El Prestige frente a la costa gallega antes del hundimiento
El Prestige frente a la costa gallega antes del hundimiento - EFE
"Prestige", 15 años de la catástrofe. El relato de los hechos

Cronología de un desastre

En seis días, el petrolero pasó de ser un mal sueño a convertirse en la peor pesadilla para la costa gallega. Este es el relato de una semana agónica y sus negras consecuencias

SantiagoActualizado:

El relato cronológico lo estableció la sentencia de la Audiencia Provincial de La Coruña, once años después de que los hechos sucedieran. Todo empieza a las 15.10 del 13 de noviembre de 2002, cuando la tripulación del «Prestige» escucha un fuerte estruendo seguido de una escora a estribor del barco. Navegan con 77.000 toneladas de fuel a bordo —2.000 más de las permitidas por la normativa de la embarcación— a unas 28 millas al oeste de Fisterra, en el corredor marítimo.

Las condiciones meteorológicas no podrían ser mucho peores: duro temporal, con olas de ocho metros golpeando el casco en el que acaba de producirse un fallo estructural, que provoca una brecha de varios metros y un vertido de 4.000 toneladas de fuel al Atlántico. El capitán, Apostolos Mangouras, detiene el buque e intenta enderezarlo. Pero pocos minutos después se produce la llamada a la torre de Salvamento Marítimo de Fisterra: la tripulación pide ser rescatada.

La reacción del director general de la Marina Mercante, José Luis López-Sors, es alejar inmediatamente el buque de la costa gallega para evitar que embarrancase. Mangouras es reacio y replica a las autoridades españolas que él solo responde a su armador. El remolque para alejar al «Prestige» se demora tres horas, pero las circunstancias de la mar y las deficiencias del petrolero retrasan todavía más estas tareas. Cuando se comienza a alejar de manera efectiva, el buque está a apenas cinco millas de Muxía. Desde su paseo marítimo se pudo distinguir la bomba de relojería flotante que era el «Prestige».

Alejarlo sí o sí

El 14 de noviembre se reactiva el remolque con rumbo noroeste. La orden es clara: las condiciones precarias del navío hacen imposible que encuentre refugio en puerto alguno y la opción menos mala es alejarlo para que se hunda a la mayor distancia posible del litoral gallego. Horas más tarde deben parar motores por temor a que el buque parta por la mitad. Presagio de lo que acabaría por suceder.

Por la brecha de 35 metros que tiene abierta en su casco, el «Prestige» no deja de verter fuel pesado. El día 15 se decide variar su derrota cara al suroeste, pero un buque de la Marina portuguesa advierte en la tarde del 18 que no le permitirá entrar en aguas jurisdiccionales del país luso. El temporal meteorológico no amaina. Las condiciones del barco empeoran exponencialmente. El día 17 ha reventado un tercer tanque de carga. Su destino definitivo será el Atlántico, cuanto más al noroeste, mejor. Es un espejismo.

La chatarra flotante que es el «Prestige», un petrolero monocasco con casi 30 años de vida, parte por la mitad a las 8 de la mañana del día 19. Se hunde a 3.500 metros de profundidad a 128 millas de la costa; primero la popa, tres horas más tarde la proa. Desde que se inició el remolque hasta su ida a pique, han transcurrido 118 horas en las que ha recibido un cálculo estimado de entre 37.000 y 46.000 golpes de mar. Cuando toca fondo, ya hay 200 kilómetros de litoral gallego manchado por el chapapote. Y lo peor estaba todavía por llegar.

Los primeros vertidos se producen el mismo día de la llamada de aviso. Los helicópteros de rescate ya identifican un rastro de 37 kilómetros de combustible que las autoridades en un primer momento confían que las mareas disipen y alejen del litoral. Erraron el cálculo. Ese domingo 16 amanece con 40 kilómetros de la Costa da Morte teñidos de negro.

El pésimo estado de la mar hace inservibles las medidas anticontaminación. Toda actividad pesquera y marisquera desde Fisterra hasta Seixo Blanco se prohibe hasta nuevo aviso. Acabará vetándose casi la totalidad del litoral. Amenaza ruina a un sector clave de la economía gallega, al que solo calman los anuncios de ayudas públicas para compensar el paro forzoso. La primera estimación de daños se limita a 90 millones de euros. Se quedará a años luz de la cifra final.

El día 18, otra mancha amenaza con llegar a las Rías Baixas. Mide 70 millas de extensión. La superficie teñida de luto tóxico ya son 190 kilómetros. Los vientos de 100 km/h expanden el negro por toda Galicia. Las horas que transcurren desde los avistamientos de las manchas kilométricas hasta su llegada a las orillas son de angustia para la población. Temen por el mar que les da de comer. El recién estrenado Parque Nacional de las Illas Atlánticas es cercado por el fuel. Los refugios de aves empiezan a saturarse de ejemplares embadurnados de muerte. Pocos sobrevivirán. La realidad contrasta con el discurso oficial del Gobierno Aznar, según el cual todo estaba bajo control y las zonas marisqueras y pesqueras no se verían afectadas.

Buscando refugio

La discusión política se traslada a la decisión gubernamental de alejar el buque en lugar de buscarle refugio y vaciar su contenido en puerto. «Esta posibilidad en la que se ha insistido mucho, es muy atractiva, pero tiene una doble dificultad, esto es, que nadie ha señalado con precisión donde estaban entonces esas aguas más tranquilas», afirmó la Audiencia Provincial en su fallo, que descartó las opciones de La Coruña, Vigo o Corcubión, la defendida por los ecologistas. El tribunal reconoció que el alejamiento del barco fue un mal menor ante el abanico de pésimas opciones que se barajaron en el momento. Esta tesis fue la que sostuvo la absolución de López-Sors durante el juicio, once años más tarde.

Con el petrolero ya hundido, la versión oficial es que el fuel se solidificaría por las bajas temperaturas del fondo marino. Mariano Rajoy es puesto al frente del operativo de coordinación. Son días de los «hilillos de plastilina». Pero el pecio sigue escupiendo su carga. El día 22 la amenaza se extiende desde Ribeira hasta Caión de manera severa, y restos de chapapote llegan a arenales de la comarca de Ferrol. El interminable temporal repartiría el gasóleo hasta Portugal y Francia, manchando a su paso la fachada cantábrica. El apagón informativo de España es suplido en tiempo real por el país luso. La semilla de la indignación se siembra.

Entra la politización de la catástrofe. Trasciende que Manuel Fraga estaba de caza el fin de semana en que se decidía el decisivo rumbo del barco. El PSOE se lanza a morder al octogenario presidente de la Xunta y, por extensión, al Ejecutivo de Aznar. La relación entre éste y Fraga se deteriora por disputas sobre competencias en la gestión de la crisis. No se recompondrá.

El Rey Juan Carlos visita Galicia y llama a la unidad. La solidaridad ciudadana suple la impericia política. Miles de voluntarios de toda España acuden a Galicia a limpiar con sus manos rocas y playas, puertos y calas. Sus monos blancos manchados de negrura se convierten en una de las estampas de la crisis. Cada oleada de chapapote traída por la marea es descorazonadora. A finales de noviembre se detecta una mancha de 11.000 toneladas. Ha tardado una semana en llegar a la costa. El desastre parece no tener fin. El batiscafo «Nautile» cedido por el gobierno francés desciende al pecio y constata lo obvio: las fugas no cesan. Y las ayudas prometidas no llegan.

Nunca Máis

La indignación germina en el movimiento «Nunca Máis». El 2 de diciembre, congregarán a 200.000 personas por las calles de Compostela gritando contra el despropósito. Su politización por el nacionalismo tardaría aún en llegar. El PSOE presenta una moción de censura a un Fraga superado, que no prosperará. Enrique López Veiga y Xosé Cuiña son el músculo en la sombra de una Xunta que sin embargo cede el protagonismo a Rajoy. Muxía y Carnota se convierten en los epicentros de la «marea negra», un término que intentó evitarse pero que se acaba imponiendo con toda su crudeza. Evoca al «Mar Egeo», al «Urquiola», al «Polycommander», al «Andros Patria». El «Prestige» va a ser peor que todos ellos.

El Gobierno intenta paliar su tardía reacción a la tragedia con compromisos de futuro: prohibición de buques monocasco, alejamiento del corredor marítimo de la costa, mayores controles sobre los petroleros, dotación adicional de remolcadores a Galicia… Tragsa y el Ejército dan el relevo a la solidaridad ciudadana en las tareas de limpieza. El cálculo final establecido en la sentencia judicial fue que el «Prestige» vertió al mar más de 60.000 toneladas de su carga, produciendo 170.000 toneladas de residuos. No será hasta el verano de 2004 cuando se selle completamente el pecio, y un año más tarde se extraerán las 14.000 toneladas que restaban en su interior. 2.980 kilómetros de costa, 1.137 playas, desde Portugal hasta Francia, se vieron afectados. Alrededor de 200.000 aves murieron. Los restos de la «marea negra» apenas si son perceptibles al verano siguiente. Las ayudas llegaron y rebajaron la alerta en el sector marinero.

En 2008, el Instituto Oceanográfico calcula que entre el 95 y el 98% de la zona afectada está limpia de gasóleo. La factura que paga España asciende a más de 2.000 millones de euros. No la pagará nadie. Fidac y aseguradora del buque apenas cubren el 10%. Nueve años después de la llamada de socorro, el Juzgado de Instrucción de Corcubión da por finalizada la instrucción y la remite a la Audiencia Provincial. El juicio empezará en octubre de 2012 y la sentencia se dictará tras ocho meses de juicio. La condena a Apostolos Mangouras por desobediencia es ampliada a delito ambiental por el Supremo en enero de 2016: dos años de prisión. Es el pobre bagaje de una tragedia que hoy parece un mal sueño.