas en un intento desesperado de mantener bajo dominio español Venezuela. Esta consistió en ordenar a un destacamento de soldados dirigirse a Cararora para apoyar una sublevación militar en la zona. Su avance fue letal y, en menos de un mes, estos leales combatientes se hicieron por las armas con la población. Y no solo eso, sino que lograron que muchos defensores de la monarquía se uniesen a ellos.

En San Felipe

La situación se puso todavía peor si cabe para los venezolanos cuando un terremoto aniquiló a una buena parte de sus tropas acantonadas en las ciudades que mejor podían ser defendidas. Por ello (y siempre con la amenaza de aquel ejército español en su sien) la Primera República dio a Miranda poderes de dictador para que expulsara al mar a los partidarios de Fernando VII.

Este, viendo que la derrota se cernía sobre su querida Venezuela, actuó rápidamente. Lo primero que ordenó fue poner a Simón Bolívar (entonces nada más que un coronel desconocido) a los mandos de la fortaleza de San Felipe, ubicada en Puerto Cabello (un pequeño pueblo costero al norte de Venezuela).

La decisión era arriesgada, como bien explica Manuel Lucena Giraldo (historiador, agregado de educación en la embajada de España en Colombia y autor de «Francisco de Miranda: la aventura de la política») a ABC: «Bolívar no era más que un joven endeudado de los valles de Caracas que, además, carecía de redes sociales. La gran figura era Miranda. Era el enemigo público de la monarquía española». Es decir, que Bolívar poco tenía entonces de libertador y mucho más de oficialucho interesado e inexperto.

Un enclave determinante

El castillo cuyo mando recibió Bolívar era uno de los más importantes del país. De hecho, estaba considerado como la llave natural de Venezuela desde el norte y protegía varias provincias adyacentes. Entre ellas, la costa de Puerto Cabello, la ciudad más directa que se encargaba de defender.

El castillo fue levantado por Real Orden de Felipe V (20 de junio de 1732) para proteger los «Almacenes de la Real Compañía Guipuzcoana de Caracas» y el tráfico de la Flota de Galeones a Cartagena de Indias, Portobelo y Veracruz. Algo que se explica pormenorizadamente en el dossier «Dos ejemplos de fortificaciones españolas en la exposición de Puertos y Fortificaciones en América y Filipinas» (editado por la Comisión de Estudios Históricos de Obras Públicas y Urbanismo).

Planta del castillo de San Felipe
Planta del castillo de San Felipe- CEHOPU

«El Fuerte debe defender la entrada y salida del Puerto, como asimismo el que defienda y domine toda la extensión de sus contornos hasta donde pudiera llegar el alcance de su Artillería de mayor calibre, y que todas las partes de esta Fortificación sean bien defendidas y entre si recíprocamente flanqueadas», explicaba una orden del 31 de enero de 1737.

Cuando cayó bajo el poder venezolano, el castillo empezó a ser utilizado como arsenal (en él se guardaban a principios del siglo XIX una gran cantidad de municiones y pertrechos) y cárcel. Así lo demuestra el que, en la misma época, hubiera más de un millar de reos realistas en su interior.

Oro puro

El 30 de junio, los aproximadamente 1.000 prisioneros realistas presentes en el castillo de San Felipe fueron liberados de su prisión. La situación no podía ser peor para los venezolanos ya que, como explicó el mismo Bolívar en la carta que envió a Francisco Miranda informándole de los hechos, el grueso de los pertrechos de la tropa (salvo 16.000 cartuchos que se quedaron fuera de ella) habían sido guardados en el interior de esta plaza fuerte. ¿El objetivo? Alejarlos del peligro en caso de asedio. Entre los mismos: comida, municiones y otros tantos objetos personales.

Así se excusó Bolívar por haber guardado, en primer lugar, una gran cantidad de comida en el lugar: «En cuanto a haber acopiado en el castillo víveres para subvenir a la manutención de 300 hombres para tres meses, es claro que nada era más indispensable que esta medida, para en caso que fuese sitiado, como no era imposible en el estado actual de las cosas». Otro tanto pasó con la pólvora ya que, en palabras del entonces coronel, «fuera de la ciudad no estaba segura».

Castillo de San Felipe
Castillo de San Felipe- Flickr

A su vez, también dirigió unas curiosas disculpas a Miranda por haber llenado hasta los topes de munición aquel castillo. Una presencia -la de estas últimas- que el venezolano excusó afirmando que un comandante (un tal Martinena) le había aconsejado debido a que la goleta en la que se guardaban «hacía aguas». «El resto de las municiones han tenido siempre sus almacenes en el castillo, como el puesto más seguro y retirado del enemigo», explicaba Bolívar en la misiva.

Fuera por la causa que fuese, había una verdad tan grande como un cañón de a 36 libras: que había dotado a los prisioneros de todos los pertrechos necesarios para resistir durante más de tres meses un largo asedio.

¿Quién fue el traidor?

Pero... ¿Cómo lograron los realistas salir de la prisión? Según Bolívar, gracias a un traidor. Un subteniente de batallón de milicias de Aragua llamado Francisco Fernández Vinony. Un hombre que, según el dolido coronel, se dejó cautivar por las promesas de buenaventura hechas por los partidarios de Fernando VII. «Vendió la fortaleza por hallarse quebrado de los fondos de su compañía, y la seducción del mando o riqueza que esperaba ese traidor por recompensa de su felonía, luego de que los reos del estado estuviesen en libertad», determinó en la misiva el militar venezolano.

Tal y como afirma el divulgador Tomás Cipriano de Mosquera en su extensa obra «Memoria sobre el general Simón Bolívar», Vinony no tuvo piedad y aniquiló a los guardas antes de soltar a los reos. Sin embargo, otros expertos como el historiador Jesús María Henao son partidarios de que Vinonny no tuvo nada que ver en aquel suceso y que el verdadero traidor fue el sargento de artillería N. Miñano. En cualquier caso, lo que sí que fue totalmente cierto es que el comandante del castillo (Ramón Aymerich) no estuvo relacionado, pues andaba jugando a las cartas en el pueblo cuando se abrieron las puertas de las celdas.

Primer día de batalla

Fuera como fuese, el 30 de junio 1.000 realistas se escaparon ávidos de sangre de su prisión y tomaron el castillo. Bolívar recibió la noticia a eso de las doce y media del medio día, cuando el teniente coronel Miguel Carabaño acudió a sus aposentos a informarle de que se escuchaban ruidos sumamente extraños dentro de la fortaleza y que había sido alzado el puente levadizo. El coronel envió a un hombre para que averiguase qué diablos estaba sucediendo, pero ya era tarde. Las murallas habían sido conquistadas.

Con los cuerpos de los guardias tirados en el suelo acompañados de sus respectivos charcos de sangre, pertrechos para resistir una eternidad, y refuerzos realistas en marcha, los hispanos se prepararon para dar cuanta más guerra pudieran a los venezolanos. Así pues, izaron la bandera «encarnada» (como afirma Bolívar en su obra), lanzaron unos gritos vitoreando a Fernando VII, y armaron las baterías para empezar a machacar la misma ciudad a la que ese castillo debía proteger.

Simón Bolívar, a caballo
Simón Bolívar, a caballo- ABC

Los realistas, a su vez, iniciaron una serie de descargas de cañón contra los buques que se ubicaban cerca del castillo y del puerto: el bergantín «Argos» y el también bergantín «Zeloso». Los marinos de este último, para su suerte, tuvieron los suficientes reflejos como para romper las ataduras de su buque y alejarse, viento en popa y esas cosas, de los contínuos cañonazos que le llovían desde las murallas. Se había iniciado la ofensiva rojigualda en contra de la independencia.

Una resistencia, todo sea dicho, que Bolívar tomó más como una rabieta española como algo serio. En base a ello, solicitó poco después a los ahora defensores que se rindiesen. A cambio, les ofrecía la libertad y no ser fusilados. Sin embargo, la respuesta desde el interior fue clara: «El Comandante del Castilo de San Felipe, de la plaza de Puerto Cabello, ha hecho enarbolar el pabellón del rey nuestro señor Don Fernando VII, y con sus fieles vasallos prometen defenderlo hasta derramar la última gota de sangre». La traducción: que se fueran un rato al infierno, vaya.

A pesar de ello, Bolívar envió en varias ocasiones mensajes solicitando la rendición del castillo. Curiosamente, mantenía esperanzas en que bajaran las armas. Quizá sabiendo la dificultad que sería para sus hombres tomarlo, quizá por prepotencia. Pero amigo, la bandera realista siguió izada, desafiante, y los vivas al rey no se detuvieron.

A pique el «Argos»

A pesar de lo acaecido, la jornada siguiente (el 1 de julio) el día se aventuraba optimista para Bolívar. Al fin y al cabo, y según pensaba, contaba con no pocos hombres para tomar por las bravas el castillo.

«Al cabo de dos horas de hacerle fuego, lograron acertarle una bala roja que incendiándolo lo voló y lo convirtió en cenizas»

De buena mañana, los marineros del «Argos» quisieron poner su granito de arena en la conquista y, tras acercarse a la costa, empezaron a descargar todos los pertrechos para que pudiesen ser utilizados por los venezolanos. La idea no era mala, la verdad, pero la bala les terminó saliendo por la culata del arcabuz cuando empezaron a recibir zurriagazo tras zurriagazo desde San Felipe. «Al cabo de dos horas de hacerle fuego, lograron acertarle una bala roja que incendiándolo lo voló y lo convirtió en cenizas», añadió Bolívar en su informe. La situación comenzaba a complicarse.

Después de aquello, Bolívar se limitó a organizar a los 300 hombres que tenía a sus órdenes y preparar el ataque contra el castillo de San Felipe. Un asalto que aquel día no se llevó a cabo debido a que el lugar por el que el coronel pretendía atacar no era apto para que navegaran los navíos de transporte. Mientras todo aquello sucedía, el cañoneo español sobre la ciudad se hizo incesante. De hecho, los habitantes tuvieron que abandonar una parte de la urbe ante la caída constante de bombazos. Los de la rojigualda comenzaban a ganar papeletas en las apuestas.

Excusas y más excusas

«Pum. Pum. Pum». El sol del 2 de julio llegó acompañado del sonido de los cañones realistas. Armas cuya munición causaba auténtico pavor en los partidarios de la independencia. Para desgracia de Bolívar, aquella música no era contrarrestada por las maldiciones y los salves a la República de los ciudadanos de la ciudad de Puerto Cabello.

Simón Bolívar
Simón Bolívar- ABC

Por el contrario, lo que había en la «city» (tanto por parte de los soldados venezolanos como de los ciudadanos que allí habitaban) era miedo a los continuos petardazos hispanos. Mala cosa para el coronel, que veía temeroso como sus conciudadanos se marchaban a gran escala de la zona para evitar ser aplastados por un bolazo enviado desde San Felipe.

«Conociendo la importancia de retener a los habitantes de la ciudad, y contener la deserción de las tropas, tomé desde el principio todas las medidas de precaución que puede dictar la prudencia: primeramente, puse guardias en las puertas de la ciudad; mandé patrullas fuera de ella a recoger los que se refugiaban en los campos: oficié a la municipalidad y justicias para que cooperasen a esta medida, comprometiéndolos fuertemente: rogué a los párrocos exhortasen a sus feligreses para que viniesen al socorro de la patria; más todo inútilmente, porque [...] todos la abandonaron, y olvidándose de sus sagrados deberes, dejaron aquella ciudad casi en manos de sus enemigos», escribió el futuro «Libertador».

El ataque patriota

Pasó la noche entre balas lanzadas desde San Felipe. Y amaneció igual. ¿Para qué parar, si andamos sobrados de ellas? (que debieron pensar los defensores de la honra de Fernando VII en Venezuela).

Con todo, poco pasó en las primeras horas del 3 de julio más allá de los habituales zurriagazos contra Bolívar. Un hombre que empezaba a entender que había perdido el mayor arsenal de su país y que -a pesar de lo que había creído en principio- poco podía hacer para recuperarlo. Según explicó el coronel en su carta, aquella jornada decidió que lo mejor que podían hacer sus hombres era tocar música de tambores y pífanos para animar a los pocos combatientes que quedaban bajo su mando.

El día 4, por el contrario, hubo mucho más jaleo en los alrededores de San Felipe. Y es que, además de enfrentarse a los patriotas del castillo, Bolívar también tuvo que combatir a capa y espada contra una columna de infantería y jinetes (todos ellos corianos -naturales de Coro-) enviada desde Valencia (Venezuela). Unos 200 tipos leales a España que venían ansiosos de aniquilar independentistas.

«El día 4 [nos atacaron] los Corianos; sucedió por la parte del puente del Muerto, camino de Valencia»

«El día 4 [nos atacaron] los Corianos; [...] sucedió por la parte del puente del Muerto, camino de Valencia, en donde estaba un destacamento nuestro de cien hombres a las órdenes del coronel Mires, el cual rechazó al enemigo y persiguió victoriosamente hasta donde estaba su cuerpo de reserva, que reforzado entonces en número muy superior al de los nuestros, obligó al coronel Mires a retirarse al Portachuelo, a distancia de una milla de la ciudad, en donde le mandé detener y esperar socorros de municiones y tropas; en esta acción, la pérdida fue igual de ambas partes, y nuestros soldados se portaron con valor», añadió Bolívar en su informe.

Vencido por los corianos, falto de agua (los pozos eran dominados por el castillo) bombardeado constantemente desde San Felipe, y escaso de hombres (apenas 150), la tensión de Bolívar seguía en aumento. ¿De veras había perdido definitivamente la posición defensiva más importante de Venezuela?

El último día

Entre los lamentos de Bolívar y los vítores de los patriotas llegó el día 5 de julio. El definitivo para esta contienda. Según se puede deducir en base a su carta, el coronel estaba tan desesperado -y sentía que había hecho tanto el ridículo- que decidió ordenar un ataque con la «sus fuerzas totales».

El primer objetivo fueron los corianos que andaban avanzando -como cualquiera por su casa- a lo largo de las calles de Puerto Cabello. De buena mañana, 200 partidarios de la independencia de Venezuela calaron bayonetas y cargaron fusiles deseosos de hacer valer la República que sus superiores habían creado.

Entrada al castillo
Entrada al castillo- Wikimedia

Pero no les sirvió de mucho. «Encontraron un fuerte cuerpo de Corianos compuesto de infantería y caballería, el cual fue atacado por nosotros, pero con tan desgraciado suceso, que a la media hora de combate, sólo pudimos reunir siete hombres, porque los demás fueron muertos, heridos, prisioneros y dispersos, habiendo quedado el coronel Jalón que mandaba la derecha envuelto por los enemigos con el corto número de soldados que le seguía, sin que hayamos podido tener noticia alguna de este benemérito y valeroso oficial», destacaba Bolívar.

Una nueva derrotas para el «Libertador». Y se le empezaban a acumular. Después del fallido ataque apenas quedaron 40 hombres para defender la ciudad de los corianos y de San Felipe. O lo que es lo mismo, que pintaban bastos para el coronel. «El la mañana del 5 ya mi situación era tan desesperada que nadie juzgaba pudiese mejorarse», escribía el oficial. Según dejó en el parte, muchos le dijeron que se retirarse, pero él se negó.

La victoria final

El 6 de julio fue el día en el que la humillación de Bolívar terminó de cocerse. Esta comenzó con la capitulación definitiva de la ciudad de Puerto Cabello, cuyos dignatarios andaban ya hasta el chambergo de recibir pelotazos de artillería.

«Habiendo tenido en consideración la situación de nuestra plaza, se ha capitulado»

«Habiendo tenido en consideración la situación de nuestra plaza, la de haberse separado de ellas las autoridades que en ella se hallaban […] se ha capitulado, este pueblo interior, entre varios vecinos de él, con las condiciones de no padecer en esos alguna ni sus personas, intereses, ni empleos», informaba en una carta Rafael Martínez, el gobernador de la urbe.

Ya sin ciudad que defender, hombres que dirigir, y lugar en el que refugiarse, Bolívar no tuvo más remedio que marcharse con la cola del chaquetón entre las piernas. Así pues, se retiró dando la fortaleza y la urbe por perdidas. Por si eso fuera poco, dejó por escrito el gran dolor que le producía dejar en el terreno dos caros obuses de bronce que no pudieron ser llevados al buque en el que huían por «falta de quien los llevase a la playa».

Los momentos más vergonzosos de la carta

«

Caracas, 12 de julio de 1812.

Mi general: Lleno de una especie de vergüenza, me tomo la confianza de dirigir á Ud. el adjunto parte, que apenas es una sombra de lo que realmente ha sucedido. Mi cabeza y mi corazón no están para nada. Así suplico á Ud. me permita un intervalo de poquísimos días para ver si logro reponer mi espíritu en su temple ordinario.

«Después de haber perdido la mejor plaza del Estado, ¿cómo no he de estar alocado, mi general?»

Después de haber perdido la mejor plaza del Estado, ¿cómo no he de estar alocado, mi general? ¡De gracia, no me obligue Ud. á verle la cara! Yo no soy culpable, pero soy desgraciado, y basta. Soy de Ud. con la mayor consideración y respeto su apasionado subdito y amigo que B. S. M. S. Bolívar.

[…]

En fin, mi general, yo me embarqué con mi plana mayor a las nueve de la mañana abandonado de todo el mundo, y seguido sólo de ocho oficiales que después de haber presentado su pecho a la muerte, y sufrido pacientemente las privaciones más crueles, han vuelto al seno de su patria a contribuir a la salvación del Estado, y a cubrirse de la gloria de vuestras armas.

En cuanto a mí, yo he cumplido con mi deber; y aunque he perdido la plaza de Puerto Cabello, yo soy inculpable, y he salvado mi honor. ¡Ojalá no hubiese salvado mi vida, y la hubiera dejado bajo los escombros de una ciudad que debió ser el último asilo de la libertad y la gloria de Venezuela!

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