Miguel Induráin posa para ABC en un evento en Barcelona
Miguel Induráin posa para ABC en un evento en Barcelona - INÉS BAUCELLS

Ciclismo25 años con Induráin

Se cumple un cuarto de siglo del primer Tour que ganó el campeón navarro, quien ahora lleva una vida anónima y libre en Pamplona

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Llegado el momento de auscultar el pasado, Miguel Induráin prefiere no recordar. Antepone un «no» cuando el rastro de la conversación le sugiere regresar a 1991, a aquel Tour que lo cambió todo. España dejó de ser un país del extrarradio, poblado de enjutos ciclistas escaladores que asaltaban caminos. Francia dejó de ser el país inabordable al que acudían los españoles llenos de complejos y sensación de inferioridad. Induráin era la referencia. El enemigo. Nunca hasta esas fechas un deportista español había proclamado tal gobierno, una hegemonía sin réplica en una especialidad mayoritaria como era el ciclismo. Un poder absoluto.

El Tour hubo de modificar sus hábitos, poner traductores, hablar castellano, viajar a Pamplona, mirar a España… Se cumplirán este mes de julio 25 años del primer triunfo de Miguel Induráin en el Tour. Y el eterno campeón se resiste a hablar de su pasado ciclista. Accede a todo –su vida, sus hijos, su Pamplona del alma, otros corredores, el ciclismo de hoy...–, menos a repasar los Tours que ganó.

Evita la confrontación

En cualquier otro deportista, esa negativa se podría entender como un desaire. No en el caso de Induráin, quien establece un pacto con el silencio para no ahondar en la única herida al aire de su vida: la ruptura con sus padres deportivos, José Miguel Echávarri y Eusebio Unzué. Desde que en 1995 se fracturó la relación por las consecuencias derivadas del Mundial de Colombia, el ataque al récord de la hora y la Vuelta de 1996 en la que se retiró del deporte, no ha vuelto a tener vínculos con las personas a las que siempre había obedecido con fe militar. Induráin no quiere repasar.

«Está ya todo contado. Se pueden ver los vídeos, los periódicos... ¿Qué más voy a aportar?», dice a ABC.

Miguel Induráin Larraya, hijo de una familia de campesinos de Villava, va a cumplir 52 años el próximo 16 de julio y es el mismo ser humano al que vitoreaba José María García en la Vuelta a España de 1985 al grito de «Miikeeeeel Induráin» como el portador del maillot amarillo más joven de la historia. «Es una persona única», lo describe José Calabuig, jefe de la unidad de cardiología de la Clínica Universitaria de Navarra, su médico de cabecera y el que mejor conoce su corazón.

¿Por qué Induráin es una persona única? Vuelve la pregunta sobre Calabuig, quien comenzó a trabajar con el chasis de Induráin a principios de los años ochenta y todavía hoy, en aras de la amistad y la confidencialidad, examina sus constantes vitales en pruebas de esfuerzo o comparte almuerzos con él. «Su carácter consiste en evitar la confrontación. No conoce la soberbia y carece de cualquier afán de protagonismo. Es una persona sencilla pero con valores morales superiores. Lo entendí todo cuando conocí a su familia, a sus padres, a sus hermanos. Son todos iguales. Incapaces de concebir el mal».

Induráin fue un campeón digno de estudio. No era voraz como proclaman las leyes de cualquier competición deportiva. Carecía de la ambición exacerbada de otros ases del ciclismo. Imponía una jerarquía amable en el pelotón. Vivía y dejaba vivir. Ganaba y dejaba ganar. Era capaz de frenar en la meta de Serre Chevalier para permitir la victoria de su archienemigo Tony Rominger después de haberse escapado con él en el Galibier. No se conoce un caso así en la historia del ciclismo o el deporte de alta competición.

Ni siquiera se precipitó Induráin en su ascenso a la cúspide. Respetó el liderazgo de Perico Delgado mientras corrió a su sombra, ayudándolo, cortándole el viento. Había ganado etapas en Francia en 1989 (Cauterets) y 1990 (Luz Ardiden) y todos los especialistas coinciden en que ya pudo ganar aquel Tour de 1990 que Greg Lemond conquistó sin equipo. Pero la explosión llegó en el descenso del Tourmalet camino de la inédita estación de esquí de Val Louron, aquel 19 de julio de 1991 santo y seña para el deporte español.

Se hizo acompañar de Claudio Chiappucci, el italiano indomable autor de alguna de las grandes gestas de la historia del ciclismo, como aquella escapada culminada con ardor guerrero en Sestriere. Fue su rival y siempre su segundo. Induráin ya no soltó aquel maillot amarillo de Val Louron hasta julio de 1996, en la rampa de Les Arcs y luego en Hautacam o Larrau camino de Pamplona.

De nada le sirvió ese año su inteligencia táctica en carrera, esa que le permitía correr sin auricular y que descifraba si iba gente peligrosa en la fuga, los minutos que se le podían conceder a tal o cual corredor, el perfil de cada puerto… Induráin se entrenaba y corría sin pulsómetro, según decretaban las sensaciones de su cuerpo. «Posee un dominio de sí mismo como pocas personas pueden llegar a tener. Dominio de su físico y de su mentalidad», explica el doctor Calabuig.

Hace 25 años que ganó el Tour de 1991 y no tiene interés por el pasado. No husmea en los vídeos de la época y no repasa hemerotecas, pero no reniega del ciclismo. Su hijo Miguel, callado y disciplinado como él, ha optado por la bici y la carretera. Compite en el equipo profesional Caja Rural y no en el Movistar que dirige su antiguo mentor Eusebio Unzué. «No creo que deba sentir nada especial. Le gusta el ciclismo. Yo me lo llevaba a algunas carreras», cuenta el pentacampeón.

En buena forma física

El Induráin de hoy, que se mantiene en un peso aceptable y peina canas, se ejercita en entrenamientos destinados a exdeportistas de élite que custodia su amigo José Calabuig. Sube puertos, solo en compañía de otros, consume kilómetros sin codicia por el mero placer de diseccionar los cambios de la naturaleza y el campo del otoño a la primavera. «La bici me gustaba mucho antes y me gusta mucho ahora», dice.

La bicicleta es su libertad que lo alivia de obligaciones. Sale y entra cuando quiere, pasea por Pamplona o viaja si le apetece. No tiene que fichar. Tiene una fundación para ayudar a deportistas de élite, algunos asuntos de publicidad y negocios en diversas inversiones inmobiliarias. Se asoció con Marino Lejarreta, otros ciclistas y el exfutbolista del Athletic Andrinúa en la propiedad de Fórum Sport (el rival de Decathlon). Tuvo un concesionario de Mazda con Unzué. Pero también es reservado para eso. Callado, introvertido y libre.

Cualidades que lo han convertido en único, según Calabuig. «Tiene un imán como persona. Por eso todo el mundo lo respeta y lo quiere».