MIGUEL MUÑIZ

Los últimos pastores del campo español

Ya no son todos los que eran. En diez años, la cabaña ovina y el consumo de carne de cordero han caído en picado. La crisis, la falta de ayudas y de relevo generacional pasan factura. Los pastores están en peligro de extinción

Actualizado:1234
  1. Los pastores, en peligro de extinción

    Dice Tomás Rodríguez, gerente de la Interprofesional del Ovino, que se está en lo cierto cuando se aventura que «los pastores están en peligro de extinción en España». No obstante, ni el Ministerio de Agricultura ni asociaciones ganaderas como Asaja tienen un conteo exacto. Rodríguez dice que es confuso: 150.000 personas registran explotaciones de ovino y caprino (muchas veces combinadas) y que «en cuanto tienes cuatro ovejas ya tienes que registrar la explotación». Datos recientes hablaban de 80.000 pastores, aunque el único guarismo fidedigno es la reducción de la cabaña ovina en nuestro país a la mitad, en los últimos diez años.

    Las razones son múltiples, explican tanto en Asaja como en la Interprofesional: la falta de ayudas económicas con la crisis (se redujo la subvención de la PAC) y la falta de relevo generacional pasan factura. Ha hecho mella también la importación de carne de cordero, «en peores condicionesy menos fresca», de Italia, principalmente, Francia, Grecia y hasta de Gales y Nueva Zelanda. «El pastoreo ha dejado de ser rentable», apuntilla Rodríguez.

    Lo que se conoce menos es el descenso brutal de consumo de carne de cordero en España. El ganado ovino de carne es un sector que debe reinventarse para ser un producto atractivo en el mercado nacional, donde lleva años perdiendo cuota de mercado. Un país con 50 poderosas razas autóctonas que, no obstante, se choca en los estantes con el rechazo del consumidor. «Llevamos tres años trabajando en un empaquetado alternativo, porque si no, por comodidad y facilidad en el cocinado, solo se compran las chuletas, pero se desprecia el resto de piezas del animal. Uno de los problemas es que la venta del cordero no se ha modernizado», apremia el responsable de los profesionales.

  2. Paco Arribas. Escalona del Prado (Segovia) 63 años

    Paco Arribas
    Paco Arribas - ABC

    «En cuanto me jubile, no quiero saber nada de ovejas y cierro la puerta»

    ISABEL JIMENO / VALLADOLID

    «En cuanto pueda, cierro la puerta». Después de 42 años dedicado al ovino, Paco Arribas no tiene dudas. Cuenta los días para la jubilación. «Me queda un año y algo. Y si puedo antes, mejor», afirma con rotundidad este pastor de Escalona del Prado (Segovia), que reconoce «sin pena» que con él se acaba una tradición familiar. Su padre y su abuelo fueron pastores, pero sus hijas «por suerte» no seguirán en un negocio en el que «estás trabajando horas y horas para qué. No ves rendimiento».

    Y es que los números no dan. La leche «está baratísima, regalada», lamenta haciendo cálculos. Se la pagan «como mucho a 135 pesetas, 0,80 euros (pues en el campo aún se maneja la antigua moneda)» cuando años atrás la llegaron a cobrar a 1,20. Los corderos, a precios de «hace 20, 30 y 40 años». Y los gastos «son un no parar». «Se están riendo de nosotros», lamenta Paco.

    «En cuanto me jubile, no quiero saber nada de ovejas», asegura. «No subo con alegría a la nave. Antes, sí. Con qué alegría vas a ir, si muchos días es para peder dinero». Apunta a un estudio realizado por la Junta de Castilla y León que arroja que «entre mi mujer y yo ganamos 15.000 euros al año». «Venga a echar horas, ¿para qué?», se pregunta , al tiempo que hace un repaso por otros compañeros con los que las jubilaciones han ido suponiendo el fin de los rebaños. «No van a quedar ovejas en los pueblos», alerta con lamento y convencido de que el relevo es prácticamente imposible y que ello también lleva a que «los pueblos se están acabando». «¿Quién se va a meter para perder dinero?».

    La situación se ha ido complicando con el paso de los años, desde que comenzó con 21 años y 11 ovejas hasta las 500 que ahora maneja. «Poco a poco hemos ido haciendo. Pero ahora no vives», señala sobre un trabajo que «no entiende de sábados, domingos ni fiestas de guardar» y que requiere mucha dedicación. En primavera y verano, a las 5 o 6 de la mañana él y su mujer, María Jesús –encargada de tener al día los «40.000 papeles que ahora te piden», se queja–, ya están ordeñando; después, sacan al ganado a pastar y al caer la noche, otra vez a la sala de ordeño. Algunos días, hasta 16 horas, muchas en el campo, donde asegura que está «muy a gusto». «No me aburro», acompañado de la radio, los «muchos» libros que ha leído y sus fieles compañeros, Camiseta, Moro y Colores, los tres perros que son como sus hijos, dice.

    Lo duro está en la nave, pese a que con los años se han ido introduciendo mejoras y dicho adiós a la trashumancia que obligaba a ordeñar «en la calle, lloviendo, nevando...». Aún así, incide, «hay que estar». «Ser pastor no es tan fácil», advierte.

  3. David Cao. Lousame (La Coruña) 27 años

    David Cao, con su rebaño
    David Cao, con su rebaño - MIGUEL MUÑIZ

    «Es vocacional, te tiene que gustar los siete días de la semana»:

    PATRICIA ABET / SANTIAGO DE COMPOSTELA

    David tiene 27 años y 80 cabras. Dos datos difíciles de equilibrar teniendo en cuenta el abandono que vive el campo rural gallego, sobre todo por la falta de jóvenes que tomen el relevo. Por eso, el día a día de este pastor coruñés es la excepción de una realidad que David conoce bien. Ninguno de sus amigos se dedica al campo, ni siquiera su hermana, que «estudió y ahora solo viene los fines de semana». La mayoría se fueron en busca de un futuro más próspero, pero el amor por los animales ha vinculado la juventud de David a un trabajo que no conoce de horarios ni de festivos y que compagina con otro en una planta de reciclaje. «Lo que a mí me gusta es esto, el campo. Compré la primera cabra con 19 años y empecé a criar. Todo fue un así, poco a poco», revela el pastor, que ahora se dedica a la venta de cabritos.

    Durante su explicación, David camina hacia el rebaño, que pasta libre en una de las tierras de la familia. «En mi casa siempre ha habido ganado, aunque no cabras» aclara mientras abre la cancela. A su paso, decenas de animales hacen sonar sus cencerros. Desmontando mitos, solo algunas de las cabras que David cría tienen nombre, aunque él las conoce a todas. «A una le llamo Copito porque es muy mansa, pero al resto no... ¡demasiados nombres!» bromea. Con sus cabras David pasa largos ratos —las saca por la mañana y las recoge por la noche— que compagina consultando su Facebook o su Instagram. «A mí esto me gusta de corazón. Quieren que los jóvenes se vengan al rural, pero es algo que te tiene que gustar desde dentro. No sirve que te guste hoy o mañana, esto es de domingo a domingo, todos los años» reconoce este coruñés que, paradójicamente, se describe como «muy fiestero».

    «Para vivir de esto es necesario mucha tierra y como mínimo 250 cabezas de ganado»

    «Para vivir de esto es necesario mucha tierra y como mínimo 250 cabezas. Además, hace falta cerrar el monte, pero eso cuesta mucho dinero. A eso es a lo que tendrían que dirigirse las subvenciones», opina este pastor, que ha logrado organizar sus terrenos para cuidar de los animales y disfrutar de su tiempo de ocio. Cuestionado sobre la supervivencia de estos trabajos en extinción, David lo tiene claro. «Hay que mantener a los convencidos, a los que ya estamos». Del oficio de pastor, el veinteañero se queda con lo mejor. «No tengo horarios, ni presiones, ni jefe».

  4. Arturo Rodríguez: Alameda de la Sagra (Toledo) 60 años

    Arturo Rodríguez, en su explotación ganadera
    Arturo Rodríguez, en su explotación ganadera - ANA PÉREZ HERRERA

    «Hay que estar un poco loco para ser pastor»:

    MARIANO CEBRIÁN / TOLEDO

    Cinco perros nos reciben ladrando, como si les hubieran dado cuerda, hasta que aparece su dueño. «Últimamente hemos tenido muchos robos en la zona y, aunque los perros no sirven para evitarlos, cuando ven a un desconocido se ponen nerviosos», se justifica Arturo Rodríguez (Alameda de la Sagra, Toledo, 1958), que lleva cuatro años trabajando de pastor en una finca arrendada próxima a su pueblo natal.

    Son poco más de la diez de la mañana y Arturo está terminando de aviar a su rebaño, aunque lleva ya muchas horas en pie, pues a las cinco de la madrugada toca ordeñar a las ovejas por primera vez. La jornada comienza a esta hora pero, dependiendo de si sale al campo o no, se puede alargar sin parar hasta las nueve de la noche. Así, un día tras otro hasta enlazar los 365 días del año, sin domingos, festivos, vacaciones ni bajas.

    «El oficio está en vías de extinción y lo más triste es que se está terminando con la vida en los pueblos»

    Este alamedano de 60 años comenzó en 2014 con el oficio de pastor, al que llegó del sector de la construcción, tras cuatro o cinco años en la estacada y después de estallar la burbuja inmobiliaria.

    El poco contacto que ha tenido con el pastoreo le viene de un tío que ejerció hace unos años. Ahora es el único pastor en el pueblo, algo que no le extraña porque «desde el principio, cuando comencé a pedir la licencia en 2012, todo han sido problemas y contratiempos.

    Comenzó con unas 230 ovejas, luego compró otras cien y ahora mismo cuenta con unas 350 cabezas de ganado, y destaca lo mucho que ha cambiado el oficio de un par de décadas a esta parte. Así, recuerda que antes un cántaro de leche de oveja costaba unas 800 pesetas, «que eran cuatro jornales de entonces»; mientras que ahora su precio ronda los 40 euros, que equivale a un jornal actual.

    Otro tanto pasa con el precio de la carne, ya que, por ejemplo, un cordero encalostrado —un recién nacido con tres, cuatro o cinco días— tiene ahora mismo un precio de unos 20 euros, mientras que un lechón de entre 8 y 10 kilogramos cuesta unos 40 o 45 euros. Además, los precios son más elevados que los de antes y hay que hacer frente a los pagos de medicinas, veterinario, alquiler, luz, agua, piensos, forraje, seguros, autónomos y préstamos.

    Con todo, a Arturo no le queda otra más que seguir, pues no encuentra un empleo mejor y le faltan cuatro o cinco años para jubilarse. «En mi caso, con la edad que tengo, la Administración ayuda poco, ya que casi todas las subvenciones van dirigidas a los jóvenes que comienzan en la profesión», subraya. Ese es precisamente uno de los síntomas del mal endémico que afecta al pastoreo: el relevo generacional. Un oficio que, en su opinión, «está claramente en vías de extinción y lo más triste de todo es que ello está terminando con la vida en los pueblos». Sin embargo, en su caso puede haber aún una esperanza de continuidad, ya que su hijo Jorge —de 33 años y un gran atleta especialista en carreras populares— puede ser su sustituto, «aunque lo veo muy negro», dice resignado.

    No obstante, Arturo hace balance y saca algo positivo: los animales, el contacto con la naturaleza, huir un poco de la sociedad, salir al campo y disfrutar de la soledad. «Eso sí, si yo hubiera tenido un trabajo estable y digno, a lo mejor no me dedicaría a ello, porque hay que estar un poco loco para ser pastor, y más ahora».