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Ni estudian, ni trabajan

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Ni estudian, ni trabajan

Según estimaciones del tercer trimestre de 2009, unos 16.561 gaditanos entre 15 y 29 años están en la bolsa de población que ni estudia, ni trabaja, ni está apuntado al paro, ni recibe ayudas de la Administración y tampoco tiene incapacidad

06.12.09 - 00:22 -
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El modelo a seguir por la juventud española hace cinco años no era otro que el de Pocholo. Los medios de comunicación exportaron un icono juvenil capaz de vivir la vida a todo tren pero sin dar palo al agua. Su único horizonte era pinchar discos por la noche. Fue un modelo que caló hondo en la sociedad gracias a su espíritu aventurero, fresco y rebelde. En la década de los 80, el ejemplo de referencia para los jóvenes de la época fue Mario Conde, un abogado del Estado que llegaba a lo más alto del mundo financiero. Se juntaba el lujo con la ambición y el poder. Todo un cóctel molotov para una sociedad que entraba en los noventa con ganas de pegar el pelotazo. Ahora, la crisis ofrece la versión más cruda de quienes nacieron a mediados de los noventa y han crecido rodeados de una situación económica boyante bajo el paraguas de la Playstation, la pantalla de plasma y el Windows. La denominada Generación Y pasa ahora a denominarse Generación Ni-Ni, que ni estudia ni trabaja. Es la generación de la apatía, del desánimo y del pinchazo de una burbuja de ficción. Son jóvenes de entre 15 y 29 años que han visto como el alto nivel de vida de sus padres y el suyo propio, todo guiado por el afán de consumo, están ahora por los suelos. No tienen interés ni ilusión. La prueba de este fenómeno social se encuentra en los datos de la Encuesta de Población Activa (EPA). Según estimaciones del tercer trimestre de 2009, unos 16.561 gaditanos de entre 15 y 29 años están en la bolsa de población que ni estudia, ni trabaja, ni está apuntado al paro, ni recibe ayudas de la Administración y tampoco tiene incapacidad. Es lo que se ha bautizado como Generación Ni-Ni. La aparición de estos fenómenos sociales son cíclicos y coinciden con los periodos económicos.
El sociólogo Joaquín Susino reconoce que la «apatía juvenil» es evidente ante una situación de ruptura de las relaciones laborales y de crisis. En su opinión, «el modelo que se ha exportado desde la televisión y la permisividad de los padres tiene mucho que ver con la situación que atraviesan algunos jóvenes».
José Luis Lagostená es un joven de 17 años de La Isla, que ha perdido la esperanza de encauzar su vida a corto plazo. Acabó la Educación Secundaria Obligatoria (ESO) pero suspendió dos veces el último curso y ahora tendrá que esperar un año hasta cumplir los 18 para poder matricularse en el curso de adultos. De momento, ni estudia ni trabaja.
Unos padres permisivos
La provincia cuenta con una población activa de 254.571 personas que tiene entre 15 y 29 años, pero están inactivos. Según un informe de la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económicos (OCDE) de 2006 sobre la juventud europea, los jóvenes han empezado a mostrar los síntomas de la apatía y la desilusión por el futuro. El informe reconoce que mucha culpa de esta situación la tienen los padres, «que son ahora demasiados permisivos».
La psicóloga gaditana Esmeralda Vázquez suscribe las conclusiones del informe. En su opinión, ha aumentado el número de alumnos «que salen de la ESO sin ganas de seguir estudiando y, menos aún, con interés por trabajar». Incide en que muchos de los alumnos que siguen con los libros «lo hacen por obligación». Según la psicóloga, la clave está en la educación que han recibido. «Han sido educados en la cultura del todo vale y a tener todos los caprichos sin esfuerzo alguno».
Reconoce que se ha llegado a una sociedad cómoda donde los jóvenes idolatran a personajes como Ronaldo, «que su único talento es jugar al fútbol y ganar dinero».
La crisis ha venido a acentuar la incertidumbre en el seno de una generación que ha crecido en un ámbito familiar de mejora continuada de nivel de vida y que ahora ha sido confrontada al deterioro de las condiciones laborales: precariedad, mileurismo y poca valoración de la formación. Sociólogos y psicólogos consultados por LA VOZ coinciden en señalar que la incertidumbre se impone en el trabajo y en la pareja y no está claro que la dedicación y el compromiso, el estudio o el título, vayan a tener su correspondiente compensación laboral y social.
Sin despertador
El despertador no suena por las mañanas porque no tienen obligaciones laborales ni sociales. Tania y Ana María son dos hermanas que viven en Chiclana y pertenecen a esa genarción Ni-Ni. Superan los 30 años, ni estudian ni trabajan. Han desarrollado un espíritu empresarial, pero no han tenido suerte. Han caído en la desilusión. Tania Torres reconoce que un curriculum extenso y aceptable «ya no abre las puertas».
Miguel Vázquez García es psicólogo clínico y lleva su propio gabinete en La Línea. Su visión sobre este movimiento difiere en cierta medida de las conclusiones que se han extraído de encuestas y estudios sociológicos. Considera que «no se puede generalizar» y aclara que «ningún joven tiene una vocación perpétua de ser adolescente».
Según Miguel Vázquez, la situación en la que se encuentra este segmento de la población revela una actitud nihilista, «el pesimismo absoluto respecto a cualquier realidad posible». Indica que se trata de una actitud crítica hacia las tradiciones y ante los convencionalismos sociales.
Vázquez destaca que una sociedad en crisis como la actual trae como consecuencia directa el pesimismo, «el estado de ánimo refleja desesperanza». Rechaza que los jóvenes que ni estudian ni trabajan sean vagos por vocación. Al contrario. Se trata de jóvenes formados, con estudios, pero que se encuentran ahora con una pregunta: ¿Para qué? La falta de respuesta a esta interrogación es la que ha generado el pesimismo y la falta de ilusiones. En su opinión, «la vida depende de trenes». Mientras que los veinte años es la edad para la formación, los 30 corresponden al tren del futuro. Los cambios deben llegar y mejorar. Vázquez no cree, por ejemplo, que el 54% de los españoles situados entre los 18 y los 34 años, según la última encuesta de Metroscopia, no tengan proyecto alguno por el que sentirse especialmente interesado o ilusionado.
Manuel Calvo tiene 29 años y vive todavía con sus padres en Arcos. Está pendiente de un trabajo que le permita iniciar una vida normal en la que se pueda plantear proyectos como «la compra de una vivienda». Reconoce que lleva la misma vida que cuando colgó los libros a los 18 años. «Llegué a Bachillerato pero no me veía estudiando y traté de buscar algo que me motivara más, por ejemplo formarme en temas deportivos, pero éso no me ha dado ninguna salida laboral». Según Manuel, «la crisis nos ha obligado a volver a casa».
El sociólogo Jacinto Manuel Porro, de la Universidad de Cádiz, piensa que esta generación tiene un problema: «han sido educados en una cultura donde nadie les ha enseñado los valores del esfuerzo y del futuro». En su opinión, «lo pagarán y lo pagaremos todos». Porro reconoce que ha habido un exceso de confianza sobre las expectativas de futuro. Se trata de un tipo de cultura que han interiorizado los jóvenes, basada en la ley del mínimo esfuerzo. Este sociólogo comenta que esta generación es propia de la clase media baja y augura una fragmentación social «donde cada vez será mayor la distancia entre las clases».
Los padres, según los expertos, tienen la clave para cambiar el modelo, pero eso foma parte de otra generación.
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