Harpo, Groucho y Chico, en una escena de «Un día en las carreras» (1937)
Harpo, Groucho y Chico, en una escena de «Un día en las carreras» (1937)
ANIVERSARIO

Días, noches, conflictos y sopas con los Marx

Pese a los números musicales excesivos y los galanes sosos, las películas de Groucho y sus hermanos son una genial demostración de humor

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«El conflicto de los Marx» («Animal Crackers», 1930, Victor Heerman) no es la mejor película de los hermanos Marx, pero es –en mi opinión– donde Groucho creó al mejor personaje de su carrera: el capitán Spaulding. Su entrada triunfal en la fiesta que organiza Margaret Dumont en su honor, seguido de un buen número de porteadores, le vale para desplegar no sólo su carisma escénico, también para crear un número musical que no suspense la acción sino que la continúa como si fuera un diálogo entre él y los invitados; y sirve asimismo para demostrar sus extraordinarias dotes bailando y utilizando su cuerpo como un objeto volante no identificado, en medio de una tribu donde las apariencias van por delante y la verdad se oculta. Spaulding acaba de llegar y ya quiere irse porque se aburre o porque tiene prisa o por lo que sea, hasta que los hurras en su honor le hacen cambiar de opinión. Hay, además de momentos memorables, una débil trama sobre el robo de un cuadro y muchas secuencias dispersas en las que se construye una enorme parodia de la alta sociedad, de cómo uno necesita convertirse en explorador si quiere adentrarse en sus entresijos sin perderse o sin perder la cabeza.

No recuerdo si la primera película de los hermanos Marx que vi fue en la televisión o en el cine, si fue «Una noche en Casablanca» («A Night in Casablanca», 1946, Archie Mayo) o «Una noche en la ópera» («A Night at the Opera», 1935, Sam Wood). Durante años no fui capaz de distinguirlas, llevando gags de una a otra a la manera de un contrabandista, quizás construyendo su obra maestra mentalmente, sin incluir números musicales innecesarios ni demasiados desvíos amorosos, en busca de un destilado tan poderoso como el de los «cartoons» de Tex Avery o Chuck Jones. Con ellos tardé mucho en establecer rankings porque toda su obra me parecía demasiado unitaria como para desmembrarla. Es decir, o te gustaban o no te gustaban, o te quedabas con todo o te quedabas con nada.

Cumbres del humor

Luego, ya con el tiempo, «Una noche en la ópera» y «Un día en las carreras» («A Day at the Races», 1937, Sam Wood) se colocaron a la altura de los ochomiles en la Cordillera del Himalaya porque tenían eso que solemos llamar «el más difícil todavía». La primera dinamita con su famosa secuencia en el camarote del barco toda la leyenda vodevilesca que arrastran los Marx, convirtiendo un espacio cerrado y de dimensiones bastante reducidas en una visión absurda del mundo moderno, donde todo ocurre al mismo tiempo y a los mismos personajes, sin que se sientan en ningún momento confundidos o abrumados. Y la segunda coloca a Groucho delante de un tribunal de médicos ante quienes se quiere hacer pasar por un experto, hasta que lo pillan en una equivocación y él les responde: «ya lo sabía, ya lo sabía». Por supuesto, estas películas se beneficiaron del talento de sus guionistas y de una dirección más esmerada, permitiendo que los Marx improvisasen sólo hasta cierto punto, porque de la misma forma que podían dinamitar una situación y hacerla graciosa, también podían llevar el absurdo tan lejos que ya nadie fuese capaz de seguirlos.

«Sopa de ganso» («Duck Soup», 1933, Leo McCarey) fue lo más lejos que llegaron los hermanos Marx, desde mi punto de vista. No es que para hacerla tuvieran que renunciar a una parte significativa de sí mismos sino que tuvieron que centrarse más y dejar de lado sus melodías al piano o el arpa, sus correrías detrás de las chicas y la falta de dirección de su anárquico sentido del humor. Esta vez se trataba de la guerra entre países, sin más motivos que las sospechas, sin reglas, sin fin, hasta la victoria o la derrota final. Los hermanos Marx, por supuesto, salieron derrotados. La película fue un fracaso en taquilla, aunque luego Hitler les diese la razón, y ellos tuvieron en adelante que volver a realizar su número de siempre, que era el que le gustaba al público. Groucho y sus hermanos fueron demasiado para su tiempo, por eso hoy nos siguen pareciendo, incluso a rachas, en sus películas más desiguales, una fuerza de la naturaleza. No es extraño quesu influencia impactase en los monty Python, en el último Luis Buñuel, en Woody Allen, en los hermanos Coen o en Jim Carrey.