Julio Manuel de la Rosa
Julio Manuel de la Rosa - ABC
OBITUARIO

El jersey de Cortázar

De tinta era la sangre de Julio de la Rosa, de tinta sus recuerdos, su alma, sus sueños. Leer y escribir, y volver a leer y seguir escribiendo: eso era su vida, su esencia, su ser y su tiempo

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«El mundo existe para llegar a un libro»
Stéphane Mallarmé

En doce trienios de oficio uno ha aprendido que los artículos necrológicos no deben escribirse en primera persona. Porque la visión autobiográfica posterga al muerto y lo relega a la condición de paisaje humano para la propia memoria. Pero en el caso de Julio Manuel de la Rosa me resulta imposible alejarme del tiempo compartido, del pellizco de la amistad, del vacío de la ausencia y, sobre todo, de una deuda adquirida. Una deuda mayor que la del alumno con uno de sus maestros: la deuda que cualquier hombre tiene con quien le cambió, con una frase, la vida.

«¿Te interesan unas prácticas en el Correo?». Finales de junio de 1980. Centro Español de Nuevas Profesiones. El estudiante de Periodismo, que acaba de terminar la carrera de Filología, se presenta el 7 de julio a unas oposiciones de profesor de Literatura de Bachillerato.

La frase de De la Rosa, profesor de Redacción Periodística, se convierte en una de esas encrucijadas que determinan el destino de una persona. Coste de oportunidad, lo llaman los economistas; en términos existenciales, simplemente una bifurcación de caminos. La certeza de que el que elijas va a determinar tu suerte, tu destino. El estudiante elige.

El 1 de julio aterriza en un edificio, ahora desaparecido, de la Carretera Amarilla. Los ojos muy abiertos, el miedo en la garganta, la actitud tímida. Y esa misma noche, ante la rotativa en marcha, un temblor en el estómago le dice que ya no hay vuelta atrás, que la suerte ha sido echada. Que ya no queda ni quieres que quede otra salida. Ni siquiera sé si se lo dije en alguna charla de paseo por el barrio, donde solíamos encontrarnos en Ochoa, ya cerrada, o en la visita suicida, ay, al estanco. Hay tantas cosas que se quedan por decir, o que se dicen tarde, acaso cuando ya no hay lugar más que para el llanto.

Julio Manuel de la Rosa Herrera, el tutor de varias generaciones de periodistas sevillanos, amaba el periodismo sin apenas haberlo ejercido salvo como excelente articulista. Lo enseñaba con una vocación torrencial, apasionada, de escritor puro, de letraherido sin remedio.

No vivía por ni para ni de la literatura, sino en ella. Dentro. Su sangre era de tinta, de tinta su alma, su mundo, sus recuerdos; de tinta su lenguaje, su conversación, sus sueños. Se sentía autor y personaje. Leer y escribir, y volver a leer y seguir escribiendo: eso era hasta el último día su esencia, su ser y su tiempo.

Había ganado de joven un premio cuyo jurado lo presidía Julio Cortázar. Palabras mayores: ningún aspirante a escritor puede conformarse después de ese lance. Del genio argentino se le quedó el suéter de cuello vuelto, el porte pausado, el fumar elegante, el mito de París, la afición al boxeo y al relato seco y corto, mágico y preciso.

De Vargas Llosa aprendió la estructura, el mecanismo de la narrativa; de Mailer, la exactitud del dato; de Azorín, la pulcritud lingüística. De Benet y de Caballero Bonald, su gran amigo en las veladas de Bonanza, la invención de un territorio alegórico —Etruria, el Aljarafe sevillano pasado por la Toscana— sobre el que levantar su propia realidad mítica: De Flaubert y de Faulkner, el compromiso absoluto, primordial, ético, litúrgico, imperativo, con la escritura como forma de vida.

De vida y de muerte: la obsesión terminal por el ritmo, la pelea a trompazos con cada palabra, con cada párrafo, con cada página; la lucha prometeica con el idioma, con sus misterios, con su música, el empeño autodestructivo de desangrarse a chorros sobre el folio para impregnarlo de legitimidad moral con esa cotidiana agonía.

Esa furia compulsiva, apremiante, por la literatura como volcán en erupción, como pasión insaciable (García Márquez), la transmitió siempre a su faceta de enseñante: para él, el periodismo era ante todo un desafío de lenguaje. Como la novela, que trabajaba con una autoexigencia minuciosa, lenta, delicada, perfeccionista como un orfebre obsesionado por los detalles.

La concebía con un rigor secreto, prolijo y hasta supersticioso, una severidad que lo convirtió en autor minoritario sin que esa condición pareciera jamás importarle. Le importaba el lector que llevaba dentro, el que no le hubiese perdonado una distracción en la construcción de la trama o un descuido que dejase al descubierto su andamiaje. Muchas veces hizo metaliteratura porque no tenía un modo mejor de conjurar sus demonios que quemarlos en el fuego de su propio ardor implacable.

En «Los círculos de noviembre» se inventó, o le dio nueva vida, a un barbero de Fernando Pessoa que tal vez sea su más logrado personaje: tierno, melancólico, dolorido, lúcido y amistoso contrapunto del novelista en el que acaso el propio Julio se espejaba dibujando el perfil gris de una ciudad lluviosa, eco de piedra y de memoria llorando en sus calles. La eterna, hermosa, seductora impostura literaria del hombre que es lo que lee antes que lo que intuye, siente o sabe.

Y siempre, en la novela, en el periodismo, en la propia existencia, una fe berroqueña en el poder demiúrgico, libertador, invencible de la palabra. Eso nos enseñó a tantos en aquel tiempo irrecuperable, en aquellos años sin excusa en que las palabras aún importaban.