José Francisco Serrano Oceja

Humanismo y santidad

En el fondo, como decía León Bloy, en la vida «existe una sola tristeza, la de no ser santos»

José Francisco Serrano Oceja
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Ya tenemos la respuesta a la pregunta que se hizo Machado: «Esta casa de Dios, hermanos, esta casa de Dios, ¿qué guarda dentro?» Si no fuera porque el Papa Francisco hubiera plagiado al estudioso francés Charles Moeller, el título de la Exhortación Apostólica que ha publicado esta semana, en vez de «Gaudete et exultate», podría ser «Humanismo y santidad». El Papa ha querido ofrecer una respuesta al ideal de plenitud que tiene toda persona al interrogarse por su limitación, por su finitud, y por las condiciones de ejercicio de su libertad. Al fin y al cabo, en eso consiste el humanismo, tenga el apodo que tenga. Por tanto, el texto del Papa sobre la santidad se convierte también en una mano tendida al mundo de la cultura, del pensamiento y de la literatura. Quizá porque la literatura es un ámbito privilegiado de percepción y experiencia de la realidad interior.

La palabra santidad produce cierto escalofrío a la cultura dominante. Es posible que incluso si a un cristiano se le pregunta qué quiere para la vida, conteste antes que justicia, solidaridad, bondad, que santidad. Sin embargo, existe un anhelo de santidad que recorre nuestro tiempo. Y si no que se lo digan por ejemplo a Albert Camus o a L. Wittgestein. El autor del mito de Sísifo se preguntó «cómo vivir sin la gracia, es el problema que domina el siglo XX». Incluso le hizo decir a uno de sus personajes: «En resumen -dijo Tarrou con sencillez-, lo que me interesa es cómo se puede llegar a ser un santo. -Pero usted no cree en Dios -responde Rieux. -Justamente. Puede llegarse a ser un santo sin Dios; ése es el único problema concreto que admito hoy día».

El Papa Francisco huye de las imágenes reduccionistas de su pontificado y ha querido presentar una propuesta sobre lo esencial cristiano que aglutine. En el fondo, como decía León Bloy, en la vida «existe una sola tristeza, la de no ser santos». O como solía repetir un santo español de nuestro tiempo, san Josemaría Escrivá, «las crisis mundiales son crisis de santos».

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