La escritora norteamericana Edit Pearlman
La escritora norteamericana Edit Pearlman
LIBROS

«Visión binocular»: Edith Pearlman, «escritora de escritores»

Comenzó a escribir tarde y publicó su primer libro a los 60 años. Desde entonces, ha ganado premios y «amantes»

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Cuando en 2011 se publicó la antología + cuentos nuevos «Visión binocular» de Edith Pearlman (Providence, 1936) no hubo casi reseñista que no se preguntase cosas como «¿Dónde estuvo esta escritora todos estos años?» o, con mayor acierto y más culpa, «¿Dónde estuve yo todos estos años sin saber dónde estaba una escritora como Pearlman?» En su prólogo, Anne Patchett insistió en la misma cuerda. Después, no duda en equipararla a Updike y Alice Munro. El efecto de la publicación del libro tuvo, por fin, el efecto de un terremoto elegante ganando el PEN/Malamud Award y el «National Book Critics Circle Award» y resultando finalista del «National Book Award». Algo parecido a lo que sucedería cuatro años después con Lucia Berlin; pero con la alegría añadida de que Pearlman estaba viva para disfrutar del emotivo temblor y que hasta ha tenido tiempo para publicar otro magistral volumen de relatos, «Miel del desierto» (Alianza, 2017).

Los ojos de la infancia

Antes de todo lo anterior, Pearlman (escritora tardía publicando el primero de sus libros en su sexta década de vida y luego recibiendo varios de los premios más prestigiosos para una cuentista) era lo que se conoce, para mal o para bien, una «escritora de escritores». Aquello que, según apuntó Richard Ford, equivale a que «siempre tienes apuros económicos y sólo te leen tus colegas siempre y cuando les envíen tu libro gratis». Ahora es un secreto revelado y compartido.

Un efecto similar -de buscarse y encontrarse no un tema pero sí un sentimiento común a las treinta y cuatro piezas aquí reunidas- se percibe aquí. La inquietud que se experimenta al percibir la súbita y conmocionante proximidad de algo que hasta entonces se percibía como lejano y ajeno. Sucede con la apertura de «Dirección centro», donde padres e hijas se pierden primero para acabar encontrándose con un suspiro de alivio que es el mismo que suelta el lector. O en el relato que da título al volumen y donde una niña de diez años espía a sus vecinos con la ayuda de unos prismáticos y observa algo que no entiende del todo pero que, quien la lee y espía a ella, sí. En este sentido -en su reiterada maniobra de utilizar a los ojos de la infancia como los que más y mejor ven «el complejo mundo de los adultos»- Pearlman es una especie de Carson McCullers del Norte.

Rutinario y mítico

Pero Pearlman no se limita a quedarse en Estados Unidos o a la epifanía doméstica en prodigios de compresión, intensidad y profundidad novelesca como el matrimonial «Fidelidad». Pearlman también salta, con modales políticos, hasta Japón o Europa (para revisitar los efectos de la diáspora judía por el Holocausto) o Latinoamérica (en el formidable «Vaquita») aunque siempre regrese -en ocasiones siguiendo a los mismos personajes de un cuento a otro, el caso de la benéfica Sonya Sofrankovich- al ficticio barrio residencial de Godolphin en Massachusetts, funcionando un poco como el Shady Hill o el Bullet Park de John Cheever: un pequeño sitio donde comulgan lo rutinario y lo mítico.

«Las muchas maneras de adaptarse a algo es mi tema preferido», explicó Pearlman. Tal vez de ahí que el protagonista de «Colonizadores» se congratule por una cierta «flexibilidad» alcanzada casi al final de su vida luego de tristezas y frustraciones varias. Cabe pensar que algo así siente ahora Edith Pearlman -quien no posee tanto un estilo como sí una mirada- luego de décadas sin ser vista. Se lo merece. De igual manera en que nos merecemos el mirarla mirar: siempre desde un poco lejos, pero -respetándonos tanto- acercando todo lo que mira a nuestros ojos.