El zapato que una de las víctimas dejó a su entrada a las cámaras de gas, pensando que iba a ducharse y lo recogería al salir. La exposición está en Madrid hasta el 17 de junio
El zapato que una de las víctimas dejó a su entrada a las cámaras de gas, pensando que iba a ducharse y lo recogería al salir. La exposición está en Madrid hasta el 17 de junio - Efe

Auschwitz: «Ocurrió. Y puede volver a ocurrir»

Madrid es la primera y única parada en España de «Auschwitz. No hace mucho. No muy lejos», una exposición que muestra a través de 600 objetos y documentos inéditos la historia del campo de concentración más letal del Estado nazi

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Para los nazis, Freda Wineman había cometido un delito: ser judía. Tenía 20 años cuando, en 1944, fue detenida en Francia junto a sus padres y hermanos. Un mes después cruzaba junto con otro millar de judíos el arco de ladrillo rojo que daba paso a Birkenau, una de las tres zonas en las que se dividía Auschwitz, el campo de concentración de mayores dimensiones de todo el Estado nazi y el más letal –1,1 millones de personas fueron asesinadas en él–. Cuando se abrieron las puertas del vagón, Freda creyó que había llegado al infierno. «¡El olor! ¡Qué olor más espantoso!». Una mujer joven puso un bebé en los brazos de la madre de Freda mientras hacían dos filas: hombres a un lado, mujeres y niños a otro. Freda se puso junto a su madre, pero un médico de las SS envió a la joven a la fila de los hombres. «¡No me separarán de mi madre!», gritó ella. Él dijo, como si nada: «Tu madre cuidará de los niños y tú irás con los jóvenes». La madre de Freda tenía solo 46 años.

Mientras su madre se alejaba con el bebé, David, el primogénito de la familia, pensó que sería mejor que el hermano pequeño, Marcel, fuera con ella. Como tenía 13 años y estaba en el límite de edad, a las SS no les importó el cambio. Sin saberlo, David envió a su hermano a la muerte. Acababan de participar en un proceso de selección en el que los médicos de las SS decidían en cuestión de segundos qué personas morían de inmediato y quienes podían seguir, de momento, con vida.

Una máscara de gas de la exposición
Una máscara de gas de la exposición - Jesús Varillas (cortesía Musealia)

«¿Cómo pudo ocurrir que las normas de la moralidad se invirtieran de un modo tan inenarrable que mandar a un hermano con su madre pudiera causarle la muerte, o que una joven no pudiera sobrevivir salvo renunciando a su bebé?», se pregunta Laurence Rees, director creativo de la BBC y experto en el nazismo, en el prólogo de su último libro, «El Holocausto» (ed. Crítica), fruto de 25 años de investigación sobre este genocidio.

Hasta ahora, el mejor modo de comprender la magnitud de lo ocurrido era viajar hasta el museo que se levanta sobre las dependencias del propio campo de Auschwitz. Pero, por primera vez en la historia, una trocito de aquel gran cementerio recorrerá las principales capitales del mundo a través de una colección de 600 piezas –muchas nunca antes mostradas al público–, documentos y material audiovisual inédito que llevarán al visitante a reconocer durante un mínimo de cuatro horas el dolor de las víctimas y reflexionar sobre la compleja realidad de aquel lugar. Hasta el 17 de junio permanecerá en Madrid, su primera y única parada en España. Bienvenidos a Auschwitz. Algo que ocurrió «No hace mucho. No muy lejos».

La criba inicial

Un vagón original de la compañía nacional alemana de trenes, la Deutsche Reichsbahn, en el que viajaron miles de judíos rumbo al exterminio, da la bienvenida a la exposición, en la puerta del Centro de Arte Canal. De los 1,3 millones de personas deportadas en vagones como ese a Auschwitz, solo se registró en el campo a 400.000. El resto fue gaseado y quemado pocas horas después de bajarse del vagón, como le ocurrió a la madre de Freda, al bebé y a Marcel. Una lata de gas Zyklon B, utilizado en las cámaras de gas, o una reproducción a escala real de la puerta de los crematorios 2, 3, 4 y 5 del campo también se harán las encontradizas con el visitante durante el recorrido.

El efecto del Zyclon B: «El gas subía desde el suelo y se producía una refriega espantosa en la que los más fuertes trataban de encaramarse a más altura. Por eso los niños y los ancianos acababan en el fondo»

Superar la criba inicial no aseguraba la supervivencia. La vida en los campos era extrema. El uniforme estaba infestado de piojos –varias prendas recuperadas se muestran en la exposición– y vivían en barracones insalubres, sin ventilación ni aislamiento de las temperaturas extremas, y tan solo con un orinal para cientos de personas. El espectador no tendrá que imaginar más cómo sería vivir así: los organizadores han logrado trasladar hasta Madrid un barracón originario de uno de los subcampos que formaban el complejo Auschwitz.

Un 50 % de los prisioneros que no fueron gaseados fallecieron a causa del hambre, el trabajo extenuante –muchos eran alquilados a empresas privadas que pagaban una cantidad simbólica a los nazis– las ejecuciones, torturas, enfermedades y epidemias.

El zapato rojo

Cuentan los comisarios de la exposición que, además de los vagones de tren, hay otros elementos que han adquirido una importancia particular en la memoria colectiva de Auschwitz. Son los zapatos: «Es el objeto que más impacta, porque nos habla de muchas cosas. Del engaño, porque se pedía a las familias judías que guardaran sus pertenencias ordenadamente para recogerlas mejor tras su paso por la ducha, y de la esperanza, esa que salvó en ocasiones a muchos prisioneros y que también llevó a cientos de familias hasta las cámaras de gas sin oponer resistencia», asegura a Alfa y Omega Luis Ferreiro, director de la exposición itinerante. Fueron los propios prisioneros, organizados en equipos especiales llamados Sonderkommandos, los que clasificaron los miles de zapatos, material de higiene, gafas, correspondencia o incluso latas de leche condensada, que los judíos entregaban a su llegada pensando que los recuperarían después, pero que en realidad se venderían a los colonos de etnia alemana de la Polonia anexionada. También el pelo de los muertos se remitía al Ministerio de Economía del Reich para que fuese empleado como materia prima en la producción industrial.

La resistencia

Otra de las tareas de los Sonderkommandos, cuyos testimonios inéditos se podrán escuchar durante varios tramos de la exposición, era ayudar a deshacerse de los cadáveres. Cargaban carretillas diariamente y llevaban a los muertos hasta las incineradoras. Filip Müller, miembro de este equipo especial, recuerda cómo «el gas empezaba a subir desde el suelo y se producía una refriega espantosa en la que los más fuertes trataban de encaramarse a más altura. Era una lucha instintiva. Por eso los niños y los ancianos acababan en el fondo. Porque, en aquella lucha a muerte ni los padres si quiera se daban cuenta de que tenían debajo a sus hijos». La capacidad máxima de cremación llegó a ser de 10.000 personas al día.

«Recuerdo cómo estiraban la vagina de las mujeres y sacaban el útero con fórceps mientras yo sacaba fotos. En muchos casos esas mujeres morían por inyección letal»

Las SS mantuvieron a los prisioneros del Sonderkommando aislados del resto de prisioneros. Pero ellos se las ingeniaban para informar de los asesinatos a la resistencia polaca de fuera del recinto. En 1944, Alberto Errera ocultó una cámara en el pantalón y tomó cuatro fotografías del crematorio 5. En septiembre se hizo llegar a Cracovia el carrete, dentro de un tubo de dentífrico. Aquellas fotos, expuestas en Madrid, dan fe de la catástrofe. Alberto trató de escapar un mes después, pero fue apresado y torturado por las SS, que exhibió su cadáver mutilado en la entrada del campo a modo de advertencia y venganza.

Lugar de experimentación médica

Auschwitz, recalca Rees en su libro, cumplía «una diversidad de funciones dentro del Estado nazi, más allá del exterminio». Una de ellas fue la investigación médica. Allí estaba el más infame de los médicos, el doctor Josef Mengele, que llegó al campo en 1943, con 32 años. Dispuso un barracón específico para trabajar con mellizos. Mientras uno de los hermanos servía de control, el otro sufría torturas médicas. Si uno de ellos moría en la mesa quirúrgica –una de las mesas se muestra en la exposición– mataban al otro con una inyección de fenol para realizar autopsias comparadas.

Imagen de la exposición
Imagen de la exposición - Pablo Á. Mendivil (cortesía Musealia)

No fue el único médico que hizo experimentos. Carl Clauberg o Horst Schumman realizaron estudios sobre la esterilización. Wilhem Brasse, preso político de formación fotógrafo, fue el encargado de inmortalizar las sesiones médicas. «Recuerdo cómo estiraban la vagina de las mujeres y sacaban el útero con fórceps mientras yo sacaba fotos. En muchos casos esas mujeres morían por una inyección letal». Otros experimentos consistían en dar dosis masivas de radiación para probar qué impacto tenían los rayos X, inyectar químicos en los ojos para cambiarlos de color o hacer ensayos eutanásicos. «En una de mis visitas a la enfermería me sacaron tanta sangre que ni siquiera reconocía a mi madre cuando, aquella noche vino a verme al exterior del barracón. La piel se me llenó de llagas y dejé de ver. Tenía cuatro años», recuerda Lidia Maksymowicz, superviviente del Holocausto.

El visitante se despide tras varias horas asfixiantes con el testamento del escritor Primo Levi, superviviente del letal campo de exterminio: «Ocurrió. En consecuencia, puede volver a ocurrir. Esto es la esencia de lo que tenemos que decir. Puede ocurrir, y puede ocurrir en cualquier lugar».