BIENAL DE FLAMENCO DE SEVILLA

Rocío Molina conquista su Olimpo

La bailaora clausuró el baile de la Bienal de Flamenco con un obra-performance de cuatro horas de duración

La bailaora Rocío Molina junto a un cuadro de aficionados flamencos
La bailaora Rocío Molina junto a un cuadro de aficionados flamencos - ÓSCAR ROMERO
Marta Carrasco Sevilla - Actualizado: Guardado en:

No voy a intentar revelarles cómo fueron cuatro horas de una obra donde la performance y el espectáculo estaban a la par; donde la bailaora Rocío Molina conquistó el Olimpo del baile, no sólo por su increíble actuación, casi al límite de las fuerzas, sino por todas las sorpresas que se revelaron durante esas horas en las que cuatrocientas personas tuvimos la inmensa suerte de gozar de una propuesta inolvidable.

Rocío Molina
Rocío Molina- Ó. ROMERO

El idóneo escenario del teatro Central se modificó para el espectáculo. El público estaba situado en forma de "u», y además a la entrada del teatro se ofrecía una hoja de «instrucciones». En ella se nos indicaba que podíamos anotar un número de teléfono para, a través del Whatsaap, entrar en un grupo de chat con la bailaora durante la obra. Además, se repartieron una serie de linternas láser que utilizaríamos cuando la artistas no lo pidiera, y en el escenario había una mesa con un mini jack para conectar el móvil y que el espectador propusiera músicas. Se avisaba que se permitía salir y entrar, «podéis dormir y alimentaros si lo necesitáis», rezaba el papel. Y al final, en un post-it el espectador dejaría escrito en el vestíbulo del teatro el título que nos sugiriera la obra.

No entrábamos en un espectáculo al uso, y por supuesto no lo fue. En el escenario numerosas prendas, algunas puestas por los espectadores, que Rocío Molina iría utilizando. En una esquina, dos grandes pucheros de caldo de yerbabuena, que olían a gloria y que a las cuatro de la mañana se bebió el respetable. En la parte del cuadrado sin público, se situaban los músicos, y unas mesas con vasos de vino que los artistas, una vez terminada su participación, iban ocupando.

Puestos en situación, comenzaron cuatro horas de espectáculo que un reloj en dos grandes pantallas iban descontando, pantallas donde también aparecían instrucciones sobre cada instante de la obra.

Rocío Molina es una inmensa bailaora, pero vamos a hablar de momentos. El de la bailaora con el cante de Antonio Campos y José Angel Carmona y las palmas del Oruco. Pero hay más instantes. Salen dos hombres veteranos y se sientan en una mesa con la enorme guitarra de Rafael Rodríguez. Son Itoly de los Palacios y Nene Escalera. Sabor a peña, a flamenco de cuarto de cabales..., baila Rocío con el cante añejo por seguiriyas y cartageneras. Emoción.

Otro momento que nadie esperaba de los muchos que nos deparan. Sale vestida de amarillo, Lole Montoya con la guitarra de José Acedo. Canta «La mariposa blanca» y «Dime». Baila Molina, escalofríos entre el público. Momento sublime. Lole emociona y juntas el aire se parte.

Rocío Molina bailando con Lole Montoya al cante y José Acedo al toque
Rocío Molina bailando con Lole Montoya al cante y José Acedo al toque- ÓSCAR ROMERO

Otro momento: La Chana. Una mujer vestida de fiesta, traje negro y brillante y flor en el pelo. ¿Quien es?, preguntan. La Chana. Antonia Santiago Amador, la gitana catalana de baile racial, entra de la mano de Rocío: «vengo aquí a homenajear a esta gran artista» y se sienta en una silla, frente a otra donde se sienta Molina. Y empieza el delirio. La Chana, fiel a su genio y a su edad, baila sentada, zapatea y remata y el público se pone en pie como un resorte. Ambas bailan, mirándose cara a cara, y es el momentazo de la noche. La Chana dice, «no hemos ensayado, a ver que sale y dame fuerzas Dios mío».... El zapateado de la Chana nos alucina y Rocío le responde con respeto. La Chana en la Bienal... por fin.

Sale un técnico y entrega dos zapatos. La pantalla anuncia: «dos elementos entregados por Israel Galván», para que Rocío improvise. Uno es de barro, el otro se lo pone la bailaora. Con uno baila y el otro acaba partiéndolo.

Y de repente un hombre en escena, es la improvisación anunciada con artistas que estuvieran en la sala, a su gusto. Valeriano Paños y Rocío Molina hacen un impresionante paso a dos, de portés continuados y movimientos absolutamente hermosos, sin zapateados. A Paños le sigue Rafael Estévez, otra estética. Zapatea Rafael, zapatea Rocío. Son momentos hermosísimos de fraternidad entre artistas.

Rocío Molina
Rocío Molina- ÓSCAR ROMERO

Muchos instantes más, imposibles de relatar todos: el baile de Rocío Molina con el piano de Pablo Suárez; con el contrabajo de Pablo Martín Caminero o las guitarras de Rafael Rodríguez y Eduardo Trassierra. O cuando el cantaor José Angel Carmona coge el bajo eléctrico; o cuando dice Rocío: «necesito que alguien venga y me abrace», y Rafael Rodríguez va , «seré yo el primero», a quien siguen Rosario la Tremendita y muchos espectadores que rodean a la bailaora como si la protegieran. Luego el público propone músicas. Rocío baila y mientras, ella misma nos ha puesto un mensaje por Whatsaap: «voy a hacer esta maravillosa rondeña de mi Eduardo»...,«os quiero enseñar mi nueva soleá por bulerías».

Rocío Molina se ha roto el alma bailando. Ha bailado durante casi cuatro horas, haciendo zapateados imposibles, cambrés de tocar el suelo o movimientos tan contemporáneos como flamencos. No ha dejado el escenario ni un sólo momento y el baile no ha cesado. Un baile que no tiene parangón.

¿Cómo iba a terminar todo aquello? El reloj marca y faltan cuatro minutos. Rocío Molina mira al público y empieza a sacar gente al escenario. Les indica que bailen, y ella, abrazada a una mujer mayor, extranjera, que parece Pina Baush, baila... y todo parece irreal. Queremos bailar.... tres, dos uno, cero... Han terminado cuatro horas que han pasado como un suspiro. Estamos en el Olimpo de Rocío Molina.

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