LIBROS

Sánchez Ferlosio o la luz de la mirada

El segundo tomo de los ensayos de Sánchez Ferlosio coincide con la edición que conmemora los 65 años de «Industrias y andanzas de Alfanhuí». Orfebrería poética y analítica

Ferlosio en la Biblioteca Casanatense (Roma, 2005)
Ferlosio en la Biblioteca Casanatense (Roma, 2005) - EFE/Antonio Rossi

Por cantarlo por metáforas, tiene este escritor dos cuerpos distintos, como se le atribuía al rey en aquella concepción medieval que majestuosamente desentrañó Kantorowicz: el cuerpo de la ficción y el cuerpo real. Están mezclados en Ferlosio el cuerpo literario y el cuerpo ensayista. Estas dos manos distintas forman, como la Trinidad, un solo don verdadero. Lo revela, a su manera, la frase de San Mateo del inicio del «Alfanhuí», puesta en ese libro hace 65 años: «La lámpara del cuerpo es el ojo. Si tu ojo es puro, todo tu cuerpo será luminoso». Ese es el asunto: la luz de la mirada. Ferlosio, al contrario de lo que él diagnostica de Lope, «nunca pierde el mundo delante de sus ojos». El ojo puro e inocente de Alfanhuí es el ojo crítico de los ensayos. Las dos miradas, resplandecientes, dan como fruto orfebrerías o hermosas «prosas poéticas», pero sobre todo la iluminación no narcisista de los sucesos.

Acaba de aparecer una nueva y preciosa versión, con ilustraciones de Asen Stareishinski, del «Alfanhuí» (Literatura Random House), orfebrería del ser literario de Ferlosio -un ser abandonado hace muchos años, abandono del que Benet dijo que era uno de los sucesos más desgraciados ocurridos a las letras castellanas-, un librito que canta algunos de los más hondos amores de Ferlosio: la palabra, los niños como la parte mejor de lo que somos, el campo o el universo rural que es otra infancia del mundo.

En las librerías está asimismo el tomo segundo de los «Ensayos» (Debate), que viene acompañado, de nuevo, de un hermoso subtítulo: «Gastos, disgustos y tiempo perdido». No debería extrañarle a nadie -y menos a él- que esa tarea sea un amor «malpagao», porque ese es el destino, o la paradójica ganancia, del ensayismo auténtico. Los ensayistas de verdad suelen encontrar acomodo incómodo en su tiempo. Este tomo segundo recoge los artículos «periodísticos» de Ferlosio de los últimos cuarenta años (varios de ellos, magistrales, publicados en ABC). Algunos, joyas literarias; otros, hitos de nuestra democracia (por simbólico, el célebre trompetazo del «gatazo» de «Cuestión de colores», de 1985).

Perro callejero

Del tomo primero al segundo el autor salta de la ontología a la calle, es decir, de las grandes categorías a los casos. Estamos no ante el Ferlosio de altos estudios eclesiásticos, sino ante el Ferlosio perro callejero, que va con su cachava y sus botas -de siete leguas- husmeando por las calles de la «polis» para cartografiarnos, a su peculiar manera, el «amplio y pantanoso foso» (Lessing) de las realidades. Con lo que este libro acaba siendo una especie de historia alternativa de España o radiografía peculiar de lo que somos.

El lector se sube al libro y va girando en un tiovivo panorámico por «sucesos nacionales» significativos. Por ejemplo, «La policía y el estado de derecho», «El caso Amedo», «La cultura, ese invento del Gobierno», el delicioso «Dos juras, o si yo fuera mujer», el más que profético «Discurso de Gerona», el ahora muy recomendable «Tres definiciones de la patria», el novedoso, revoltoso y valioso «Esas Indias olvidadas y malditas», o los dedicados a los toros en el «Interludio taurino», por citar los mínimos. Señalar también otra pequeña trascendencia: en el encabezamiento de uno de los apartados del libro encontrará el lector una de las dedicatorias más conmovedoras del castellano.

«Alfanhuí» canta algunos de los más hondos amores del autor: la palabra, el universo rural

Por resumir el sentido del libro: estamos ante el Ferlosio «flâneur» y «chiffonier», categorías de su querido Benjamin. Es decir, ante el «paseante», ocioso en apariencia, que recorre las calles recogiendo, como un trapero, los sucesos de nuestro mundo. Por supuesto, la recogida no es ingenua. Entre otras cosas porque el trapero/chatarrero hace su tarea de forma extraña: no recoge las chatarras inútiles que tira nuestra existencia política, sino sus más valiosos «tesoros»: la identidad nacional, la conciencia histórica, el españolismo, la conquista, los toros, la infumable santería de nuestra vida cultural con sus santones, las falsas sacralidades de la patria… Sobre ello extiende Ferlosio lo que Benjamin llamó «mirada depredadora». Es decir, una lupa penetrante e implacable.

Ferlosio le saca a nuestras pompas políticas su carácter «despótico», sus supercherías, infatuaciones, oportunismos, hojalatas, mareos y fraudes. Eso es el libro: desenmascaramiento de lo que nuestros supuestos tesoros tienen de quincalla. Por cierto, muchas de esas quincallas explican las aberraciones del presente.

El tomo es, por su diversidad y tipos de ensayo, un compendio. También un minicanon. No según la matriz de Adorno, por más que se nos venda esa idea. Ha habido -desde Bacon hasta Bense- teorizaciones mejores.

Cuatro apuntes. Primero, el ensayo es un parto de ideas. Y el ensayista, su partero. Eso es especialmente evidente en Ferlosio: se ve cómo palpa, mira y remira a la idea en feto, la gira, la manosea, la trae o la lleva -es decir, analiza, refleja, busca, encuentra o inventa- hasta que, cuando ya está esculpida, tira, con golpe seco, y la extrae casi completa. Segundo, el ensayo es, como su mismo nombre indica, intento, «experimento», actividad de experimentación del espíritu. Tercero, el ensayo contradice y combate las escatologías de la perfección. Es evidente que se miente o se engaña mediante perfecciones fingidas: lo hacen las utopías, que embellecen la imperfección real, y lo hacen las ideologías, políticas o no. Cuarto, el ensayo se alimenta de dos esencias: «espíritu de belleza» y «espíritu analítico». El ensayista es un «artista combinatorio»: dominio virtuoso del idioma y análisis virtuoso de razón. Combinatoria en la que Ferlosio es maestro.

Por supuesto, el ensayismo de nuestro autor no es perfecto: en su escalada al saber se apoya en presupuestos, convicciones, «dogmas», ángulos y perspectivas discutibles. Así que cabe rechazarlo, incluso categóricamente. Ahora bien, conviene saber que mucho de lo rechazable no viene de la visión de Ferlosio, sino de la naturaleza misma del ensayo. Por utilizar la grandiosa anotación de Goethe, lo que el ensayo ofrece es el objeto iluminado, no la luz.

Un sepulcro podrido

Este tomo es el cruento campo de batalla de una guerra eterna: la de la sospecha contra el engaño. La mente que sospecha y la trampa dolosa que, como un sepulcro podrido, se blanquea para presentarse como un dechado de inocencias. Lo dice un verso de Heine: «Sé que en secreto beben vino / pero en público predican agua». En eso el libro es Ferlosio puro: desenmascaramiento del poder que nos quiere ciegos, de la prepotencia que desprecia las razones, la falsa realidad de un teatro de marionetas, los turbios intereses revestidos de razón, las magias que hipnotizan, las palabras que producen alucinaciones, las frivolidades que narcotizan, las inmoralidades de la doble moral, las perversiones de la lógica del «negocio». En palabras de Nietzsche, «el idioticon de la felicidad».

«Gastos, disgustos y tiempo perdido» es un compendio. También un minicanon

La intensidad de esa lucha se refleja en un detalle: los enrevesados arabescos del análisis. Como el cazador que persigue a la presa, este filósofo furtivo -Ferlosio- lleva hasta la extenuación los laberintos de ese análisis. El esfuerzo busca cerrarle la salida al engaño, adelantándose a cualquier sofisma que pueda inventar para librarse de la bala que viene a matarlo. Esa lucha tan intensa destila lo que destila siempre: una ira correosa. Furia del mundo y contra el mundo, como Ferlosio confiesa en la magnífica entrevista de Arcadi Espada de hace un par de meses.

Ahora bien, como ya advirtió un famoso filólogo alemán, el ensayo nace de la intensidad del afecto, del amor o del rechazo. Por si eso no basta, puede añadirse el verso melancólico de uno de los gigantes del género, Heine: «Sin sentido es mi canto. Sí, sin sentido / como el amor, como la vida, / como el Creador con toda su creación». Esa es la maldición del crítico: el eterno retorno de lo putrefacto. Como a los viejos pistoleros, al ensayista le resucitan, una y otra vez, las malas yerbas que creía haber arrancado. Es esa furia la que lleva a muchos ensayistas a seguir otro camino: la sátira cruenta.

En movimiento

A pesar de insinuaciones o de sus aparentes parecidos, no creo que, de fondo, Ferlosio sea un ensayista a lo Kraus. Hay importantes diferencias de espíritu: no tiene el narcisismo, ni la saña, ni el instinto de ridiculización, ni el sarcasmo cáustico de Kraus, mucho más soberbio, despiadado y despectivo. Me parece que hay en Ferlosio un rechazo -casi pudoroso- de la sátira cruel. Es irónico, pero sin escarnio. Su crítica es, más bien, de aire cervantino, según lo resumió esplendorosamente Schelling al explicar el sentido del «Quijote»: «La lucha de lo ideal con lo real».

Así que puede resumirse todo lo dicho, y lo no dicho, con las hermosísimas palabras con las que Herder pintó el ensayismo de Lessing: «La forma de escribir de Lessing es el estilo propio de un poeta, es decir, de un escritor, que no ha hecho sino que está haciendo, que no se contenta con haber pensado sino que está pensando delante de nosotros... Parece ir colocándonos ante los ojos el motivo de cada reflexión, ya sea descomponiéndola en partes, ya sea agrupándola en su conjunto; salta el estímulo, se pone en marcha la rueda, una idea empuja a la otra, se aproxima la conclusión y emerge el producto de la reflexión... Su libro es un poema ininterrumpido, con saltos y episodios, siempre en movimiento, siempre en gestación, en progreso, en proceso de hacerse…». Parece bastante difícil describir mejor lo que son estos «gastos, disgustos y tiempo perdido» de Rafael Sánchez Ferlosio.

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