El turismo convierte el Everest en el cementerio más alto del mundo

Diez personas han muerto ya esta temporada en la que coronaron 200 personas en un mismo día

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Iniciaba el descenso de la cima del mundo, pero su cuerpo no pudo aguantarlo. Robin Haynes Fisher, un británico de 44 años, se convirtió ayer en la décima víctima del Everest en esta temporada, tras coronar sus 8.848 metros. Ni el sherpa ni el oxígeno suplementario evitaron el colapso. A más de 8.000 metros de altura, la supervivencia no tiene ningún aliado.

Las exigencia físicas y mentales no están siendo impedimento para que prolifere este turismo de gran altura y bajas temperaturas. El pasado miércoles más de 200 alpinistas hicieron cima en el Everest, rompiendo el récord de ascensos en una misma jornada. Pero el año pasado también fue histórico: en la temporada de primavera lograron coronar 802 personas. Solo una prescindió del oxígeno suplementario y cinco murieron. Y aunque es una cifra aún invicta, el anterior récord (de 2013) confirma que se trata de una tendencia. Ese año se hicieron 670 cumbres por todas las rutas y murieron seis personas.

«La evolución en los últimos 15 años ha sido brutal», cuenta el himalayista madrileño Sebastián Álvaro, director durante 27 años del programa de TVE «Al filo de lo imposible». «Este año van aproximadamente unas 400 personas. Y todavía hay que ver la estadísticas de la vertiente norte, de los chinos».

Para las autoridades nepalíes, la mayoría de las muertes se han debido a la debilidad, el agotamiento y los retrasos en una ruta abarrotada, con colas de varias horas en un estrecho paso de la ladera. Esta es la época del año más popular para escalar el Everest por las condiciones climáticas.

Trampa mortal

Un atasco a más de 8.000 metros de altitud no es solo un inconveniente, se convierte en una trampa mortal para un organismo que ya llega al límite a la cumbre, con las fuerzas diezmadas. Algunos de los expedicionarios que quedaron atascados en la cumbre contaron que la vuelta al campamento base se llegó a retrasar hasta tres horas. «Esta espera a temperaturas bajo cero, con fuerte viento y sin suficiente oxígeno en el descenso puede provocar errores que acaben en caídas mortales y colapsos», explica Ricardo Arregui, jefe de Neurocirugía de la Clínica Maz. Arregui sabe bien de lo que habla. No hay montañero que haya sufrido congelaciones en España que no conozca a este especialista. Él también ha visto en directo el «boom» turístico de la montaña más alta del mundo. «Hace 27 años no era el aluvión de ahora pero yo vi con mis propios ojos cómo se improvisaban clases en el campamento base para personas que no sabían ni cómo se ponían unos crampones (las suelas metálicas para agarrarse a la superficie helada)».

El uso de botellas de oxígeno ha domesticado la montaña. «Convierte los ochomiles en montañas más fáciles como si no superaran los 6.000 metros, pero cuando se tienen que esperar colas se corre el riesgo de quedarse sin oxígeno y esto puede ser letal», cuenta Arregui. A esa altitud, el cuerpo humano intenta adaptarse: aumenta la producción de glóbulos rojos para transportar mejor el poco oxígeno que tiene y la sangre se vuelve más densa y viscosa, lo que eleva al mismo tiempo el riesgo de sufrir una trombosis».

Un negocio

«Lo que están haciendo en el Everest no tiene nada que ver con el alpinismo o la escalada, sino con un negocio de varias agencias que llevan a la gente con una falsa promesa de seguridad y de vivir una aventura, y lo que se se encuentran allí es la pesadilla de su vida y un montón de basura», asegura el montañero Sebastián Álvaro.

El Gobierno de Nepal no regula las ascensiones y se lleva 4 millones de euros de los permisos, explica el himalayista, mientras unas pocas empresas se reparten en mes y medio más de 20 millones. «Han secuestrado el Everest», dice, junto a otras montañas del Himalaya, todas de la lista de los «ochomil». Un modelo que se está intentando llevar también a Pakistán.

La masificación se junta además con gente menos preparada que hace unas décadas, donde lo habitual era empezar por las montañas más cercanas, seguidas de las más difíciles del país de procedencia. Después se pasaba a retos mayores, como los Alpes, en donde se aprendía a escalar con hielo, a encordarse, a manejar piolets, a utilizar maniobras de seguridad y a tomar decisiones en momentos críticos. «Ahora la gente se salta todo el periodo de aprendizaje», critica Álvaro.

«Se juntan por un lado gente sin escrúpulos, dispuesta a negociar con la vida de los demás, y personas sin mucho sentido común dispuestas a creerlas». Lo único que sí es seguro, dice el experto, es que en la zona superior del Everest hay 300 cadáveres: «Es el cementerio más alto del mundo».