Imagen del Titanic en el puerto de Southampton antes de zarpar
Imagen del Titanic en el puerto de Southampton antes de zarpar - AP

La conquense que sobrevivió al Titanic

La costurera Fermina Oliva (Uclés, 1872) acompañaba en su luna de miel al matrimonio Peñasco, a quien servía como dama de vestuario

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Hace 106 años, el 15 de abril de 1912, se hundió el más famoso transatlántico de todos los tiempos, el Titanic. Todo el mundo recuerda las escenas de la película que recrea el hundimiento de este barco, en el que murieron 1.514 personas. Pero lo que quizás mucha gente desconozca es que en él viajaban españoles, y diez de ellos consiguieron sobrevivir a uno de los mayores accidentes de la historia.

Las historias de todos ellos se narran en el libro «Los diez del Titanic» (LID Editorial), escrito a seis manos por Javier Reyero, Cristina Mosquera y Nacho Montero. Este último autor ha contado a ABC la crónica de una de esas historias, quizás la más conocida y la más hermosa: la de Fermina Oliva Ocaña, nacida en Uclés (Cuenca) el 11 de octubre de 1872, que fue durante un tiempo la superviviente con más edad del Titanic. Criada en una familia numerosa de once hermanos, de los cuales ella era la quinta por edad, se trasladó a Madrid siendo muy joven y en la capital instaló un taller de costura muy modesto en la cuarta planta del número 11 de la calle Regueros.

Fermina Oliva Ocaña
Fermina Oliva Ocaña

Cuando estaba trabajando allí como costurera, Fermina conoció a un matrimonio adinerado de la alta sociedad madrileña, Víctor y María Josefa Peñasco, recién casados en 1910, con los que empezó a trabajar como personal doméstico en asuntos de vestuario. La sirvienta los acompañó en su larga luna de miel, que les llevó a recorrer Europa durante un año y medio hasta que se embarcaron en el Titanic en el puerto francés de Cherburgo.

Fermina Oliva, antes de embarcarse en el Titanic, ya tuvo un mal presentimiento. Así se lo contó al diario ABC en 1959, cuando tenía 87 años, en una entrevista en la que afirmaba: «Aquel año estábamos en París cuando decidieron tomar el Titanic para Nueva York. A mí de pronto me dio miedo y no quise ir. Me acordaba del Reina Regente (otro barco), que se había sumergido en el Estrecho (de Gibraltar), y tuve un mal presentimiento…»

La noche del naufragio del Titanic, Fermina estaba en su camarote cosiendo uno de los corsés de su ama, María Josefa, cuando, de pronto, se dio cuenta de que algo raro está pasando. Oyó alboroto en los pasillos y fue ella misma la que alertó a sus señores de que había sucedido algo en el barco, por lo que subieron a cubierta para ver qué podían hacer.

En cuanto llegaron a la cubierta del barco, se dieron cuenta de que ya se estaban preparando los botes salvavidas y de que apenas había tiempo de rescatar nada de su equipaje. Fermina, que era muy religiosa, solo pudo llevar consigo una de sus estampitas, la de san José, guardándosela debajo del chaleco salvavidas. Ella se encomendó al santo, al que siempre estuvo agradecido por salvarle la vida».

Entrevista en ABC
Entrevista en ABC

Como un saco de paja

Durante el hundimiento del barco, y debido a la orden de salvar a mujeres y niños, María Josefa fue la primera de los tres en conseguir un puesto en una de las lanchas, al ser una mujer de la alta sociedad. Sin embargo, Fermina se resistió y protestó para que la dejaran ir con su señora. Así lo narra en la entrevista con ABC: «A mí me dejaron fuera. Pero empecé a gritar, desesperada, y no tuvieron más remedio que llevarme. Me echaron como un saco de paja desde más de un metro de altura, cuando ya la barca bajaba. ¡Qué horrible fue!»

Víctor se despidió de ellas desde la cubierta y la imagen última que guardó Fermina de él es rezando arrodillado. Tanto ella como María Josefa fueron rescatadas al alba, junto con otros 703 supervivientes, por el Carpathia. Este otro transatlántico británico las trasladó hasta Nueva York, donde se alojaron en uno de los hoteles más lujosos del momento, el Plaza, desde donde comenzaron a hacer todos los trámites posibles para localizar a Víctor, al que nunca se encontró.

Una vez descartado que Víctor fuera a aparecer, ama y sirvienta regresaron a España. Ya en Madrid, Fermina retomaría su trabajo en el taller de costura del número 11 de la calle Regueros. Allí, cual Penélope, tejió y tejió hasta su muerte a los 97 años, en 1969, siempre con el triste recuerdo en la cabeza del más famoso transatlántico de todos los tiempos, el Titanic.