Luis Miranda - Verso suelto

Insumisión Luis Miranda

Ni madres ni alzheimer: el dinero es para fundaciones afines al PSOE investigadas por quedarse con dinero

Por edad yo soy uno de esos españoles a los que educaron como futuros reclutas pero nunca llegaron a echarse un fusil al hombro. A los niños varones de mi generación nos enseñaban tres palabras nada más nacer: «Papá», «Mamá» y «mili», y desde que teníamos uso de razón escuchábamos historias de sargentos atrabiliarios, ranchos pútridos y disciplinas espartanas que tenían que convertirnos en hombres de verdad. Cuando nos llamaron a filas, mediados los años noventa, los mismos que apreciábamos al Ejército moderno y profesional que maduró en la democracia no estábamos dispuestos a dejarnos un año de carrera o trabajo para algo que ya era anacrónico, así que se echaba una mano en una oenegé, se colaboraba con la Cruz Roja o incluso se alegaba, como fue mi caso, una alergia estupenda que ayudase a servir a la patria de otra forma que no fuera marcando el paso en desfiles.

De aquellos años era la constitucional objeción de conciencia y la rebelde insumisión, que ni siquiera admitía la prestación social sustitutoria y que en los ochenta dio con los huesos de más de uno en el trullo. Cuando la mili pasó a ser sólo un rosario de anécdotas en los recuerdos de los padres y abuelos, todavía los más montaraces se inventaron la insumisión fiscal, que decía que de sus impuestos no tenía que ir ni un duro a cuarteles, granadas de mamo ni fragatas de las que vigilaban en el Golfo Pérsico a Sadam Hussein cuando dejó de ser un amigo con chispa de mal genio.

La palabra insumisión sólo aparece ya en las conversaciones nostálgicas igual que las fraternas penalidades de la instrucción entre los viejos camaradas de armas, y lo cierto es que en la parroquia liberal, tan pequeña como para que no la escuchen y tan activa como para molestarse en explicar las cosas, me extraña que nunca haya aparecido. En dos días seguidos en ABC hemos hablado de recaudación municipal y de lo que se hace con ella. Primero, de la delictiva subida del seis por ciento que Izquierda Unida le quiere meter al impuesto de bienes inmuebles y después de la simpática distribución que el Ayuntamiento ha dado a las subvenciones de servicios sociales. Ni ayuda a las madres con problemas, ni una mano para los familiares de enfermos de alzheimer, ni un céntimo para los afectados por enfermedades difíciles: el parné se lo llevan esas fundaciones próximas al PSOE investigadas por quedarse con dinero que iba para contratar a desempleados y que obligaban a su gente a un donativo «como para apadrinar un niño» a cuenta de la causa del partido.

Los tribunales dirán después si está bien o no, pero en el feliz reino de la imaginación sería un puntazo hacerse insumiso de estos abusos y pedir en Capitulares el reembolso de la cantidad que corresponda, para ayudar a quien uno crea que lo merezca. En esto hay que reconocer la diligencia de los radicales: con un solo euro dedicado a algo que parezca religioso ya se mesan las barbas y piden inhabilitaciones; los no laicistas son más parados, o acaso menos ociosos, y se aguantan cuando se contrata con dinero público teatro que no les gusta o se fomenta música que nunca escucharán. Otra solución sería que los ciudadanos individuales se hartasen de que sean los políticos quienes decidan a quién se ayuda y pusieran algo de su bolsillo, pero de aquí a un tiempo quizá los impuestos no dejen más que lo justo para pagar las facturas y tomar una cerveza.

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