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Francesco Clemente: «Mis cuadros van atados a los cambios de mi vida»

El pintor italiano habla desde su estudio en Nueva York de su vida, de su obra y de la mezcla de identidades que alimentan su espíritu

Francesco Clemente, en su estudio de Nueva York
Francesco Clemente, en su estudio de Nueva York - ABC
ELENA CUÉ - Actualizado: Guardado en: Cultura , Arte

Lanzado a la fama a comienzos de la década de 1980 por la transvanguardia italiana, la obra de Francesco Clemente (Nápoles, 1952) ha transcurrido en un estilo indeterminado, enigmático, en una continua transfor- mación y fluir. El punto de inflexión que condicionó toda su trayectoria fue su iniciático viaje a la India durante la década de los 70, donde encontró la reconciliación espiritual. Clemente tuvo la sabia intuición de instalarse en Nueva York, donde ha desarrollado el núcleo de su obra. Gran parte de la producción pictórica de Clemente es figurativa, a través de retratos, cuya atmósfera fantasmal nos revela una visión de naturaleza transcendental. Esta mezcla de raíces culturales, donde Oriente y Occidente se encuentran es lo que le da su toque más personal.

Desde su estudio en Nueva York abordamos su vida y su obra.

Me gustaría empezar preguntándole por su juventud. ¿Cuál fue su experiencia en Italia, teniendo en cuenta la agitación política al comienzo de su trayectoria artística, con el terrorismo de las Brigadas Rojas, el conflicto social…?

—Si se refiere usted a la década de 1960, estamos hablando de mi adolescencia, y lo que me viene a la mente es el aburrimiento. Soy muy afortunado, porque viví una época en la que uno podía aburrirse inmensamente. Pienso que sin el aburrimiento uno no puede sacar ideas nuevas de la cabeza. De ahí pasamos a los años setenta. Sí, la mía fue la última generación marxista. Y la de 1970 fue también la última década que produjo ideas, y algunas de esas ideas siguen siendo valiosas para mí. Soy un gran admirador del libro de Debord, «La sociedad del espectáculo». Hay aquí en el estudio una bandera que muestra una cita del libro, un libro profético...

Y en los años setenta viajó usted con Boetti a Afganistán y después a India…

—Con Boetti viajé a zonas remotas de Afganistán. Llegamos al Pamir, el cruce de caminos entre Pakistán, China y Rusia. Está en la punta de Afganistán. Fue toda una osadía, pero por aquel entonces podía hacerse.

Y abrió un estudio en Madrás. ¿Qué buscaba en India?

—Sentía que la historia me había llevado a un callejón sin salida. No veía hacia dónde ir. De modo que decidí que mi trabajo se basaría en la geografía, no en la historia. La primera vez que fui, no sabía nada de India.

¿Qué le interesó más de la cultura hindú: el aspecto más sensual con su cromatismo, el aspecto corpóreo… o prefiere el lado espiritual?

—Ese es un dilema occidental: espíritu frente a cuerpo. Pero incluso en Occidente, en la tradición alquimista, dicen que deberíamos espiritualizar la materia y materializar el espíritu. De modo que buscaba la reconciliación.

También ha colaborado usted con artistas hindúes, y he visto aquí, en su estudio, que sigue trabajando con ellos. ¿Qué le aporta el proceso de creación conjunta?

—Bueno, creo que la descripción más precisa de nuestra conciencia es la continuidad de la discontinuidad. De modo que con mi obra indico el hecho de que tenemos un yo fragmentado, y me interesan los vacíos que separan nuestros diferentes personajes. Muchas de estas ideas pueden hallarse en las tradiciones contemporáneas de Oriente. Todas esas tradiciones hacen referencia a esto.

Usted fue una de las principales figuras del movimiento de transvanguardia en la década de 1980, cuando se defendió de nuevo la pintura como reacción contra la vanguardia inmaterial. ¿Cómo recuerda usted este cambio?

—Pienso que esos años fueron una ventana de libertad y aventura, que no duró mucho. Hoy nos enfrentamos a un estilo internacional que es de alguna manera muy neutral y muy académico, si se quiere. Y de nuevo, tuve mucha suerte de estar en el lugar adecuado y en el momento adecuado.

¿Qué lo llevó después a apartarse del movimiento?

—No era realmente un movimiento. Pienso, de hecho, que toda esa generación de artistas carecía de formación teórica adecuada y a nadie le importaba realmente. Así que había unas cuantas etiquetas, ya sabe, el neoexpresionismo, la transvanguardia… pero todas ellas no eran más que etiquetas. Se trataba más de una sincronía de varias personas en diferentes partes del mundo que volvían a hacer arte basado en la vida, no en otro arte.

Cuando mira las pinturas de aquella época, la explosión de sentimientos y la expresión de deseo, sueños y fantasía, ¿se reconoce a usted mismo?

—Estoy en una silla vacía… No tengo un yo que reconocer.

¿Qué me dice de su colaboración con Basquiat y Warhol, dos de los artistas más representativos de la escena neoyorquina en la década de 1980?

—Pienso que las razones de la obra son más importantes que su apariencia, así que estoy muy orgulloso de haber hecho estas colaboraciones, porque muestran que las intenciones son más fuertes que la apariencia. Me refiero a que, a simple vista, estas tres obras son muy diferentes entre sí, pero de algún modo están unidas por todas las cosas que no nos gustaban, no por las que nos gustaban. Tengo gratos recuerdos porque personalmente me gustaban enormemente estos dos artistas. Me sentía muy cerca de ambos. Los echo de menos a los dos. Podrían seguir vivos… sigue siendo su tiempo.

¿Cubre el arte todas sus necesidades espirituales?

—No, rezo todos los días. El arte es una forma de dar, no una forma de recibir. Uno no recibe del arte, le da al arte. Pero también es necesario dar.

¿Cuáles han sido sus principales obsesiones?

—Mis obsesiones están renovándose constantemente. Me muevo de una obsesión a otra. Pero en mi campo, la obsesión no se considera un trastorno; se considera una necesidad.

La mayoría de sus retratos son impenetrables. ¿De qué hablan sus rostros?

—La vida eterna, tal vez.

¿Es usted también impenetrable?

—Me han dicho tres veces, tres personas diferentes, que les recuerdo al humo. ¿Es impenetrable el humo? No lo sé. Difícil de atrapar, sin duda.

Ha habido muchos cambios en su trayectoria artística, así como en sus técnicas. ¿A qué se debe tanto movimiento, tanto cambio?

—Desde el principio mi intención era no anclarme en una situación determinada, o en un estilo determinado. Al mismo tiempo, esa es mi virtud, porque significa que todo lo que hago es nuevo, y mi debilidad, porque estoy constantemente empezando, lo que significa que nunca sé qué estoy haciendo. Además, el objetivo de mi obra es recordarle al espectador la necesidad de ser fluido, de estar en un estado de transformación constante.

Sus cuadros son muy enigmáticos. ¿Qué significan para usted?

—Mis cuadros son enigmáticos, la vida es enigmática. Todo es un enigma, todo es un misterio. Hay una hermosa cita en un cuadro de Chirico que dice en latín: Et quid amabo nisi quod aenigma est? (¿Y qué amaré, sino el enigma?).

¿Descubre algo sobre usted mismo durante el proceso de creación de sus cuadros?

—La ventaja de hacer algo a mano es que nunca haces lo que tienes intención de hacer, de modo que tienes que adaptarte a las circunstancias. En ese sentido, tienes que permanecer abierto todo el tiempo, y disgustado, lo cual es una buena lección para la vida.

¿Reconoce en qué estado se encontraba usted en el momento de pintar?

—Sí, mis cuadros van atados a los cambios de mi vida y van atados a una sensación de sincronía. Creo en la sincronía. Mire, el ejemplo más sencillo de sincronía es pensar en alguien, volver una esquina y ver a esa persona. Estoy muy en contacto con ese tipo de resonancia y simetría en la vida, en el que las cosas ocurren por sí solas, ocurren en grupos. Todas se chocan entre sí. Yo soy un oyente… escucho la armonía de la vida y la traduzco en mis cuadros.

¿No es su pintura un baile fantasmal?

—Sí, y definitivamente me siento todo el tiempo como un fantasma. No quería sentirme demasiado real.

¿Cómo se relaciona usted, que ha nacido y se ha educado en Nueva York, que ha vivido una intensa experiencia en India y que ahora vive en Nueva York, con su identidad? ¿Quién es usted, entre estas tres fuertes identidades?

—El objetivo es no ser prisionero de ninguna de estas tres identidades. El espacio que realmente quiero habitar es el que existe entre todas estas identidades. Desde cada lugar, quiero recordar y anhelar el otro. No quiero pertenecer a ningún lugar, en realidad.

¿Necesita encontrar la inspiración mientras viaja, o es algo que no busca? ¿Quizá es como dijo Picasso, que la inspiración tiene que encontrarlo a uno trabajando?

—Una cosa lleva a la otra. El único obstáculo de la vida somos nosotros mismos. Si nos eliminamos a nosotros mismos de la imagen, no hay nada que podamos hacer.

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