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«El carbonero», sangre en las manos

Carlos Soto pone en pie una truculenta venganza rural. Una novela con ritmo e intensidad, pero fallida

Carlos Soto Femenía, autor de «El carbonero»
Carlos Soto Femenía, autor de «El carbonero»

Pueden los lectores orientarse sobre el estilo y trama de esta novela si digo que la situaría en el cruce entre «Intemperie», de Jesús Carrasco, y «Tarde para la ira», la excelente película de Raúl Arévalo. Aunque también advierto que hago la comparación no por la calidad, pues la novela de Carlos Soto está bien por momentos y la encuentro digna, pero resulta fallida, no alcanza el nivel artístico requerido, al no haber sabido resolver la intensidad de la trama, desvaída y artificialmente solventada.

Con «Intemperie» comparte la localización rural y un cierto regusto en la arcaica reconstrucción de un mundo ya clausurado, que se persigue tanto en la selección del léxico como en los objetos y oficios: el de buhonero; la sitja en la que se fabrica el carbón, los pozos de nieve, el estraperlo que desata el conflicto; personajes como la señora y el señor en su casa solariega; una Mallorca aldeana donde se sitúa una historia que nos sirve una truculenta trama, apoyada en la serie de asesinatos que son consecuencia del crimen primero, cuando un hachazo parte la cabeza de una mujer. El charco de sangre es visto por el hijo de siete años, Marc, que cuando ya es un adulto joven dedica su tiempo y energía a hallar a los culpables e inicia una venganza que no escatima escenas de violencia extrema, tan sangrientas como las que sufrió la madre y originó el conflicto.

La violencia no se reduce con paliativo alguno. Hay dedos cortados y torturas minuciosas

La novela de Carlos Soto Femenía (Palma de Mallorca, 1966) tendría tres estratos. El primero, más original, nos introduce en las atmósferas rurales, posee una indefinición perspectivística asociada a la mirada del niño, y mezcla elementos racionales y de sueños. Aunque su inventiva está servida con un lenguaje eficaz, enfatiza la dimensión arcaizante y adolece de un cierto regusto relamido en las evocaciones campestres. Por lo menos está trabajada.

El segundo estrato coincidiría con el momento en que se acentúa el ritmo y se inicia la venganza. Marc es aquí despiadado y resuelto, su violencia no se reduce con paliativo alguno (como le ocurre a la película de Arévalo). Hay dedos cortados y torturas minuciosas. Están bien descritas las secuencias y el ritmo narrativo de esta serie de venganzas se ha conseguido, pero la novela evita plantearse la fácil impunidad con la que los crímenes son ejecutados, algo que, en un mundo tan pequeño y con la Guardia Civil tan controladora y ojo avizor, no sé yo si resulta creíble. Es como si Marc no tuviese contrincante alguno para cebarse en la ejecución de su designio vengador.

Juego reflexivo

El tercer estrato, dedicado a una convalecencia por haber resultado Marc herido, introduce la historia del buhonero y la mezcla de los sentimientos de Marc hacia la hija de este, en un conflicto que podría haber dado mucho más juego reflexivo (en la contraposición entre venganza y amor) que el que obtiene. Por desgracia, su resolución se entretiene en vericuetos que rompen el ritmo alcanzado anteriormente y por momentos queda el lector deseando que termine.

A este inconveniente se suma otro: no ha sabido resolver la trama amorosa y el triángulo que forma con las dos mujeres, Aina y Joana, que en la novela están apareciendo en una dialéctica cruzada que no ha conseguido casarse con la trama principal, como si se tratase de un adyacente de menor rango. Sin embargo, a pesar de haber resuelto mal algunos elementos señalados, la novela tiene otros ingredientes, como el ritmo de su prosa y el ejercicio descriptivo, que revelan a un escritor atento.

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