Cultura

Bienal de Flamenco 2016: El flamenco de calle

La voz de Lole Montoya, el sollozo de Guillermo Manzano y la soleá de Torombo protagonizaron los momentos más destacados de la noche

La cantaora Lole Montoya, durante una de sus actuaciones en Sevilla
La cantaora Lole Montoya, durante una de sus actuaciones en Sevilla - ABC
LUIS YBARRA - abcdesevilla Sevilla - Actualizado: Guardado en:

Hay un flamenco que se queja sigiloso en las Tres Mil Viviendas. Un flamenco cuyo origen se encuentra en Triana y que poco aparece en los carteles. Su arte se presenta como una tabla de salvación ante la penuria. Una vía para escapar de las dificultades que se viven en el barrio. Y he ahí la labor de integración que realiza la fundación que luce el nombre de este espectáculo: Alalá, que en caló significa alegría. Anoche estos gitanos se reencontraron con la memoria de sus apellidos en uno de los corrales más emblemáticos del arrabal. Y mostraron la verdad que se esconde tras los ecos de corros y palmas.

Su gracia es más de calle que de micros. Por eso son tan auténticos. Porque Torombo lleva madrugadas de baile en la cadera. Abre las palmas de las manos y bebe de la pose faraónica de Farruco en la soleá. Emociona por forma y fondo. La Toromba, por su parte, gozó de una fuerza que no se superpuso a la claridad de sus pies en la escobilla de las alegrías. Y Guillermo Manzano se arrancó un jipío del pescuezo enlazando los sonidos secos de la fragua con seguirillas y cabales. Ahí salpica una sangre que adolece. Los tangos vieneron con el aire camaronero, tal vez demasiado, de Mari Vizarraga, las hermanas Joaquina y Carmen Amaya y la mágica rebeldía de Herminia Borja. Las rumbas, del fuelle casi apagado de Ramón Quilate. A las guitarras, dos correctos Eugenio y Miguel Iglesias.

Nunca es demasiado cuando se trata de belleza. Y la voz de Lole Montoya merece un párrafo aparte. La mítica artista del dúo Lole y Manuel llegó con una brillantez algo arañada por los años. Con una dulzura ligeramente astillada que es patrimonio inmaterial de la cultura lastimera. Su barrio la abrazó entre jaleos. Y ella repondió con sus letras de ensueño para rozar la plenitud musical.

Decía el periodista y flamencólogo José María Castaño que el secreto del duende solo se descubre por medio de las vivencias. Y es ahí donde estos gitanos encuentran su espacio. Las formas de algunos, a veces, se pierden en el misterio del escenario. Porque este flamenco viene de noches a pie de calle. El arte desconoce la perfección. Pero la verdad llegó a raudales.

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