Manuel Marín - Análisis

La fractura persiste en el PSOE

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El PSOE andaluz consumó ayer su conato de rebelión contra la dirección del partido, y contra Pedro Sánchez, al respaldar en el Parlamento autonómico una iniciativa de Ciudadanos para apoyar «al Gobierno de España en todas aquellas medidas que sean necesarias para impedir el referéndum» en Cataluña. Días atrás, el PSOE votó «no» a una iniciativa idéntica y permitió que el Congreso no avalara la actuación de Mariano Rajoy para garantizar la legalidad e impedir la consulta sediciosa.

En las formas, las iniciativas parlamentarias, sus enmiendas y la dialéctica de incluir fórmulas más o menos retóricas para apelar al diálogo y evitar la confrontación institucional solo sirven para que los distintos partidos justifiquen sus complejos o maquillen sus desavenencias internas. Sin embargo, el dato innegable es que el PSOE andaluz se vuelve a enfrentar a Pedro Sánchez por más que Ferraz trate de restarle relevancia.

El perfil bajo adoptado por el PSOE en defensa de la legalidad y de Mariano Rajoy tiene mala venta porque Sánchez vuelve a generar desconfianza y falta de fiabilidad. El discurso del PSOE no es transparente y peca de una simplista corrección política frente a la gravedad del desafío. Sánchez está en su legítimo derecho de optar por estrategias que obtengan rentabilidad de un hipotético desgaste del PP, e incluso de plantear un modelo federal del Estado previa reforma de la Constitución para alumbrar una confusa e irreal «nación de naciones».

Pero no es cierto que el PSOE tenga un discurso homogéneo y compacto. El socialismo andaluz retrató ayer las incongruencias de Sánchez con una votación que Ferraz trató de impedir, o al menos maquillar, por todos los medios posibles. La fractura en el PSOE persiste porque objetivamente en su seno hay criterios radicalmente dispares sobre el modelo de Estado.

Felipe González y Alfonso Guerra han abogado abiertamente por la aplicación del artículo 155, y por «medidas drásticas» frente a quienes atentan contra la soberanía nacional. Josep Borrell habla de «golpe de Estado», y Rodríguez Ibarra ha apelado en ABC a una alianza PP-PSOE para proteger la unidad nacional frente al separatismo y al populismo.

Sin embargo, Sánchez y los «demócratas de nuevo cuño», tal y como los ha denominado Guerra, solo oyen en esas voces a «viejos dinosaurios» que ya no representan al PSOE. El análisis es erróneo. El centro de las ciudades andaluzas están repletos de banderas españolas en sus balcones. Crecen por días. Susana Díaz no solo respira por la herida de su derrota. Es peor aún: no reconoce, como muchos otros socialistas, al errático PSOE de Sánchez como «su» PSOE.