Santiago Martín

Iglesia, mujer y libertad

La Iglesia ha estado, está y estará siempre a favor de las mujeres

Santiago Martín
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La Iglesia está a favor de la mujer -son la mayoría de los católicos practicantes-, lo ha estado siempre -basta con comparar lo que sucede en culturas no cristianas- y lo estará. Es verdad que ese apoyo a la mujer no ha sido perfecto. Es decir, hay muchas cosas aún por mejorar, incluso dentro de la propia estructura eclesiástica. El Papa Francisco, como sus predecesores, está dando pasos para que las desigualdades sean cada vez menores, como demuestra la incorporación de mujeres en puestos de responsabilidad en el Vaticano.

Pero el apoyo de la Iglesia no significa alentar políticas que, en realidad, no son beneficiosas ni para la mujer ni para el hombre, desde el punto de vista católico. El Papa Francisco lo ha dejado muy claro en «Amoris Laetitia». La crítica a la ideología de género, considerada como un arma de colonización cultural, es radical. En la misma línea se han manifestado Conferencias Episcopales y obispos de todo el mundo, incluidos algunos supuestamente liberales. Por lo tanto, apoyo a la mujer en todas sus legítimas reivindicaciones sí, ideología de género no. Esta es la postura católica, que el Papa defiende con firmeza.

Por eso resulta sorprendente e injusto el furibundo ataque que el líder de los socialistas españoles, Pedro Sánchez, ha hecho contra el obispo de San Sebastián, monseñor Munilla. Éste no ha hecho otra cosa, en sus declaraciones, que defender a la mujer desde la perspectiva católica. El político no sólo ha demostrado que lleva muy mal lo de la libertad de expresión cuando no le conviene lo que el otro dice, sino que ha mostrado su ignorancia sobre el Papa y la Iglesia, al afirmar que el obispo no se había enterado de que Francisco está a favor de la ideología de género. El que no se ha enterado ha sido él.

Pero, en el fondo, más allá del hecho concreto que ha motivado el duro ataque a un buen obispo, está el intento de recortar los derechos de la jerarquía de la Iglesia a expresarse y a orientar a sus fieles. Se quiere que los católicos sean ciudadanos de segunda, que no puedan hablar sin que les insulten o penalicen. Y esa batalla, la de la libertad, no se puede perder de ningún modo.

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