Ortega Cano, durante la corrida de San Sebastián - DE SAN BERNARDO

Ortega Cano, triunfo de la torería añeja del maestro

El veterano matador, de 63 años, que ayer se cortó la coleta, logra dos orejas pero se niega a salir a hombros en su emotiva despedida de los ruedos

San Sebastián de los Reyes (Madrid)Actualizado:

De carmín y oro, desmonterado y con un crespón negro por la muerte de Dámaso González, hizo el paseíllo José Ortega Cano en la plaza de San Sebastián de los Reyes. El maestro miraba al cielo durante el minuto de silencio, con la montera en el pecho, la misma con la que se santiguó al pisar la arena. Todos los focos apuntaban al torero de Cartagena desde que entró en el patio de cuadrillas, envuelto en una nube de fotógrafos, micrófonos y cámaras de televisión.

En el otoño de su vida, Ortega Cano –cosecha del 53– quiso revivir una segunda primavera en su enésima despedida, anunciada como la definitiva, con su familia presente: su pareja, Ana María, y sus tres hijos, Gloria Camila, José Fernando y José María. En el recuerdo, Rocío Jurado, y su madre, doña Juana, la que tantas veces vio a su niño soñar el toreo en esta localidad madrileña.

El veterano matador dio la bienvenida al guapo primero de Cuvillo con un racimo de verónicas, rematadas con una media de aroma añejo. Derribó al picador este «Asturiano», bien lidiado por Carretero. Ortega se despojó de las zapatillas y comenzó su faena descalzo. Desnuda fue la obra, puro corazón, ese que ganó la partida a la cabeza en una reaparición que despertó cierta polémica (ocupaba el puesto de Morante). A sus 63 años, el diestro de Cartagena, que nunca ha dejado de prepararse, regaló una obra de sabroso comienzo genuflexo, brindada al compañero que acababa de partir. Sobre el nobilísimo pitón derecho esbozó muletazos con gusto y tela a rastras, aderezados de un cambio de mano personalísimo que desató los oles. A izquierdas punteaba más, pero Ortega, asentado, dibujó dos buenas tandas de cuatro y el de pecho. Oxigenó mucho al toro, y se oxigenó también el maestro, que regresó a la diestra con ese temple que no se olvida, aguantando incluso un parón. Quien tuvo, retuvo... Y Ortega Cano ha sido un figurón. Se perfiló para matar y lo cazó de media que pintó de blanco los tendidos, cubiertos en más de su mitad. Paseó una oreja, a ritmo de procesión, acompañado por su hijo pequeño, que gozó de lo lindo recorriendo el anillo.

El cante grande llegaría en el último toro de su carrera vestido de luces, bautizado como «Campiñero», negro y herrado con el 250, ideal para una despedida por hechuras y embestida. Ortega se atrevió con tres ceñidas chicuelinas y brindó a sus vástagos, que presenciaron emocionados la tauromaquia del padre. La derecha del prólogo, pronto y en la mano, dio paso a un cambio broncíneo. Pero fue al natural donde logró los momentos de mayor torería, como si torease al compás de esa canción que «la más grande» le dedicó: «La mano izquierda y el pecho por delante...» Con sentimiento, con el toreo en las yemas, entre las rayas, dibujó dos series de vieja naturalidad, con pases de pecho acariciando el lomo y el adorno de dos molinetes, con una trincherilla de cartel. «Su» plaza estaba volcada y aquello iba camino de un triunfo superior, pero el acero dejó el premio en una oreja, que otra vez paseó con su pequeño, al que alzó a hombros.

Excelente corrida

La corrida de Cuvillo posibilitó la gloria de los tres espadas. Noble y con clase, ofreció un juego excelente para la ocasión. Perera, muy variado con el capote, toreó a placer al boyante segundo, al que hizo de todo entre los plácemes del público. Valentísimo, en el arrimón final se dejó lamer la taleguilla y lo mató de un espadazo. Se ganó dos orejas. Otra más consiguió del notable quinto, con un astifino pitón derecho, al que toreó con media muleta a rastras.

Torería y naturalidad de Talavante en su labor al tercero, al que trenzó unas chicuelinas de salida y con el que prologó luego a dos manos. Su izquierda condujo el buen pitón con aplomo y templanza, con guiños al tendido en una estampa manoletista. Ni en las bernadinas cambiándole el viaje perdió su fijeza el cuvillo, al que arrancó las dos peludas. Obtuvo otra del sexto, en el que principió de rodillas y se marcó una arrucina. Se apagó algo más este ejemplar, pero la figura extremeña se entregó hasta cerrar con manoletinas mirando al tendido.

Faltaba el postre, el corte de coleta. Salieron sus tres hijos al redondel y fue Gloria Camila la encargada del histórico y emotivo momento, en medio de un maremágnum de flashes. Solo quedaba descorchar la puerta grande, que finalmente no hubo: Morenito de Aranda aupó a hombros a Ortega, pero al parecer, por respeto a la muerte de Dámaso, sus compañeros no querían salir en volandas y también dejar así la foto al protagonista. Con cara de cierto enfado, Ortega se marchó a pie, pero antes ya había regalado su vieja naturalidad en su última tarde...