Economía

Un día con un inspector de Hacienda

Más allá del traje de «hombres de negro», varios inspectores relatan las peripecias detrás de la lucha contra el fraude

Un día con un inspector de Hacienda

Cuando un ejército de más de 500 empleados de la Agencia Tributaria registraron hace unas semanas 87 pubs y discotecas de toda España en una macrooperación contra el fraude fiscal, no hacían más que culminar un minucioso trabajo que había comenzado mucho antes. La investigación había durado meses, desde los primeros indicios de irregularidades hasta las pesquisas posteriores para detectar la forma en la que se llevaban a cabo los pagos y las operaciones de los locales y sus cuentas. Algo parecido ocurrió en los registros de las dos sedes de Google en Madrid. Las pesquisas remontan, al menos, a 2006: primera vez que la Agencia Tributaria abrió inspecciones a la tecnológica. Todo este trabajo invisible se traduce en ingresos y reportó en 2015 una recaudación récord de 15.664 millones de euros en lucha contra el fraude el año pasado.

Detrás de estos datos se esconden los 25.000 empleados de la Agencia Tributaria entre los que destacan los algo más de 1.800 inspectores de Hacienda. ¿Cómo son las personas bajo el traje de «hombres de negro»? El día a día de un inspector de Hacienda depende mucho de qué sección trabaje: desde inspección tributaria y financiera, pasando por Aduanas o Recaudación. «No hay dos inspectores que hagan lo mismo en un día. Hay mucha hora de despacho, de análisis de información para llegar al momento emocionante del registro», señala Vicente (nombre ficticio), un inspector de Hacienda que trabaja en Aduanas.

Toda inspección tiene detrás una cuidada labor de criba e investigación de datos. «Somos el gato y los defraudadores, el ratón. Y no te lo quitas de la cabeza. A mi me ha ocurrido que en mitad de la noche me he despertado porque se me había ocurrido por qué alguien había defraudado. Y gracias a ello, encontrar al infractor», desvela José Luis Groba, presidente de la Organización de Inspectores de Hacienda del Estado (IHE). Groba trabaja en inspección tributaria y financiera y cada cierto tiempo participa en registros. Desde su área la labor de seguimiento se concentra, sobre todo, en «ver el perfil de riesgo para realizar comprobaciones antes del inicio de actuaciones». Antes del registro.

Cada sector tiene sus propias características. «Por ejemplo, en clubes de alterne sabemos que todo lo mueven en efectivo y no suele haber archivos informáticos ocultos», señala Groba. Pero no hay un sector preferencial: en los últimos meses ha habido actuaciones de todo tipo de chatarreros a carniceros pasando por clubes nocturnos.

Francisco (nombre ficticio) es inspector de Hacienda y se encarga de vigilar a un grupo de sospechosos más reducido, ya que trabaja en la delegación central de grandes contribuyentes, que supervisa a las personas y empresas con un volumen de operaciones superior a cien millones de euros. En su caso la mayor parte del día se dedica a revisar información y contrastarla con jurisprudencia para encontrar irregularidades. El fraude de guante blanco tiene un peso importante: la división de grandes contribuyentes recaudó el año pasado 3.142 millones de euros.

Grandes empresas bajo lupa

«Las grandes empresas y fortunas están en permanente investigación ya que, cada cierto tiempo, los volvemos a inspeccionar», apunta. Las operaciones sobre grandes empresas son menos espectaculares: no hay tantos registros con Policía y hay más trabajo detallado para desenmarañar complejas tramas fiscales con multitud de sociedades pantalla. «Es impensable pensar que estas empresas estén haciendo actividades que requieran Policía o auditoría informática para vigilar que no destruyan pruebas. Ellas mismas se encargan de cuidar muy mucho su imagen, Si encuentras algo en estos casos es más ingeniería fiscal. Operaciones muy complejas que incluso si estás 16 meses te sigue costando entenderlas», apunta.

En la vida cotidiana, entre las incomodidades que tiene ser inspector de Hacienda, está la de que te reconozcan fuera del trabajo. «En las grandes ciudades es más fácil, pero en una capital de provincias te conocen todos. Hay un coste social. En el gimnasio me encuentro todos los días con un inspeccionado. Hay restaurantes a los que no puedo ir», afirma Groba. Junto a ello, hay un componente de riesgo en el trabajo. «Cuando era joven, hicimos un registro a un presunto narcotraficante en Galicia. Al llegar, vimos que de pisapapeles tenía una pistola», recuerda Vicente.

El sigilo de los inspectores puede jugar malas pasadas a los investigados. «Una vez estábamos inspeccionando un establecimiento de forma discreta y el dueño nos atendió y siguió trabajando. Mientras investigábamos, entró un cliente y pidió varias piezas. El dueño se las cobró y, al ver la factura, el cliente empezó a protestar a gritos que cómo es que se las había cobrado con IVA, si siempre se lo quitaba. En otra ocasión, al investigar una empresa nos dieron unos ficheros con sus cuentas. Cuando uno de los inspectores los iba a coger, un empleado le hizo un gesto al que estaba más cerca para tratar de recuperarlos. Tras un tira y afloja, nos los quedamos. Resulta que se equivocaron y nos habían dado las facturas en B», rememora Groba.

Muchos temen que el Fisco toque a su puerta. «Damos miedo, no hay una llamada que temas más que la de Hacienda», señala Vicente. Desde el área de Recaudación, donde se trata de cobrar las deudas tributarias, otro inspector describe que con la crisis ha habido un alza de impagos: «Cuando hay dificultades, al primero que no pagas es a Hacienda. Ha habido quién no podía y quién ha aprovechado la marea».

Más carga de trabajo

La carga de trabajo ha ido a más en los últimos años: las actuaciones no han dejado de crecer mientras que el personal en la Agencia Tributaria se ha reducido un 12% desde 2008. Pero también, y quizá por la crisis económica, la permisividad hacia el fraude se puede haber reducido. «Los defraudadores suelen excusarse en que otros estafan más o en que deberíamos ir a por los ricos. Hay dos factores: la crisis ha hecho que la gente tenga menos permisividad y valore las cifras de lucha contra el fraude. Pero al mismo tiempo, los casos de corrupción hacen que la gente diga: «para que lo malgasten no lo declaro». Además, todo lo malo que hacen los políticos en Hacienda, la gente ya lo identifica con el resto de la institución», lamenta un inspector. Mientras tanto, año a año, las cifras de ingresos por la lucha contra el fraude engordan gracias al trabajo de los empleados de la Agencia Tributaria. Como resume uno de ellos: «esto siempre va a ser una profesión maldita, nunca nos van a amar. Pero también saben que somos imprescindibles».

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