Fachada de la parroquia
Fachada de la parroquia - ISABEL PERMUY
Iglesias de Madrid

Parroquia de San León Magno: la unión de lo divino y lo humano

Los viernes abre sus puertas para convertirse en un salesiano oratorio en el que los niños y adolescentes de la zona vienen a jugar, charlar y divertirse

MADRIDActualizado:

Solo frente a las huestes, los hunos, guerra, destrucción, atisbo de cambio de época, León Magno. Ya no queda más que la fuerza moral. Ninguna autoridad pública del Imperio, ningún ejército. Siglo V. Solo frente a los obispos arrianos, a los seguidores del pelagianismo y del semipelagianismo, ante el resurgimiento del maniqueísmo y la actividad del nestorianismo. Se levanta León Magno en el Concilio. Cuentan las crónicas que los asistentes exclamaron «¡Pedro ha hablado por boca de León!». Han pasado muchos siglos, y ahí está León Magno, san León Magno. Le recuerdan en esta madrileña parroquia que hace frente a la altiva chimenea de la fábrica del gas, el cuadrilátero de la historia del viejo Madrid, combates de boxeo, España de los cincuenta y sesenta en blanco y negro.

La parroquia san León Magno, calle Concejal Benito Martín Lozano, aunque no lo parece, lo es. Una cruz y una benedictina inscripción permiten atisbar al viandante que esa mole de cemento repintado, líneas rectas y poco más, es el templo, una especie de almacén de lo indeterminado, que no hay que confundir con el misterio. En qué estaría pensando el arquitecto cuando hace once años levantó la casa de Dios, gloria al Altísimo, que la gloria de Dios es la vida del hombre. Al menos, podría haberse empapado un poco de los sermones litúrgicos del santo. Al templo, que es salón de gracia y de culto, le salva la acústica, comenta el párroco, el sacerdote Enrique Olmo Ayuso, hombre de notable sentido común y sencillez de trato. Sobre el espacio sacro, una residencia sacerdotal y bajo el templo, las aulas para las catequesis, esas sí bien dispuestas.

Al menos, la comunidad parroquial ha hecho el esfuerzo, agradable, de ornamentar los accesos con un pequeño vergel que alimenta la entrada, el pórtico donde el primer párroco, el recordado Antonio Bravo, un sacerdote teólogo donde los haya ahora en lides misioneras, conversaba sobre lo humano y lo divino con los fieles. En aquel tiempo también servían a la parroquia Jesús Calzada y Ángel Matesanz, que era todopoderoso vicario y organista, buena mixtura. Ahora le ayuda al párroco el joven sacerdote francés, estudiante en San Dámaso, Badouin de la Bigne, un delicioso espíritu, embajador de lo mejor del catolicismo galo.

A la sombra de la chimenea

La parroquia de san León Magno, empotrada en la historia del centro de Madrid, pretende la unión, como hizo san León Magno en la cristología, de lo divino y lo humano, y hacer de los cristianos buenos ciudadanos, y de los ciudadanos, buenos cristianos. El espejo de la pobreza es el contiguo parque de la chimenea, ciudad dormitorio de los transeúntes del entorno social de un Madrid de los Austrias que desplaza fuera de sus límites a quienes no abraza. Y ahí la historia, por ejemplo, de nuestro argelino, -como la de Sony, metros más allá en la Ronda de Toledo-, que se libró de la cárcel de la intemperie haciendo traducciones. Venía por la parroquia a que le guardaran lo más valiosos que tenía, sus documentos. Pero hay otras pobrezas, la soledad de los mayores y algunas familias necesitadas de ayuda económica semanal. Se recoge mucha ropa en esta parroquia, que se distribuye por el todo Madrid como si fuera una manta de caridad, ahora que llega el invierno.

En la parroquia hay un grupo de Vida Ascendente, y uno de formación que estudia a los padres de la Iglesia, los Apostólicos, la Didajé, Clemente Romano, el de Alejandría, la Carta a Diogneto, vamos, a fondo con los primeros. Y también acaba de nacer un grupo de matrimonios jóvenes. Unos ochenta niños en catequesis y una iniciativa magnífica: los viernes por la tarde, la parroquia abre sus puertas para convertirse en un salesiano oratorio en el que los niños y adolescentes de la zona vienen a jugar, charlar, divertirse, y así dejar de lado, al menos por unas horas, las dichosas maquinitas… Y la Escuela de oración ante el Santísimo, que también es pedagogía de lo eterno, hasta tal punto que habrá, en breve, que regalar más espacio a la capilla, un buen síntoma de una vida, en un barrio de edad media más que alta, que, al fin, va sabiendo dónde está la parroquia. Si fuera por lo externo…