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La oveja y la tierra convertidas en alma

En el Distrito de los Lagos inglés, los pastores viven la vida de sus ancestros. Lo cuenta James Rebanks

Una de las fotos publicadas por Rebanks en su cuenta de Twitter (@herdyshepherd1)
Una de las fotos publicadas por Rebanks en su cuenta de Twitter (@herdyshepherd1)

Las manos de James Rebanks han nacido del barro, de los fríos amaneceres de otoño y de la niebla que a veces baja por la ladera de las montañas. Por eso las manos de Rebanks son como las raíces de un roble centenario: son gruesas y nudosas, y se puede decir que siempre han estado arraigadas al Distrito de los Lagos, un parque natural encajado entre el mar irlandés y los Peninos, al Norte de Inglaterra.

Al igual que las de su padre, y antes que él, las de su abuelo, las suyas son manos de pastor. Están endurecidas después de años de esquilar, castrar, desparasitar y zurcir. Han sacado al mundo a cientos de corderos. Han quitado decenas de vidas. Aún así, su apretón es delicado y preciso.

La explicación de esta aparente contradicción puede estar en la tierra. «Hemos modelado el paisaje, y él nos ha dado forma a nosotros», escribe Rebanks en «La vida del pastor», un ensayo que es una carta escrita a su padre moribundo, y a la vez una historia de amor dedicada a un lugar, a un modo de vida y a una familia.

Dolores de espalda

Con cariño y esmero, James Rebanks reconstruye un pequeño mundo amenazado con desaparecer y poblado por «personas olvidadas», y aparentemente insignificantes, que han esculpido los valles con su trabajo y que han creado una raza de ovejas, las Swaledale: un animal de patas gruesas, cara parcheada y vellón exiguo. En este universo mínimo, los pastores siguen usando los mismos senderos de montaña que sus abuelos recorrían. «Un vikingo entendería lo que estamos haciendo», escribe Rebanks, porque el ritual de pastoreo se ha repetido durante siglos.

Tanto tiempo que incluso las ovejas han aprendido hasta dónde llegan sus valles, de modo que ya no es necesario encerrarlas en cercas. Se dice entonces que están «asentadas»; en inglés, «hefted»: esta palabra define a la vez tanto al animal establecido como al propio lugar donde lo ha hecho, y sus raíces provienen del nórdico antiguo, «hefd» («tradición»).

Este matrimonio entre tradición y naturaleza no es un idilio ni una poesía romántica, puesto que James Rebanks apuesta en su historia por hablar de la mugre y de los dolores de espalda del esquilador.

«Un vikingo entendería lo que estamos haciendo», escribe, porque el ritual del pastoreo se ha repetido durante siglos

Pero si «La vida del pastor» destaca es por ser una historia de continuidad y arraigo que flota como un corcho en un mundo que se mueve y valora la autoinvención, las «startups» y los títulos de máster; donde los profesores piensan que los niños que quieren ser pastores son idiotas y «las personas están desconectadas del suelo». Así, frente al individualismo y al éxito, Rebanks habla de una realidad donde las potentes montañas y la pesada tradición hacen al hombre sentirse «insignificante».

Ambos mundos chocan en el Distrito de los Lagos, un parque natural habitado por 40.000 personas que recibe cada año a unos 6 millones de turistas. Todos ellos llevan riqueza a la región, pero en las páginas de Rebanks se percibe el temor de que ese frágil universo quede aplastado por los domingueros.

«La invisibilidad mata a las culturas», alerta. Después de estudiar Historia moderna en Oxford y de convertirse en asesor de la Unesco, hoy por fin solo tiene un oficio, el de pastor. En 2012 abrió una cuenta de Twitter. En una de las primeras fotos que subió, dos corderitos recién nacidos consiguieron 700 retuits. Hoy ya tiene 80.000 seguidores y se ha convertido en un «pastor tuitero» dispuesto a que su cultura y sus raíces sean menos invisibles.

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