Roger Waters, durante el concierto
Roger Waters, durante el concierto - INÉS BAUCELLS

Roger Waters restaura la memoria de Pink Floyd en Barcelona

El británico estrenó el tramo europeo de su nueva gira con un festín de clásicos

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No hubiese desentonado anoche, entre las nebulosas envolventes, las lunas lamiendo los cogotes de los músicos y esos solos de guitarra como salidos de la sonda espacial Mars Express, un gigantesco letrero de neón en el que parpadease sin descanso algo así como «This is Pink Floyd». Una obviedad, sí, pero que ayuda a subrayar el papel de Roger Waters como ideólogo, albacea y, sobre todo, cerebro de aquella banda que puso la guinda progresiva al pastel psicodélico y cuya historia lleva varios años reescribiéndose a golpe de pleito y excursiones al juzgado.

El nombre del grupo quedó en manos de David Gilmour, sí, pero es Waters quien, noche tras noche, se encarga de velar por el legado y las señas de identidad de la banda británica, tal y como demostró ayer en el Palau Sant Jordi. Incluso ahora que se ha animado a publicar «Is This The Life We Really Want?», su primer trabajo en veinticinco años, la percha que sostiene esta gira que arrancó en Barcelona su tramo europeo son aquellas canciones que,con mención especial al onmipresente «The Dark Side Of The Moon», configuraron ese canon estético al que el punk juró odio eterno.

Ahí estaban, sin ir más lejos, los ritos mecánicos de «Welcome To The Machine», la oscuridad con pedigrí de «The Great Gig In The Sky», los paisajes lunares recorriendo una gigantesca pantalla ultranítida, el sonido asombrosamente envolvente -sólo Waters es capaz de hacer que el Sant Jordi suene así-, el primer aliento de «Breathe» el pellizco maquinal de «Time»... Y eso sólo en la primera media hora. Así que si aquello no era Pink Floyd, se le parecía bastante.

Actualidad y denuncia

Arropado por media docena de músicos y dos coristas, el británico no se olvidó de su último trabajo -de hecho, todos fueron citas a su pasado más remoto o a su presente más inmediato- y exhibió músculo y denuncia en «Picture That» y «The Last Refugee». Un latigazo de actualidad que, sin embargo, quedó eclipsado por los primeros acordes de «Wish You Were Here», canción que Gilmour y Waters le dedicaron en 1975 al malogrado Syd Barret y que sirvió anoche para regresar al túnel del tiempo y retomar la senda de los grandes éxitos. Era el turno de los efectos especiales, de la quincena de figurantes enfundados en monos como de presos de Guantánamo bajo los que se escondían camisetas con el lema «Resist» y, en fin, de la electricidad turbia y catártica de «The Happiest Day Of Our Lives» y «Another Brick In The Wall Pt.2», guiños airados a ese «The Wall» que, cuatro décadas después, sigue sin acabar de derrumbarse.

Un intermedio de veinte minutos destempló ligeramente al público, pero la espera mereció la pena: ahí estaba la fábrica (y también un par de cerdos voladores) de la portada de «Animals» materializándose encima de la pista, mientras en el escenario se retorcían las extenuantes «Dogs» y «Pigs (Three Different Ones)» y la pantalla se despachaba a gusto con Trump. A partir de ahí todo fue rodado, con «Money» y «Us And Them» afilando la crítica, «Smell The Roses» lanzando un cabo al presente, y «Brain Damage», «Mother» y «Comfortabily Numb» rubricando una vistosa y contundente maniobra de restauración.